Blog 07 - ¿Y si Jesucristo ya estuviera caminando contigo?

Blog 07 – ¿Y si Jesucristo ya estuviera caminando contigo?

Miércoles 8 de julio de 2026

Aprender a reconocer su Presencia en medio de la vida cotidiana

Por el P. Freddy Ramírez, cmf.

Todavía recuerdo un momento muy concreto de mi formación. Me encontraba en el postulantado y atravesaba una etapa de cierta sequedad espiritual. Los estudios de filosofía ocupaban buena parte de mis días y, aunque no había perdido la fe, tenía la impresión de que algo se había apagado en mi interior. Seguía rezando, asistía fielmente a la Eucaristía y cumplía con mis responsabilidades, pero echaba de menos aquella alegría sencilla que había experimentado cuando descubrí mi vocación. Una tarde, en la oración, le hice al Señor una petición muy humilde: “Jesús, regálame una palabra que vuelva a encender mi corazón. No permitas que me acostumbre a hablar de ti sin experimentar tu presencia”.

La respuesta llegó de una manera que nunca habría imaginado.

En el año 2001 tuve la oportunidad de participar, junto con otro compañero, en un apostolado con familias que habían perdido sus hogares a causa del terremoto de El Salvador. Una comunidad promovida por los hermanos maristas, llamada La Fraternidad, comenzaba a levantarse entre el polvo, las heridas y la esperanza. Nuestra misión era sencilla: visitar las casas, escuchar a las familias, jugar con los niños, compartir una palabra del Evangelio y acompañar a aquellas personas en el difícil camino de empezar de nuevo.

Con el paso de los días comprendí que el verdadero evangelizado era yo. Jesús no me respondió con una emoción extraordinaria ni con una experiencia mística fuera de lo común. Me habló a través de aquellos rostros marcados por el sufrimiento, de la dignidad con la que muchas personas afrontaban la pobreza, de la solidaridad entre vecinos que apenas tenían lo necesario para vivir y de la sonrisa de unos niños que seguían creyendo en el futuro. Yo había pedido una palabra. Él me respondió con unos rostros. Allí entendí que Cristo no solo me esperaba en la capilla. También caminaba por aquellas calles de tierra, entraba en aquellas casas humildes y preparaba silenciosamente mi corazón para el noviciado.

Con el tiempo comprendí que Jesús no solo me estaba enseñando a servir a los pobres. Me estaba enseñando a reconocerlo. Él estaba en la esperanza obstinada de aquellas familias, en la sonrisa de los niños que seguían jugando entre los escombros, en la gratitud de quienes habían perdido casi todo y, aun así, daban gracias por seguir vivos. Aquel apostolado cambió para siempre mi manera de leer el Evangelio. Desde entonces comprendí que Cristo nunca deja de hablarnos; somos nosotros quienes necesitamos educar el corazón para reconocer su voz.

Con los años he comprendido que aquella experiencia no fue excepcional. Fue una lección sobre la manera como Dios actúa casi siempre. Nosotros esperamos encontrarlo únicamente en momentos extraordinarios, mientras Él se deja reconocer en la trama sencilla de la vida cotidiana.

Como sacerdote, esta intuición ha vuelto una y otra vez en las conversaciones de dirección espiritual. Muchas personas llegan con una preocupación semejante: “Padre, ya no tengo tiempo para orar». Otras dicen con tristeza: “Siento que me he enfriado espiritualmente” o “Creo que Dios está muy lejos de mí”. Son personas que trabajan intensamente, cuidan de su familia, luchan por salir adelante y cargan con responsabilidades que ocupan casi todo su día. Poco a poco llegan a la conclusión de que, como ya no rezan como antes, Dios debe de haberse alejado de ellas.

Cada vez que escucho esas palabras, nace en mí la misma convicción: Dios nunca deja de estar presente; lo que muchas veces perdemos es la capacidad de reconocerlo. La oración y la vida no son dos mundos paralelos. La oración nos educa precisamente para descubrir que Jesucristo continúa hablándonos cuando salimos del templo, cuando llegamos al trabajo, cuando servimos a nuestra familia, cuando acompañamos a un enfermo, cuando tomamos una decisión difícil o cuando el cansancio parece robarnos toda esperanza. El problema no suele ser la ausencia de Dios. El problema es nuestra dificultad para reconocer su presencia.

