Miércoles 24 de junio de 2026
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
Hace algún tiempo, al finalizar un retiro de Emaús, un hombre se acercó para conversar. Durante buena parte de su vida había cargado una sensación de fracaso que nunca terminaba de abandonarlo. Desde fuera, cualquiera habría dicho que le iba bien: tenía trabajo, familia y una vida aparentemente estable. Sin embargo, por dentro seguía luchando con la idea de que nunca era suficiente.
Mientras hablábamos, me dijo una frase que todavía conservo en la memoria:
—Padre, por primera vez siento que Dios no está esperando que yo cambie para amarme.
Aquellas palabras me impresionaron. Porque detrás de ellas descubrí algo que he vuelto a escuchar, de formas distintas, en muchas personas. Pasamos años intentando demostrar nuestro valor, buscando aprobación, esforzándonos por estar a la altura de las expectativas propias y ajenas. Y, sin embargo, una de las mayores sorpresas del Evangelio es que Dios no comienza exigiendo pruebas de nuestro valor. Comienza revelándonos cuánto valemos para Él.
Quizás por eso hay una pregunta que, tarde o temprano, termina visitando el corazón humano: ¿qué sentido tiene mi vida?
No siempre la formulamos de manera explícita. A veces se esconde detrás del cansancio. Otras veces aparece en medio de una crisis, una pérdida o una decepción. También puede surgir cuando aparentemente todo marcha bien, pero seguimos experimentando una inquietud difícil de explicar. Tenemos responsabilidades, proyectos y metas, pero algo dentro de nosotros sigue preguntando si existe un significado más profundo para todo lo que vivimos.
A lo largo de los años he acompañado a muchas personas en su camino espiritual y, de manera particular, durante los retiros de Emaús. Las historias son muy distintas. Algunas llegan con heridas familiares que han marcado décadas de su vida. Otras cargan culpas que nunca lograron expresar. Hay quienes se sienten profundamente solos aun estando rodeados de personas, y quienes, después de alcanzar metas importantes, descubren que el éxito no logra responder las preguntas más profundas del corazón.
Sin embargo, detrás de tantas historias diferentes, he observado algo que se repite una y otra vez. Muchas personas llegan buscando respuestas y terminan encontrando una relación. Llegan buscando explicaciones y terminan descubriendo una presencia. Buscan un nuevo rumbo para sus vidas y terminan encontrándose con un Padre.
Y ese descubrimiento suele marcar un antes y un después.
No porque desaparezcan todos los problemas. No porque las heridas sanen de un día para otro. Tampoco porque la vida deje de presentar desafíos. Lo que cambia es el lugar desde donde la persona comienza a mirar su propia historia.
Creo que una de las revoluciones más profundas que Jesús trajo al mundo tiene que ver precisamente con esto. En una época donde muchos se relacionaban con Dios desde el temor o la distancia, Jesús introduce una palabra cargada de cercanía y ternura: Abbá.
No es un detalle menor. Cuando Jesús llama Abbá a Dios, está revelando algo completamente nuevo sobre Él. Pero también está revelando algo nuevo sobre nosotros.
La razón por la que podemos llamar Padre a Dios no nace de un descubrimiento humano. Nace de Jesús. Es Él quien nos introduce en esa relación de confianza. Cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar, Jesús no comienza con una teoría ni con una explicación complicada. Les enseña una oración que empieza con dos palabras sencillas: Padre nuestro.
En cierto modo, toda la vida cristiana consiste en aprender a pronunciar esas palabras con creciente confianza.
Porque cuando Dios deja de ser una idea lejana y se convierte en Padre, cambia también la manera en que nos comprendemos a nosotros mismos. Dejamos de definirnos únicamente por nuestros éxitos o fracasos. Dejamos de creer que nuestro valor depende de la opinión de los demás o de nuestra capacidad para hacerlo todo bien.
Descubrimos que somos hijos.
Y descubrirse hijo cambia la vida.
He visto cómo personas que llegaron a un retiro convencidas de que Dios estaba decepcionado de ellas terminaban comprendiendo que nunca habían dejado de ser amadas. He visto lágrimas de quienes llevaban años sintiéndose indignos y, por primera vez, se atrevían a creer que no tenían que ganarse el amor de Dios. He escuchado testimonios de hombres y mujeres que comenzaron a reconciliarse consigo mismos cuando comprendieron que el Padre los miraba con misericordia mucho antes de que ellos pudieran hacerlo.
