19. La embajada de los jefes judíos

19. La embajada de los jefes judíos

Bautizado Jesús, se había marchado al desierto para su cuaresma penitencial y Juan seguía predicando y bautizando. Pero, ¿con qué autoridad lo hacía? Esto se lo preguntaron a sí mismos los jefes religiosos de Jerusalén. A pesar de que veían claramente que Juan era un verdadero profeta, los sabiondos dirigentes olvidaban que el profeta en Israel, según el concepto del pueblo, siempre estuvo sobre sacerdotes y reyes, porque obraba por impulso y orden de Dios.

Pero ellos querían actuar como autoridad suprema, y no toleraban que nadie les quitara su inamisible privilegio. Y formaron para averiguarlo una comisión de sacerdotes y levitas que fueran con toda solemnidad al Jordán. ¿Eran sinceros al quererlo saber? ¿O había en su decisión mucho rencor y mala  voluntad?

 

La sospecha está en que el evangelista dice que iban enviados por los fariseos, aquellos a quienes Juan había llamado “raza de víboras…, falsos hijos de Abraham…, dignos del hacha…, paja para el fuego”… ¿No sería esta embajada para que los Sumos Sacerdotes del Templo se impusieran al Bautista, prohibieran su ministerio y lo desautorizaran ante el pueblo?

Se podía pensar de todo, menos que hubiera buena voluntad. La misma sequedad del diálogo da la impresión de que Juan no se fiaba de la sinceridad de sus interlocutores. El caso es que la embajada se presentó en el Jordán, y empezó el diálogo:

-Tú, ¿quién eres?

Y Juan, clara y paladinamente: “Yo no soy el Mesías”.

-Entonces, ¿qué? ¿Eres tú Elías, que ha de venir antes del Cristo?

-No lo soy.

-¿Eres acaso el Profeta, anunciado por Moisés como sucesor suyo?

-¡No!, secamente.

-Bien, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, dinos, por tus mismos labios, quién eres. ¿Qué dices de ti mismo?

-Les digo muy claro, lo que ustedes quieren saber: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezcan el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías”.

 

Los delegados no querían entender. Si Juan se llamaba a sí mismo el “vocero” o “heraldo” que anunciaba la venida del SEÑOR prometido

a Israel, era lo mismo que asegurarles la próxima llegada del Rey Mesías. Sin embargo, siguen preguntando sobre lo que más les interesa, porque ven que todo el mundo se va tras él:

-Entonces, ¿cómo es que tú bautizas si no eres el Mesías, ni Elías ni el Profeta?

Juan ahora va a ser más claro que nunca:

-Yo  bautizo con agua; pero en medio de ustedes está uno a quien no conocen, y del que yo no soy digno ni de desatarle las correas de sus sandalias.

 

El Mesías o Cristo -tan esperado por todos, y más por los fariseos, enemigos acérrimos de los romanos opresores-, no iba a venir dentro de mucho tiempo, ¡sino que estaba ya entre ellos, aunque no lo conocieran!… Lo más extraño es lo que va a ocurrir después, cuando se presente Jesús bien pronto y expulse a los vendedores del Templo: sabrán esos mismos fariseos y sacerdotes que Jesús fue el anunciado por Juan, y, sin embargo, no le van a hacer ningún caso, lo van a perseguir y rechazar hasta clavarlo en una cruz. Dios no se lo pudo presentar mejor ni ellos se pudieron cerrar más los ojos.