55. La vida cristiana en la Edad Media

55. La vida cristiana en la Edad Media

Ni que decir tiene que fue magnífica, dada la fe de aquellos siglos, a pesar de todos los defectos que se le pueden señalar, y produjo grandes frutos de santidad.

 

Hay que empezar por el culto, el cual tuvo sus variantes, como es natural. En la Iglesia de Oriente permaneció la liturgia de Constantinopla, con sus cantos inacabables, su incienso a puñados y cirios inextinguibles. La Occidental, mucho más sobria, se unificó lentamente, venciendo la romana a la galicana francesa, a la mozárabe española, a la irlandesa y escocesa, y hasta la milanesa que fue la más duradera. 

 

Durante mucho tiempo siguió la tradición antigua de estar centrado el culto en la celebración de la Eucaristía. Hasta el siglo VII se celebraba sólo en la catedral o iglesia principal de una parroquia, en el único altar, con asistencia multitudinaria del pueblo. Pero a partir de este siglo, y por lo mismo desde el inicio de la Edad Media, empieza la celebración privada del sacerdote con un “suficiente” monaguillo, y por eso se multiplican los altares en cada iglesia. Los simples curas cayeron en dos extremos: unos no celebraban casi nunca, sino tres o cuatro veces al año, y otros, al revés, varias veces al día, hasta que se prohibió semejante costumbre, pues, ya se ve, era con afán de lucro por los estipendios. Pero, curioso, se multiplicaron las Misas y no las comuniones de los fieles, los cuales no comulgaban sino unas tres veces al año, en Navidad, Pascua y Pentecostés, de manera que, ya hacia el final de la Edad Media, el Concilio IV de Letrán en 1215 hubo de imponer una al menos al año por Pascua. No se entiende cómo se llegó a esta desgracia.

Cuando vino en el siglo XIII la explosión de la devoción a la Eucaristía, todavía un San Luis rey de Francia no comulgaba sino seis veces al año. Aunque empezaron las excepciones con muchas santas sobre todo: Matilde y Gertrudis, María de Cervelló, Ángela de Foligno, Margarita de Cortona, que comulgaban con frecuencia. Curioso, el Beato Juan Buoni (+1249), payaso de profesión por los palacios de Italia, pero, convertido, se confesaba continuamente y comulgaba todos los domingos.

 

La Penitencia revistió muchos aspectos. Seguía la penitencia pública si los pecados eran públicos. Y las penitencias, proporcionadas a los pecados, no eran una broma: según qué culpas, peregrinar a Roma para pedir la absolución al Papa, algo que algunos pecadores hacían espontáneamente…, estar años fuera de la comunidad cristiana…, largos ayunos a solo pan y agua…, andar descalzos y sin vestidos de lino o telas finas…, encerrarse durante la Cuaresma en un monasterio…, peregrinar a santuarios lejanos…, y, ¡mal hecho, desde luego!, abstenerse de las relaciones matrimoniales… Aunque se usaba la “conmutación” de esas penitencias por otras, como dar una limosna a pobres o rezar de rodillas una o varias veces todo el Salterio. Pero se fue metiendo la confesión privada, y entonces fueron desapareciendo esas penitencias exageradas. La confesión en particular y secreta fue introducida y propagada sobre todo por los monjes predicadores irlandeses y escoceses, los cuales formularon listas de pecados con la penitencia proporcionada a cada pecado. En realidad, esto es lo que se ha ido haciendo hasta nuestros días, aunque la penitencia (hoy ridícula) quede a juicio del confesor. Y algo muy curioso: aunque no fuera sacramento, y los fieles lo sabían bien, había muchos que, cuando no había sacerdote, confesaban sus pecados a un seglar, como señal de arrepentimiento y pidiendo oraciones. Esto fue costumbre sobre todo en soldados antes de entrar en batalla, algo que duró varios siglos, y lo hizo Ignacio de Loyola en pleno siglo XVI… Fue costumbre en muchos el morir en acto de penitencia, como lo hizo un San Fernando de León y de Castilla, el cual exigió que lo depositaran sobre una estera en el suelo, cubierta la cabeza con ceniza en vez de la corona, con un cilicio y hábito de penitente en vez de la púrpura real y con una soga al cuello…

 

Estuvieron muy en boga otras prácticas piadosas, aparte de los Sacramentos, por ejemplo el ayuno, que se tomaba verdaderamente en serio: todos los días de Cuaresma, excepto los domingos; en Adviento, tres días a la semana; y todos los sábados del año. El ayuno se practicaba completo, ni comida ni bebida, desde el amanecer hasta las Vísperas a las seis de la tarde, cuando se tenía la única comida del día. Como era muy duro, Carlomagno lo adelantó a la tres de la tarde, y después se dejó la única comida formal para el mediodía. Los monjes empezaron a suavizar el ayuno al acabar el trabajo tomando una jarra de agua edulcorada, llamada la “colación”, porque mientras la bebían se leían las “Collationes” de Casiano, el monje del siglo IV. Esta “colación” se extendió después a todos los fieles y se permitía con ella algo de comida, “para que el agua sola no perjudique” (!).

