86. Santos en la mano de Dios

86. Santos en la mano de Dios

¿Qué impresión nos han dejado las lecciones anteriores sobre Aviñón y el Cisma de Occidente? Nada buena, desde luego. Sin embargo, Dios suscitó para su Iglesia en aquellos mismos días unos Santos y Santas que elevaron al pueblo cristiano en medio de la postración de muchos de sus dirigentes.

 

Un siglo tan preocupante como el que va de mitades de 1350 a 1450 no estuvo exento de grandes santos y santas que, sin el nombre de “reforma” tan en boga en todos los labios,  mantuvieron altas las costumbres cristianas de los pueblos, según dijimos en la lección 81. Los historiadores señalan a varios de ellos como auténticos enviados de Dios a su Pueblo. Se podrían presentar bastantes, pero diremos sólo unas palabras sobre los más distinguidos.

 

San Vicente Ferrer ocupa un lugar muy distinguido. Convencido de que el antipapa Clemente VII de Aviñón era el Papa verdadero, declaraba que todo cristiano estaba obligado a obedecerle y los príncipes a defenderlo hasta con la espada. Vicente había nacido en Valencia y entrado en la Orden de los Dominicos. Predicador ardiente, obrador de milagros y dotado del don de profecía, su autoridad era grande en toda la Iglesia. Todo empezó con un acto muy suyo. Había un hambre terrible en Barcelona y se esperaba llegaran barcos con aprovisionamiento. Era inútil confiar en ellos. Y Vicente, que era simple diácono, en un sermón arrebatador, lanza la profecía de que antes del anochecer estarían los barcos en el puerto. El Prior del convento le reprende con severidad por meterse a hacer profecías sin ton ni son, pero el caso es que los barcos estaban en Barcelona antes de que llegara la noche. La gente enloqueció de felicidad ante el predicador profeta y santo. Para evitar tumultos, los superiores lo destinaron a Toulouse, pero regresaba de Francia al cabo de un año. Ya sacerdote, su predicación se hacía famosa en toda España. Salido de las fronteras de su tierra, se hizo igualmente famoso en toda Francia, Flandes, Italia y donde quiera predicase; arrastraba verdaderas multitudes con sus sermones encendidos sobre las verdades eternas del Juicio, Infierno y Cielo. Mientras que la corte de los Papas de Aviñón no ayudaba nada a la gente en su vida cristiana, este apóstol mantenía la fe y la devoción en todos los pueblos.

Llegado el Cisma con los dos y después con los tres Papas, Vicente estaba del todo convencido de que el antipapa de Aviñón, Clemente VII, era el Papa verdadero, y exhortaba a todos a obedecerle y animaba a los príncipes a defenderlo aunque fuera con la espada. Amigo personal y hasta director espiritual de Pedro Luna, al ser éste elegido Papa Benedicto XIII, sucesor de Clemente VII, se puso plenamente a su favor. Pero ante su obstinación en no quererse entender con el Papa de Roma, al negarse a ceder ante el Concilio de Constanza que le depuso, y ser la causa principal de la división en la Iglesia, Vicente dejó de obedecerle y se convirtió en incondicional del Papa verdadero Martín V. El canciller de la Universidad de París, Gersón, le escribía: “Sólo gracias a ti se ha realizado la unión”. Vicente moría en 1419, cuando ya la Iglesia gozaba de paz con el Papa único de Roma. Su predicación tan encendida mantuvo la fe cristiana de unos pueblos tan probados.

 

San Bernardino de Siena fue otro de los Santos providenciales que el Señor suscitó en la Iglesia durante el destierro de Aviñón y el Cisma de Occidente. Mientras en las altas esferas reinaba tanta confusión, el pueblo de Italia encontró en Bernardino un pastor verdadero según el corazón de Dios.

Enamoradísimo de la Virgen María, con Ella ascendería rápidamente hacia las cumbres de la santidad en la Orden de los Franciscanos y a realizar prodigios en su apostolado. Encerrado en su convento, oyó varias veces a un simple novicio decirle en nombre de Dios: “Hermano Bernardino, no ocultes por más tiempo los dones que Dios te ha concedido. Ve a Lombardía, donde te esperan”. Y allí le mandaron los superiores para iniciar su misión.

Ahora, cuando lo miramos como misionero popular, tuvo una auténtica genialidad al confeccionar un estandarte con el anagrama de Cristo y pasearlo por toda Italia: IHS, que en latín se comentaba como “Iesus Hominum Salvator”, Jesús Salvador de los hombres.

Cantando y rezando y besando a ese Jesús en su estandarte, las gentes, que seguían al misionero “como hormigas”, dice un cronista de la época, se conmovían, rezaban, se confesaban, y su paso por las ciudades era una misión continua, misión que acababa ─como vimos a Bernardino hacerlo ante el Papa Martín V en el Capitolio─ con una hoguera en que las gentes echaban los objetos de vicio o de simple vanidad. Todo se hacía en todas partes por JESUS, cuyo Nombre empezó desde Bernardino a ser invocado con una gran devoción por el pueblo cristiano. Y un caso curioso. En Bolonia ─donde el juego de las cartas era un vicio muy arraigado─, un comerciante se le quejó de que perdía todas sus entradas por aquella predicación. Bernardino le propone: “Fabrique una estampa con el signo y el nombre de Jesús”. Resultado: el comerciante sacaba ahora mucho más dinero que con aquellas cartas que iban todas a parar en la hoguera…

Hombre bueno, bondadoso, afectivo, llegó a ser vicario general de la Orden Observante de los Franciscanos. Cuando tomó el cargo, eran sólo unos trescientos frailes los observantes; cuando lo dejó, ascendían a más de cuatro mil, los cuales contribuyeron tanto con su predicación a la reforma del Pueblo de Dios. El Santo moría en Áquila el año 1444.

