48. El emotivo caso de Naín

48. El emotivo caso de Naín

A partir de este momento nos encontramos con el problema insoluble de la cronología de Jesús en el año largo que nos espera hasta la fiesta de los Tabernáculos del año 29.

Las ”Vidas” de Jesús, más autorizadas difieren entre sí, cada una con orden distinto. Esto se debe sobre todo a Lucas, que habla de varios viajes a Jerusalén como si fuera uno solo, el que hizo para morir y resucitar.

De aquí se sigue que al colocar en adelante los hechos de la Vida de Jesús, hasta la semana de la Pasión, hay que proceder con la fidelidad posible a los cuatro evangelistas a la vez que con cierta libertad. No hay que dar mucha importancia a la cosa. Al fin y al cabo, las enseñanzas de Jesús no están sujetas a lugar y tiempo de cuando ocurrieron.

Es cierto. Cuando Jesús acabó el Sermón de la Montaña, entró en Cafarnaún, curó al criado del Centurión, y, probablemente por Pentecostés, tomando el camino del centro de Judea emprendió un histórico viaje a Jerusalén. Durante él nos encontraremos con hechos y enseñanzas de Jesús que hacen tan denso e interesante este año segundo.

 Naín, pueblecito no lejos de Nazaret y cercano al monte Tabor, abre este viaje en el que Jesús caminaba con los Doce, inseparables ya desde ahora. Y se encuentran de repente con un auténtico gentío que rodeaba el féretro de un joven, hijo único de una pobre viuda que lloraba inconsolable. Lloraba ella y lloraba toda la gente que le acompañaba en el duelo. ¿Qué esperanza le quedaba en la vida a la pobre mujer?

Jesús se conmueve, manda detenerse a la turba, y ordena con voz imperiosa al difunto, envuelto en un lienzo y sujeto con vendas encima de una tabla:

-Muchacho, contigo hablo: ¡levántate!

El cadáver se yergue, comienza a hablar, y sano y salvo se lo entrega Jesús a la madre. Que corra nuestra imaginación. El evangelio se contenta con repetir el griterío de la gente:

-Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo.

 

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