Una amistad, una taza de café y esas huellas que el tiempo no consigue borrar
Miércoles 23 de septiembre de 2026
Por el P. Freddy Ramírez, CMF.
Hay recuerdos que permanecen unidos a cosas muy sencillas. No necesitan grandes acontecimientos para quedarse con nosotros. A veces basta una casa donde fuimos bien recibidos, una conversación sin prisas, unas cuantas risas y una taza de café compartida. Cuando miro hacia atrás y recuerdo mis años en El Salvador, una de esas memorias tiene un nombre: Roxy.
En aquellos años estaba dando mis primeros pasos en los medios de comunicación. Grababa un programa llamado “Construyendo el Reino” en un estudio ubicado en la ciudad de Armenia, en Sonsonate. Era una experiencia nueva para mí y seguramente todavía tenía mucho que aprender sobre aquel mundo de micrófonos, grabaciones y comunicación. Pero con el paso del tiempo, junto al recuerdo del programa fue quedando también otro recuerdo que aparentemente tenía muy poco que ver con los medios de comunicación: después de aquellas jornadas de grabación solíamos ser recibidos por una familia de Armenia y, especialmente, por Roxy.
Muchas tardes terminaban alrededor de una taza de café. Roxy nos recibía con esa hospitalidad que consigue algo mucho más importante que abrir las puertas de una casa: hacer sentir al otro que su llegada produce alegría. Conversábamos sobre la vida, contábamos historias, nos reíamos y compartíamos lo que estaba sucediendo. No recuerdo que aquellas conversaciones tuvieran siempre temas extraordinarios. Probablemente hablábamos de las mismas cosas de las que hablan los amigos cuando se sienten a gusto unos con otros. Y precisamente por eso eran importantes.
Así ocurrió durante aproximadamente tres años. En aquel momento yo no podía imaginar que, muchos años después, seguiría recordando aquellas tardes. Las vivíamos sencillamente porque formaban parte de nuestra vida. Hoy pienso que sucede así con muchas de las cosas verdaderamente importantes: mientras las estamos viviendo no sabemos todavía que algún día se convertirán en recuerdos que agradeceremos profundamente.
Roxy era una mujer de carácter fuerte. Sabía decir las cosas y tenía una personalidad firme. Pero junto a esa fortaleza había en ella un corazón noble, generoso y profundamente hospitalario. Con el tiempo comprendí que la hospitalidad no consiste únicamente en ofrecer comida, preparar un café o disponer un lugar en la mesa. La verdadera hospitalidad consiste en hacer espacio para la persona. Es comunicarle, muchas veces sin necesidad de palabras: “Aquí puedes estar. Tu presencia es importante. Esta casa también tiene un lugar para ti”.
Después terminó mi etapa en El Salvador y la vida me llevó por otros caminos. También terminaron, naturalmente, aquellas tardes habituales en Armenia. Pero la amistad con Roxy no terminó allí. Cuando tuve oportunidad pude volver a visitarla y, con el paso de los años, seguimos comunicándonos por WhatsApp. Ella estaba pendiente de mis publicaciones y del trabajo de evangelización que iba realizando. De vez en cuando me escribía para agradecer alguna reflexión, comentar algo que había publicado o simplemente animarme a continuar. Yo también procuraba saber cómo estaba. La distancia había cambiado nuestra manera de encontrarnos, pero no había borrado el cariño.
Durante la pandemia esos pequeños mensajes adquirieron todavía otro significado. Fueron meses en los que todos experimentamos la fragilidad de una manera inesperada. No podíamos encontrarnos con facilidad, muchas personas estaban lejos de sus familias y aprendimos que un mensaje enviado desde un teléfono podía convertirse también en una forma de decir: “Estoy pensando en ti. ¿Cómo estás?”. Roxy y yo permanecíamos pendientes uno del otro. La amistad que había comenzado años atrás alrededor de una taza de café continuaba ahora atravesando kilómetros mediante unas cuantas palabras escritas en una pantalla.
Hasta que un día supe que Roxy había fallecido.
Entonces comprendí que aquellas tardes en Armenia ya pertenecían definitivamente a esa parte de nuestra historia a la que solamente podemos regresar mediante la memoria agradecida. Ya no habría otro café, otra visita ni otro mensaje suyo en WhatsApp. Sin embargo, algo permanecía. Permanecía el cariño recibido. Permanecían las conversaciones. Permanecía la alegría de haber conocido a una mujer que, durante una etapa concreta de mi vida, me había hecho sentir acogido y querido.
Con los años he comprendido que hay personas que Dios coloca en nuestro camino sin decirnos cuánto tiempo caminarán con nosotros. Algunas permanecen durante casi toda nuestra vida. Otras nos acompañan solamente durante una etapa. Compartimos intensamente un tiempo y después las circunstancias cambian: un traslado, un nuevo trabajo, una misión diferente, la distancia, una enfermedad o finalmente la muerte modifican aquella relación. Pero la importancia de una persona no se mide solamente por cuánto tiempo permaneció físicamente a nuestro lado. También se mide por la huella que dejó mientras estuvo.