 

  • San Juan de Capistrano es otro de los grandes reformadores de la Iglesia en estos días, sin llamarse ni cacarear de “reformador” el que empezó por reformarse a sí mismo, pues, hasta que se casó y aún después al verse libre de la esposa, había llevado una vida desastrada. Admitido en el convento de los Franciscanos, al que llegó con fama de hombre pecador, se sometió a las duras pruebas que le impusieron los superiores para probar la sinceridad de la conversión de aquel doctor en derecho civil y canónico que había desempeñado altos cargos en el reino de Nápoles. Amaestrado por San Bernardino de Siena, pero sin la amabilidad de su maestro y con mucha vehemencia y rigorismo, se dio también a la predicación como misionero itinerante por toda Italia, en la que arrastraba a muchedumbres, entre las que obraba abundantes milagros con los enfermos. Un relator de aquel entonces dice que a veces se congregaban ante el famoso predicador hasta 100.000 y más personas. Imposible del todo y exageración manifiesta. Pero sí que es válido un testimonio de aquellos días:
  • “No había nadie tan ansioso como Juan Capistrano por la conversión de los herejes, cismáticos y judíos. Nadie que anhelara tanto que su religión floreciera, o que tuviera tanto poder para obrar maravillas. No había nadie que deseara tan ardientemente el martirio, ni tan famoso por su santidad. La afluencia de gente a sus sermones era tan grande que hacía pensar que habían vuelto los tiempos apostólicos. Al llegar a la provincia, los pueblos y aldeas se conmovían y grandes multitudes acudían a oírlo. Los pueblos lo invitaban a visitarlos, ya por medio de cartas apremiantes o por medio de mensajeros o apelando al Soberano Pontífice mediante personas influyentes”.
  • Preparado como estaba en asuntos civiles, los Papas le encomendaron misiones delicadas en Flandes, Baviera, Polonia y Hungría, hasta ser Nuncio en Austria, y al llegar a ella la gente no lo miró como un personaje de la política y la diplomacia, aunque enviado por el Papa, sino como a un santo que Dios les mandaba. Así lo cuenta Eneas Piccolomini, el futuro Papa Pío II:
  • “Los sacerdotes y el pueblo salieron a recibirlo como a un gran profeta enviado por Dios. Bajaban de las montañas para saludar a Juan, como si Pedro o Pablo o alguno de los otros apóstoles fuera el que llegara. Gustosamente besaban la orla de sus vestiduras, le presentaban sus enfermos y afligidos y se dice que muchos fueron curados. La gente importante salió a recibirlo y lo condujeron a Viena. No había plaza que pudiera contener a las multitudes. Todos lo miraban como a un ángel de Dios”.
  • Así seguían a un hombre que por sus apariencias externas no hubiera arrastrado a nadie detrás de si, porque era “pequeño de cuerpo, enjuto, extenuado y con la piel pegada al hueso, pero entusiasta, fuerte y asiduo en el trabajo. Dormía con su hábito puesto y se levantaba antes de la aurora para rezar y celebrar la Misa. Después de eso, predicaba en latín, que en seguida era traducido al pueblo por un intérprete”.

Alma de los cristianos en la guerra contra los turcos, apoyó con valentía al héroe húngaro Hunyady, el vencedor en la batalla de Belgrado, aunque poco después moría lleno de méritos ante la Iglesia el año 1456.

 

La reforma de la Iglesia se había convertido en una obsesión de todos: había que empezar por la cabeza y seguir por los miembros. Se pensaba siempre en los Concilios como en el remedio universal, pero los Concilios no hacían nada y hasta daban miedo, porque se convertían en cismáticos como el de Pisa o el de Basilea, o bien sus decretos no servían porque nadie después se atrevía a exigirlos en su cumplimiento. De aquí la importancia que los historiadores dan a los Santos, hombres o mujeres, suscitados por Dios en estos tiempos. El pueblo seguía a los Santos “populares” ─llamémoslos así─, hombres o mujeres, que mantenían la fe, fomentaban la devoción, practicaban siempre la caridad cristiana, reformaban los conventos y estimulaban a la santidad. Esos santos y santas, llenos de celo apostólico, no se metían con la “cabeza” ─palabra repetida siempre por los pretendidos reformadores─, pero con los “miembros”, es decir, con el pueblo, realizaban verdaderas maravillas. Lo hemos visto con algunos Santos, y ahora lo vamos a ver con Santas que se distinguieron tanto en estos tiempos, estériles en apariencia, pero muy fecundos en santidad cristiana.

 

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