Aquí encontramos uno de los rasgos más hermosos del cristianismo. Nuestra fe no comienza con el esfuerzo del ser humano por alcanzar a Dios. Comienza con Dios que toma la iniciativa. En este sentido, Benedicto XVI escribió una de las frases más hermosas del cristianismo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona”. Esa Persona es Jesucristo. Todo lo demás —la oración, los sacramentos, la misión, el servicio— brota de ese encuentro y conduce nuevamente a Él. Por eso, la gran pregunta de la vida cristiana no es: “¿Dónde puedo encontrar a Jesús?”, sino: “¿Cómo aprender a reconocer al Jesús que ya está caminando conmigo?”

Pienso con frecuencia en una mujer a quien acompañé espiritualmente. Durante muchos años construyó una vida admirable: formó una familia, sostuvo un matrimonio, levantó una empresa y alcanzó muchas metas personales. Sin embargo, ella misma reconocía que Dios apenas ocupaba un lugar en su historia. Una invitación a participar en un retiro cambió su manera de mirar la vida. Allí no descubrió un Dios nuevo. Descubrió algo mucho más profundo: que Dios había estado presente desde siempre. Comenzó a releer su historia y comprendió que el Señor la había sostenido en momentos que ella atribuía únicamente a su esfuerzo. Descubrió que el amor de Dios la había acompañado desde su bautismo, que nunca dejó de llamarla y que esperaba pacientemente el momento en que ella pudiera reconocer su presencia. Desde entonces siguió enfrentando dificultades, pero ya no las miró con los mismos ojos. Jesús pasó a ser el centro que daba unidad a toda su existencia y despertó en ella una profunda pasión por la Palabra de Dios y por el servicio evangelizador.

Historias como esta me recuerdan a los discípulos de Emaús (Cf. Lucas 24, 13-35). Jesús caminó con ellos durante buena parte del recorrido. Escuchó sus desilusiones, respondió a sus preguntas y calentó lentamente su corazón antes de abrirles los ojos. Ellos no tuvieron que ir a buscarlo a otro lugar; simplemente aprendieron a reconocer que ya estaba a su lado. Tal vez esa sea también nuestra historia. Con frecuencia esperamos grandes signos, cuando el Señor ya está presente en la conversación sincera, en el trabajo bien realizado, en la Eucaristía, en la Palabra que ilumina una decisión, en el hermano que necesita ser escuchado y hasta en las pruebas que nos enseñan a confiar más profundamente.

San Antonio María Claret vivió con esta certeza. Su extraordinaria actividad misionera no nació de un deseo de hacer muchas cosas, sino de un corazón que había aprendido a leer la presencia de Dios en cada circunstancia. Su vida fue la respuesta agradecida de quien se sabe encontrado por Cristo antes incluso de haber comenzado a buscarlo. Por eso podía afrontar caminos difíciles, incomprensiones y cansancios sin perder la alegría de anunciar el Evangelio. Había descubierto que la misión comienza siempre con un encuentro.

Quizá mañana vuelvas a levantarte temprano. Habrá llamadas, reuniones, tráfico, preocupaciones, momentos de alegría y también alguna decepción. A simple vista parecerá un día como cualquier otro. Pero la fe nos invita a mirar con otros ojos. Tal vez, mientras trabajas, escuchas, sirves, perdonas o compartes la mesa con quienes amas, Jesucristo continúe caminando discretamente a tu lado.

No esperes encontrarlo solo en los momentos extraordinarios. Aprende a reconocerlo en los ordinarios. Porque el mayor milagro no consiste en encontrar a Jesucristo, sino en abrir finalmente los ojos y descubrir que nunca ha dejado de caminar contigo.

Para recordar

La vida espiritual no consiste en traer a Jesucristo hasta nuestra historia; consiste en abrir los ojos para descubrir que Él ya habita en ella.

Oremos

Señor Jesús,

abre mis ojos para descubrir tu presencia en mi vida cotidiana.

Cuando las prisas, las preocupaciones y el cansancio me hagan pensar que estás lejos, recuérdame que nunca has dejado de caminar a mi lado.

Enséñame a reconocerte en la oración y en la Eucaristía, en tu Palabra y en el rostro de quienes encuentro cada día. Que mi corazón permanezca atento a tu voz y disponible para seguirte con alegría.

Haz que, como san Antonio María Claret, viva cada jornada con la certeza de que Tú me precedes, me acompañas y me envías a anunciar tu amor. Amén.

 


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