Quizá por eso el Evangelio concede tanta importancia a los encuentros. Jesús va encontrando personas en el camino. Algunas lo acompañarán durante años; otras aparecen apenas durante unas líneas del Evangelio. Una conversación junto a un pozo, una comida compartida, una visita a una casa, alguien que se acerca al borde del camino. Y después cada uno continúa su historia. Sin embargo, algo ha sucedido en ese encuentro. Nadie que haya sido verdaderamente mirado, escuchado y amado vuelve a marcharse exactamente igual.
Pienso especialmente en Betania. Los Evangelios nos dejan entrever la amistad entrañable de Jesús con Marta, María y Lázaro. Allí Jesús no aparece solamente como el Maestro que enseña a las multitudes, sino también como el amigo que entra en una casa, comparte la mesa, conversa, descansa y se deja querer. San Juan incluso señala expresamente que “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Jn 11,5). Y cuando Lázaro muere, Jesús llora ante su tumba. Betania nos recuerda que también el Hijo de Dios quiso tener amigos y experimentar la belleza de sentirse recibido. Aquella casa parece haber sido para Él un lugar donde podía detenerse en medio del camino. Quizá por eso pienso que algunas personas se convierten para nosotros en pequeñas “Betanias”: lugares humanos donde podemos llegar, sentarnos a la mesa, conversar sin prisas y experimentar la alegría sencilla de sabernos queridos y esperados.
Mirando hacia atrás, creo que aquellas tardes de café en Armenia tuvieron algo de Betania para mí.
Si pudiéramos mirar nuestra historia con calma, probablemente descubriríamos muchos nombres. Personas que nos enseñaron algo sin saber que estaban enseñándonos. Personas que aparecieron cuando necesitábamos compañía. Personas que creyeron en nosotros, nos animaron, nos corrigieron, nos ofrecieron una mesa, escucharon nuestras preocupaciones o sencillamente estuvieron allí. Algunas continúan cerca. Otras viven lejos. Algunas ya han partido.
Y quizá una de las formas más hermosas de agradecerlas sea preguntarnos: ¿qué permanece de ellas en nosotros?
Cuando pienso en Roxy, pienso inevitablemente en la hospitalidad. Y entonces descubro que su recuerdo no tiene por qué quedarse solamente en la nostalgia. Puede convertirse también en una responsabilidad. Si alguna vez ella me hizo sentir bienvenido, yo puedo procurar que otra persona se sienta bienvenida. Si tuvo tiempo para escucharme, yo puedo detenerme a escuchar. Si una taza de café preparada con cariño consiguió decirme “me alegra que estés aquí”, también yo puedo aprender a crear espacios donde otros descubran que su presencia importa.
Tal vez ahí se encuentre uno de los misterios más hermosos de nuestras relaciones: el bien que una persona sembró puede continuar dando fruto mucho después de que ella haya partido.
Por eso hay personas que, de alguna manera, nunca terminan de irse. Permanecen en una expresión que aprendimos de ellas, en una manera de recibir a los demás, en una costumbre, en una enseñanza, en una oración o simplemente en la gratitud que aparece cuando pronunciamos su nombre.
Hoy, al recordar aquellas tardes en Armenia, doy gracias a Dios por Roxy. Por su carácter fuerte y su corazón noble. Por su casa abierta. Por las conversaciones y las risas. Por el café. Por sus mensajes años después. Por haber estado pendiente de mi camino y haberme animado en mi misión evangelizadora.
La vida nos enseña que no podemos conservar para siempre a las personas que queremos. Pero podemos conservar el bien que dejaron en nosotros y permitir que siga pasando, a través de nuestra vida, hacia los demás.
Quizá esa sea una de las maneras más hermosas de permanecer después de nuestra muerte: que alguien sea un poco más acogedor, más generoso, más alegre o más humano porque un día nos conoció.
Y por eso, aunque hayan partido, hay personas que se quedan.
Para recordar
A lo largo de nuestra vida, Dios pone en nuestro camino personas que se convierten en verdaderos regalos. Algunas permanecen muchos años; otras nos acompañan solamente durante una etapa. No siempre sabemos cuánto tiempo podremos compartir con ellas, pero cada encuentro vivido con amor puede dejar una huella que permanece mucho más allá de la distancia e incluso de la muerte.
Quizá hoy sea un buen momento para recordar con gratitud a quienes nos ofrecieron una casa abierta, una conversación sincera, una palabra de ánimo, una corrección oportuna, una mesa compartida o simplemente su amistad. Muchas veces fueron gestos pequeños, pero terminaron formando parte de lo que somos.
Y hay algo todavía más hermoso: el bien que recibimos puede continuar viviendo a través de nosotros. Cuando acogemos como un día fuimos acogidos, escuchamos como alguien nos escuchó o animamos como alguna vez nos animaron, permitimos que la huella de aquellas personas siga dando fruto.
Piensa en una persona que haya dejado una huella buena en tu vida. Si todavía puedes hacerlo, escríbele, llámala o visítala y dile sencillamente “gracias”. No esperes una ocasión especial.
Y si esa persona ya ha partido, recuerda su nombre delante de Dios, agradece su vida y pregúntate: ¿qué bien recibí de ella que hoy puedo compartir con alguien más?
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