Blog 06 - Confiar en Dios es también cuidar la vida

Blog 06 – Confiar en Dios es también cuidar la vida

Domingo 5 de julio de 2026

La fe cristiana frente a la ansiedad, la salud mental y la esperanza

Por el P. Freddy Ramírez, cmf.

Seis de la mañana. Todavía conservo muy vivo el recuerdo de mis años de estudio en Medellín. A esa hora, mientras me dirigía a la estación del metro, comenzaban a sonar por los altavoces las notas del himno nacional de Colombia. Era una escena que se repetía cada mañana: el país parecía despertar al mismo ritmo que aquella melodía cargada de esperanza. Al mismo tiempo, cientos de personas subían apresuradamente las escaleras de la estación. Algunos caminaban casi corriendo para no perder el tren; otros sostenían un café en la mano mientras revisaban su teléfono. Bastaba observar sus rostros para comprender que cada uno llevaba consigo una historia distinta: la preocupación por llegar a tiempo al trabajo, el miedo a perder el empleo, las cuentas por pagar, la incertidumbre del futuro o el deseo de ofrecer una vida mejor a su familia.

Cuando el tren llegaba, la escena adquiría una intensidad especial. Todos buscaban un espacio para subir. Los cuerpos se estrechaban unos contra otros y, por momentos, parecía que la prisa era la única ley. Al finalizar la jornada ocurría algo semejante. El cansancio del día y el deseo de regresar cuanto antes a casa hacían que la paciencia desapareciera y que, sin querer, unos terminaran empujando a otros. Muchas veces contemplé aquella multitud y pensé que el metro era un retrato de nuestra sociedad: miles de personas caminando juntas, pero cargando en silencio preocupaciones que casi nadie conocía.

Con el paso de los años comprendí que el problema no era simplemente la velocidad con la que vivíamos. Lo verdaderamente preocupante era la sensación de que todo dependía de nosotros. Había que producir más, responder mejor, prever el futuro, proteger a la familia, alcanzar nuevas metas y evitar cualquier fracaso. Poco a poco terminábamos llevando sobre los hombros un peso que ningún ser humano puede sostener indefinidamente. Quizá por eso la ansiedad se ha convertido en una de las grandes compañeras de nuestro tiempo.

Como sacerdote y acompañante espiritual, he visto crecer esta realidad en el corazón de muchas personas. Cada vez escucho con mayor frecuencia palabras como agotamiento, insomnio, miedo, ataques de pánico o incertidumbre. Detrás de ellas hay hombres y mujeres profundamente creyentes que, a veces, llegan incluso a sentirse culpables por experimentar estas luchas. Piensan que, si tuvieran una fe más grande, no deberían sentirse así. Sin embargo, la fragilidad humana no es un pecado; es parte de nuestra condición. La fe no nos convierte en personas inmunes al sufrimiento. Nos ofrece una manera distinta de atravesarlo.

Recuerdo especialmente a un feligrés que llegó un día profundamente angustiado por la situación económica de su familia. Su temor era real. No sabía si conservaría su emprendimiento y esa incertidumbre había comenzado a robarle el sueño. La hipertensión se había agravado y el desánimo empezaba a instalarse en su corazón. Después de escucharlo durante un buen rato, le propuse algo muy sencillo: entrar juntos en la capilla del Santísimo Sacramento.

Permanecimos algunos minutos en silencio. No fuimos a pedir una solución inmediata ni un milagro espectacular. Simplemente presentamos al Señor aquello que nos sobrepasaba y le pedimos la gracia de confiar. Cuando terminó la oración, sus problemas seguían allí. Nada había cambiado exteriormente. Sin embargo, algo había comenzado a transformarse por dentro. Recuperó la serenidad suficiente para dejar de mirar únicamente aquello que le faltaba y volver a reconocer los dones que Dios seguía poniendo en su camino. Poco a poco pudo tomar decisiones con mayor claridad, reorganizar algunos aspectos de su vida y continuar adelante sin dejarse dominar por el miedo.

Aquella experiencia confirmó una convicción que ha ido madurando con los años: confiar en Dios no significa esperar pasivamente que todo se resuelva; significa vivir con la certeza de que no estamos solos mientras hacemos responsablemente lo que nos corresponde. La confianza cristiana nunca ha sido una invitación a la pasividad. Tampoco consiste en pensar que la oración reemplaza el esfuerzo humano. La oración nos da la paz necesaria para actuar con libertad y no desde el miedo.

Jesús lo expresa con una profundidad admirable cuando dice: «No se inquieten por el mañana; a cada día le basta su propio afán» (Mt 6,34). Con frecuencia interpretamos estas palabras como una invitación a despreocuparnos de todo. Pero Jesús no está proponiendo la irresponsabilidad. Él mismo trabajó, caminó incansablemente por los pueblos de Galilea y asumió con fidelidad la misión que el Padre le había confiado. Lo que nos pide es algo mucho más profundo: no permitir que el miedo gobierne nuestra existencia.