 

La Eucaristía llegó a ser al final de la Edad Media la devoción de las devociones. Después de las herejías transitorias contra la presencia de Jesús en el Sacramento, se había impuesto entre los teólogos la fe y la enseñanza de la “transustanciación”, que enseñaba: en la Hostia consagrada está Jesucristo real y sustancialmente presente, porque el pan se ha convertido en el Cuerpo de Cristo, tal como es Él, sin falsas interpretaciones. Lo primero que trajo esto en los fieles fue un ansia grande de contemplar la Hostia santa, y se introdujo en la Misa la costumbre de levantar la sagrada Hostia nada más consagrada, al mismo tiempo que sonaba la campanilla para llamar la atención de los presentes o incluso tocar las campanas de la torre para que toda la población se enterase. Y, como esta costumbre, otras. El Santísimo, que se guardaba sin más en una hornacina o en un copón suspendido en forma de paloma, se empezó a reservar en un sagrario con lámpara siempre encendida, en lugar destacado detrás del altar, lo que dio origen a los grandiosos retablos de la catedrales góticas; un obispo de Burgos mandó que dos clérigos en la Misa incensasen continuamente el altar desde el Sanctus hasta después de la Comunión; el papa Gregorio X ordenó a los fieles permanecer arrodillados desde la Consagración hasta la Comunión; la exposición con el Santísimo en magníficas custodias, antes desconocidas; y vino el pensar en una fiesta solemne, la del Corpus Christi, que instituyó para toda la Iglesia el papa Urbano IV el año 1264.  Los textos de la Liturgia son fruto de Santo Tomás de Aquino, que compuso además esos himnos preciosos que todavía hoy nos embelesan. Por ese tiempo empezaron a correr noticias de muchos milagros eucarísticos, que se resolvían siempre en lo mismo: corporales que recogían la sangre que brotaba de la Hostia o el cáliz sobre altar. Como el del sacerdote Pedro, que venía de Praga en 1263 y pasó una crisis grave de fe al dudar de la presencia real del Señor en la Eucaristía. Mientras celebraba la Santa Misa en Bolsena, al dividir la Hostia, ésta empezó a sangrar de tal forma en sus manos que la sangre empapó el corporal y el piso de mármol frente al altar. El Papa, que se hallaba en Orvieto, hizo traer los corporales, se comprobó el milagro, y fue el que decidió la institución de la fiesta del Corpus.

 

La devoción a la Virgen María, como no podía ser menos, se desarrolló fuertemente en estos siglos, a partir sobre todo de San Bernardo en el siglo XI. Los monjes de Cluny como los del Cister, le tenían consagradas todas sus iglesias a Dios en honor de la Virgen; no se daba monasterio benedictino que no honrase alguna de aquellas imágenes románicas con la leyenda de su aparición milagrosa; los monjes Carmelitas, con el famoso escapulario de San Simón Stock, propagaban la devoción a la Virgen como nadie; los Dominicos, a imitación de su padre Santo Domingo que predicó ardientemente de la Virgen después de su estancia en la capilla de Prouille, hablaban siempre de la Madre de Dios, herencia que hará popularísima con el Rosario el Beato Alano; los Franciscanos, a partir sobre todo del Beato Duns Scoto, se erigieron en los grandes promotores del amor a María Inmaculada; y los Siervos de María, finalmente, fueron ejemplo vivo del amor a la Señora. Fue en estos siglos cuando se escribieron esos himnos latinos que desde entonces canta la Liturgia en delicioso gregoriano. La “Salve”, que se la disputan todas las naciones, parece ya indudable que la compuso el obispo de Santiago de Compostela San Pedro de Mezonzo. Dante, el mayor de los poetas cristianos, acabará el siglo XIII cantando en la Divina Comedia, obra cumbre de la literatura italiana, lo que se pensaba en aquel tiempo sobre María: “Vergine madre, Figlia del tuo Figlio, umile ed alta piú che creatura…, Donna, sei tanto grande e tanto vali, che qual vuol grazia ed a te non recorre, sua distanza vuol volare senz’ali”. Es decir: María, la criatura más excelsa, y, con exageración preciosa, asegura que si no se acude a Ella en la oración es querer volar sin alas… En nuestra lengua española, que nacía en estos años, no envidiamos a nadie. Y tenemos poemas encantadores sobre la Virgen, especialmente de Gonzalo de Berceo con sus “milagros” tan simpáticos de la Virgen, y los  del rey Alfonso X el Sabio, que escribía en sus Cantigas: “Rosa das rosas et Fror das froes, Dona das donas, Sennor das sennoras, de que quero ser trovador”.

 

El origen de esta gran devoción a la Eucaristía y a la Virgen María en la baja Edad Media tiene una explicación histórica muy comprensible. Hasta entonces, todo el culto y devoción de los cristianos se centraba en Dios, que se había revelado en Cristo, culto que se desarrollaba en el Sacrificio del Altar. Pero en estos siglos, a partir del XI y XII, se desarrolló la devoción a la Humanidad de Jesús, lo mismo en el Niño de Belén, especialmente por San Francisco de Asís, que en el Crucificado sobre todo. La Pasión de Jesús, sus llagas benditas, etc., impactaron fuertemente en el pueblo. Naturalmente, vino el centrar la devoción especialmente en la Eucaristía, donde la Humanidad glorificada de Cristo está presente en toda su realidad. Y vino también el ver en María a la Madre verdadera que dio el ser de Hombre al Hijo de Dios. Devoción a la Eucaristía y a la Virgen se desarrollaron a la par. Y hay que decir que produjeron una pléyade de Santos grandes, místicos de gran altura, que demuestran la espiritualidad a que llegó la Iglesia en esos días medievales.

 

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