Blog 28 - Cuando la bondad de Dios rompe nuestros cálculos

Blog 28 – Cuando la bondad de Dios rompe nuestros cálculos

Domingo 20 de septiembre de 2026

Mateo 20, 1-16

Por el P. Freddy Ramírez, CMF.

 

Queridos hermanos y hermanas:

La parábola de los trabajadores de la viña puede producirnos cierta incomodidad. Unos comienzan a trabajar al amanecer; otros llegan a media mañana, al mediodía, por la tarde y algunos cuando apenas queda una hora de jornada. Sin embargo, al momento de pagar, todos reciben lo mismo.

Nuestra primera reacción puede parecerse a la de quienes soportaron “el peso del día y del calor”: “No es justo”. Nosotros probablemente habríamos organizado los salarios de otra manera. Pero Jesús no pretende ofrecernos un modelo de relaciones laborales. Quiere revelarnos algo mucho más profundo: la gracia de Dios no funciona según nuestros cálculos.

Los primeros trabajadores recibieron exactamente lo acordado. El dueño no fue injusto con ellos. El problema comenzó cuando descubrieron cuánto habían recibido los demás. Mientras miraban su propio salario estaban satisfechos; cuando comenzaron a compararse, apareció el resentimiento.

También nosotros podemos vivir así. Recibimos muchas cosas buenas, pero basta mirar lo que otro tiene para dejar de agradecer lo nuestro. “Yo llevo más años sirviendo”, “yo he trabajado más”, “yo siempre he estado aquí”, “¿por qué a él le dan esa oportunidad?”. La comparación puede convertir una bendición en motivo de amargura.

Entonces el dueño pregunta a uno de los trabajadores: “¿Vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?”. Allí aparece el corazón de la parábola. El problema no está en la bondad de Dios, sino en nuestra dificultad para aceptar que esa bondad alcance también a quien, según nuestros cálculos, merece menos.

Podemos incluso llevar una especie de contabilidad espiritual: mis años de servicio, mis sacrificios, mis oraciones, todo lo que he entregado. Y casi sin darnos cuenta podemos comenzar a pensar que Dios nos debe algo. Pero en el Reino todo comienza con la gracia. Incluso haber llegado temprano a la viña fue un regalo. Haber conocido antes al Señor y haber podido servirlo durante muchos años no debería convertirse en motivo de superioridad, sino de profunda gratitud.

La parábola contiene además una hermosa esperanza. Algunos llegaron cuando casi terminaba la jornada y, sin embargo, el dueño todavía salió a buscarlos. Para Dios nunca es demasiado tarde. Siempre existe la posibilidad de volver, comenzar nuevamente, responder a una llamada que habíamos ignorado o descubrir que todavía tenemos un lugar en su viña.

Quizá hoy necesitamos preguntarnos: ¿sé alegrarme cuando Dios es bueno también con los demás? ¿Puedo celebrar que alguien reciba una nueva oportunidad, incluso cuando pienso que no la merece?

Jesús nos invita a abandonar la lógica de la comparación para entrar en la lógica de la gracia. En la viña del Señor no necesitamos competir por su amor. Hay lugar para quien llegó temprano y para quien acaba de llegar.

Al final, la verdadera alegría no consiste en haber recibido más que los demás, sino en descubrir que hemos sido llamados, que tenemos un lugar en la viña y que somos amados gratuitamente.

Cuando comprendemos esto, la gracia rompe nuestros cálculos, desaparece la comparación y comienza la gratitud.

 

Oremos:

Jesús Eucaristía,
aquí estoy delante de Ti.

En el silencio de tu presencia
quiero dejar por un momento mis cálculos,
mis comparaciones y mis expectativas
para contemplar simplemente tu bondad.

Tú has salido tantas veces a buscarme.
Me has llamado a tu viña,
me has confiado una misión
y me has permitido caminar contigo.

Gracias, Señor, porque también yo he sido llamado.

A veces olvido esta gracia
y comienzo a mirar hacia los lados.

Miro lo que otros reciben,
las oportunidades que tienen,
el reconocimiento que alcanzan
y los caminos que se abren delante de ellos.

Entonces aparece la comparación
y dejo de disfrutar lo que Tú
ya has puesto generosamente en mis manos.

Hoy quiero detenerme ante Ti
y reconocer todo lo recibido.

Gracias por las personas que has puesto en mi camino.
Gracias por las oportunidades de servir.
Gracias por los dones que me has confiado.
Gracias por las puertas que has abierto
y también por aquellas que permanecieron cerradas
y me enseñaron a confiar.

Jesús, no quiero medir mi vida comparándola con la de los demás.

Cuando otro reciba una oportunidad, me alegraré.
Cuando alguien sea reconocido, agradeceré contigo su bien.
Cuando una persona comience de nuevo, evitaré juzgar su pasado.
Cuando llegue alguien nuevo a la viña, procuraré recibirlo como hermano.

Líbrame de pensar:
“Yo llevo más tiempo”,
“yo he trabajado más”,
“yo merezco más”.

Recuérdame que incluso haber llegado temprano
ha sido una gracia.

Si he podido servirte durante muchos años,
quiero agradecerlo.
Si he podido conocerte,
quiero celebrarlo.
Si me has permitido trabajar en tu viña,
quiero hacerlo con alegría.

Y si alguna vez me encuentro lejos,
recuérdame que Tú continúas saliendo a buscarme.

Sales al amanecer,
al mediodía,
por la tarde
y también cuando parece que queda poco tiempo.

Gracias porque contigo nunca es demasiado tarde.

Hoy decido abandonar la comparación.

Miraré con gratitud lo que tengo.
Celebraré el bien de los demás.
Serviré sin llevar cuentas.
Daré sin calcular recompensas.
Trabajaré en tu viña sin preguntarme
si otro recibe más que yo.

Y cuando vuelva a aparecer dentro de mí
la pregunta “¿por qué él y no yo?”,
quiero transformarla en otra:

“Señor, ¿qué quieres que haga hoy con lo que Tú me has dado?”

Jesús Eucaristía,
rompe mis cálculos con tu gracia.

Enséñame a vivir agradecido,
a servir con libertad
y a alegrarme de que tu bondad
sea siempre mucho más grande
de lo que yo puedo medir.

Amén.

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