Muchas veces sufrimos porque intentamos controlar aquello que nunca ha estado en nuestras manos. Queremos asegurar el futuro, evitar todo dolor y garantizar que nada salga mal. Pero la vida siempre conservará un margen de incertidumbre. La confianza comienza precisamente cuando aceptamos ese límite y dejamos de creer que el mundo descansa únicamente sobre nuestros hombros.

Por eso suelo repetir una frase muy sencilla: vivamos un día a la vez. No es una invitación a vivir sin proyectos, sino a concentrar nuestras fuerzas en el único tiempo que realmente poseemos: el presente. El ayer ya no podemos cambiarlo. El mañana todavía no nos pertenece. Hoy, en cambio, podemos amar, trabajar, descansar, pedir perdón, cuidar nuestra salud, abrazar a quienes queremos y confiar nuevamente en Dios.

En este punto también es importante hablar con claridad sobre la salud mental. La ansiedad no siempre desaparece con un acto de voluntad ni con una oración más intensa. En algunas personas llega a convertirse en una enfermedad que necesita atención profesional. Reconocerlo no disminuye nuestra fe. Al contrario, es un acto de humildad. Dios también obra a través de la inteligencia que ha concedido a médicos, psicólogos y psiquiatras, dedicados a aliviar el sufrimiento humano. Buscar ayuda cuando la necesitamos no significa desconfiar de Dios; significa cuidar responsablemente la vida que Él mismo nos ha regalado.

Vivimos, además, en una cultura que nos empuja constantemente a compararnos. Las redes sociales nos muestran personas exitosas, familias aparentemente perfectas y metas que parecen alcanzarse de un día para otro. Sin darnos cuenta, olvidamos que cada historia tiene su propio ritmo. Nadie construye una vida sólida de la noche a la mañana.

Me gusta pensar que la existencia se parece a la construcción de un castillo. Nadie comienza edificando desde arriba de la torre. Todo empieza colocando cuidadosamente los cimientos. También la paz interior se edifica así: con pequeños actos cotidianos de confianza, con decisiones responsables, con momentos de oración, con el descanso necesario, con una conversación sincera, con el valor de pedir ayuda cuando hace falta. Las grandes transformaciones nacen casi siempre de gestos pequeños vividos con perseverancia.

San Antonio María Claret comprendió muy bien esta verdad. Quien lee su Autobiografía descubre a un hombre apasionado por Dios, pero también profundamente organizado y diligente. En un momento decisivo de su vida escribe: «Pensé, no sólo en santificar mi alma, sino también discurría continuamente qué haría y cómo lo haría para salvar las almas de mis prójimos» (Autobiografía, n. 113). Estas palabras revelan una espiritualidad profundamente equilibrada. Claret confiaba plenamente en la Providencia, pero esa confianza lo impulsaba a estudiar, planificar, preparar sus misiones y entregar generosamente todas sus capacidades al servicio del Evangelio. Nunca esperó que Dios hiciera aquello que él mismo estaba llamado a realizar con responsabilidad.

Quizá esa sea una de las lecciones más urgentes para nuestro tiempo. La Providencia de Dios no sustituye nuestra responsabilidad; la inspira. Confiar en el Señor es también cuidar el cuerpo que nos ha dado, atender nuestra salud mental, cultivar relaciones sanas, descansar cuando es necesario y buscar ayuda cuando nuestras fuerzas ya no alcanzan. Todo ello forma parte de una misma respuesta de fe.

Mañana, cuando vuelvan a sonar las notas del himno nacional en el Metro de Medellín, miles de personas subirán nuevamente aquellas escaleras llevando consigo ilusiones, responsabilidades y preocupaciones. Probablemente muchas de ellas seguirán sintiendo el peso de un futuro incierto. Quizá algunas crean que todo depende de sus propias fuerzas. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda una verdad liberadora: Dios nunca nos pidió sostener el mundo sobre nuestros hombros. Nos pidió caminar con Él mientras sostenemos con amor la parte de la vida que nos ha confiado.

Tal vez los problemas no desaparezcan de inmediato. Tal vez algunas respuestas sigan esperando. Pero si hoy haces con fidelidad lo que está en tus manos y confías al Padre aquello que supera tus fuerzas, descubrirás que la esperanza no consiste en controlar el futuro, sino en saber que nunca tendrás que recorrer el camino solo. Porque, después de todo, confiar en Dios es también cuidar la vida. Por eso, vive un día a la vez.

 

Para recordar

Dios nunca nos pidió sostener el mundo sobre nuestros hombros; nos pidió caminar con Él mientras sostenemos con amor la parte de la vida que nos ha confiado.

 

Oremos

Padre bueno, en medio de las preocupaciones, los afanes y las incertidumbres de cada día, enséñanos a confiar más en ti.

Cuando el miedo quiera robarnos la paz, recuérdanos que nunca caminamos solos. Danos la sabiduría para distinguir aquello que podemos cambiar de aquello que debemos poner en tus manos.

Ayúdanos a cuidar con responsabilidad la vida que nos has regalado: nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro corazón y nuestra fe. Danos la humildad para pedir ayuda cuando la necesitemos y la serenidad para vivir un día a la vez, sin dejarnos vencer por la ansiedad ni por el temor al futuro.

Todo esto te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

 

 

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