Un día pasaba Eliseo por la ciudad de Sunem y una mujer distinguida lo invitó con insistencia a comer en su casa. Desde entonces, siempre que Eliseo pasaba por ahí, iba a comer a su casa. En una ocasión, ella le dijo a su marido: «Yo sé que este hombre, que con tanta frecuencia nos visita, es un hombre de Dios. Vamos a construirle en los altos una pequeña habitación. Le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que se quede allí, cuando venga a visitarnos».
Así se hizo y cuando Eliseo regresó a Sunem, subió a la habitación y se recostó en la cama. Entonces le dijo a su criado: «¿Qué podemos hacer por esta mujer?» El criado le dijo: «Mira, no tiene hijos y su marido ya es un anciano». Entonces dijo Eliseo: «Llámala». El criado la llamó y ella, al llegar, se detuvo en la puerta. Eliseo le dijo: «El año que viene, por estas mismas fechas, tendrás un hijo en tus brazos».