Quizás porque, en el fondo, muchos adultos viven como huérfanos espirituales sin darse cuenta.
Buscan constantemente aprobación. Temen equivocarse porque creen que su valor depende de sus resultados. Viven agotados intentando demostrar que merecen ser amados. Y cuando algo sale mal, sienten que todo se derrumba.
El hijo confía.
El huérfano intenta controlarlo todo.
El hijo descansa en el amor recibido.
El huérfano vive tratando de merecerlo.
El hijo sabe que tiene un hogar.
El huérfano siente que debe construirlo todo solo.
Por eso la búsqueda del sentido de la vida no comienza preguntándonos qué debemos hacer. Comienza descubriendo quiénes somos. Mientras no nos reconozcamos hijos, seguiremos buscando en otros lugares aquello que únicamente puede ofrecer el amor de Dios.
Sin embargo, este descubrimiento rara vez ocurre de manera instantánea. Vivimos en una cultura que valora la rapidez. Queremos resultados inmediatos, soluciones rápidas y transformaciones visibles. También nos gustaría que nuestro crecimiento espiritual funcionara así.
Pero Dios suele actuar con otros ritmos.
Cuando leo los Evangelios me impresiona la paciencia de Jesús con sus discípulos. Los corrige, los anima, les enseña y vuelve a comenzar una y otra vez. Incluso cuando no comprenden, incluso cuando fallan, incluso cuando lo abandonan, Jesús sigue creyendo en ellos.
Con los años he llegado a pensar que una de las manifestaciones más hermosas del amor de Dios es precisamente su paciencia.
Dios tiene más paciencia con nosotros que la que nosotros tenemos con nosotros mismos.
Mientras nosotros nos desesperamos por nuestros límites, Él sigue acompañando el proceso. Mientras nosotros contamos nuestros tropiezos, Dios sigue contando posibilidades. Mientras nosotros vemos únicamente lo que falta, Él contempla también todo lo que está creciendo silenciosamente en nuestro interior.
Por eso me gusta pensar que la paciencia de Dios forma parte de nuestra salvación. No porque apruebe nuestras incoherencias, sino porque nunca deja de caminar a nuestro lado. Su amor no depende de nuestra velocidad. Su fidelidad no se agota cuando avanzamos lentamente. Su misericordia no tiene prisa.
Al mirar la historia de tantas personas que han experimentado un encuentro profundo con el Señor, confirmo una y otra vez esta verdad. Los cambios más importantes rara vez ocurren de golpe. Nacen de pequeños actos de confianza repetidos cada día. Una oración sencilla. Un perdón ofrecido. Una reconciliación buscada. Una decisión de volver a empezar. Un corazón que, poco a poco, aprende a confiar.
Quizás por eso el sentido de la vida no consiste en encontrar todas las respuestas ni en tener perfectamente definido el camino. Consiste en caminar sabiendo que no estamos solos. Consiste en descubrir que existe un Padre que nos conoce mejor que nosotros mismos, que nos ama más de lo que imaginamos y que nos espera con una paciencia infinita.
Y quizás la gran sorpresa sea esta: el sentido de la vida no comienza cuando llegamos a ser alguien diferente.
Comienza cuando descubrimos quiénes hemos sido desde el principio.
Hijos.
Hijos amados.
Hijos esperados.
Hijos acompañados.
Y cuando esa verdad desciende de la cabeza al corazón, muchas preguntas no desaparecen, pero dejan de dar miedo. Porque finalmente comprendemos que nuestra historia no comenzó con nuestros esfuerzos.
Comenzó con el amor de un Padre que nunca ha dejado de llamarnos por nuestro nombre.
Para recordar
El sentido de la vida no se encuentra primero en lo que hacemos, sino en descubrir quiénes somos: hijos amados de Dios.
Oremos
Abbá, Padre bueno,
gracias porque tu amor nos precede,
nos acompaña y nos sostiene.
Ayúdanos a vivir con la confianza de los hijos,
a descansar en tu misericordia
y a creer que nunca nos abandonas.
Amén.
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