¿Se alejan las personas de Dios o la fe se va quedando sin espacio?

¿Se alejan las personas de Dios o la fe se va quedando sin espacio?

Blog 01 – 17 de junio de 2026

Por el P. Freddy Ramírez, cmf.

Hace algunos años me habría resultado extraño entrar a un restaurante y ver a una familia entera reunida alrededor de una mesa, mientras cada uno permanecía absorto en la pantalla de su teléfono. Hoy es una escena habitual. No ocurre porque las personas se quieran menos. Tampoco porque hayan dejado de interesarse unas por otras. Simplemente vivimos rodeados de estímulos que reclaman constantemente nuestra atención.

Algo parecido sucede con la vida espiritual. 

Cuando escuchamos que muchas personas se alejan de la fe, solemos imaginar una ruptura repentina: alguien que un día decide que ya no cree en Dios y abandona todo vínculo con la Iglesia. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más silenciosa. La mayoría de las veces la fe no se pierde de golpe. Se va quedando sin espacio.

Poco a poco otras cosas ocupan el centro. El trabajo exige más tiempo. Las preocupaciones económicas absorben energías. Las responsabilidades familiares se multiplican. Las redes sociales llenan los momentos de silencio. Los problemas cotidianos reclaman soluciones inmediatas. Y, casi sin advertirlo, Dios deja de ser una presencia que acompaña la vida para convertirse en una referencia ocasional a la que acudimos cuando las cosas se complican. Como sacerdote, también he descubierto que es posible hablar de Dios todos los días y, sin embargo, dejar poco espacio para escucharlo.

Hace algún tiempo una madre me compartía su preocupación por sus hijos adultos. Habían sido bautizados, recibido los sacramentos y participado activamente en la vida parroquial. Sin embargo, ahora parecían indiferentes a todo aquello. Mientras la escuchaba, comprendí que su inquietud era también la de muchos padres, abuelos y catequistas.

Pero al mismo tiempo pensé que quizá estamos formulando la pregunta equivocada.

Nos preguntamos por qué las personas se alejan de Dios, cuando tal vez deberíamos preguntarnos qué está ocupando el lugar que le corresponde en nuestro corazón.

Porque, si somos sinceros, la búsqueda de Dios no ha desaparecido. La encontramos disfrazada de muchas maneras. Está presente en quien anhela paz en medio de la ansiedad. En quien busca relaciones auténticas en una cultura de vínculos frágiles. En quien alcanza metas importantes y descubre que el éxito no basta para llenar el alma. En quien atraviesa una pérdida y se pregunta qué sentido tiene seguir adelante.

La búsqueda permanece. Lo que parece haberse debilitado es nuestra capacidad para reconocer dónde puede encontrarse una respuesta.

Quizás por eso el Evangelio sigue siendo tan actual. Las personas que se acercaban a Jesús también cargaban preguntas, incertidumbres y heridas. No vivían en un mundo perfecto. Conocían el sufrimiento, la enfermedad, las tensiones familiares y las dificultades económicas. Sin embargo, encontraban en Él algo que transformaba su manera de mirar la vida.

Hay un momento particularmente revelador en el Evangelio de san Juan, capítulo 6. Después del discurso sobre el Pan de Vida, muchos discípulos deciden marcharse. Las palabras de Jesús les resultan difíciles. Su propuesta exige más de lo que estaban dispuestos a dar. Entonces el Señor se vuelve hacia los Doce y les pregunta: «¿También ustedes quieren marcharse?».

La respuesta de Pedro es una de las más hermosas de todo el Evangelio: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

Siempre me ha impresionado que Pedro no responda diciendo: «Lo entiendo todo» o «Ya no tengo dudas». Lo que reconoce es algo mucho más profundo. Ha descubierto que, incluso cuando no comprende plenamente el camino, en Jesús encuentra una verdad y una esperanza que no encuentra en ningún otro lugar.

Tal vez ahí se encuentre una clave para nuestro tiempo.

La fe no consiste en tener respuestas para todas las preguntas. Consiste en descubrir que Cristo ilumina las preguntas más importantes de la existencia humana. Nos recuerda que nuestra vida tiene un significado que no depende únicamente de los logros, de los fracasos o de las circunstancias. Nos revela que somos amados por Dios y llamados a una vida más plena.

Sin embargo, esta verdad solo puede ser experimentada cuando le permitimos entrar en nuestra historia concreta. Nadie puede vivir de recuerdos espirituales. Del mismo modo que una amistad necesita tiempo para crecer, la relación con Dios requiere espacios de encuentro, escucha y silencio.

Quizás por eso la pregunta decisiva no sea cuántas personas han abandonado la práctica religiosa. La pregunta decisiva es otra: ¿qué lugar ocupa realmente Dios en mi vida?

No el lugar que debería ocupar.

No el lugar que ocupó hace años.

Sino el lugar que ocupa hoy.

¿Encuentro momentos para escuchar su Palabra? ¿Busco sinceramente su voluntad en las decisiones que tomo? ¿Le permito iluminar mis preocupaciones, mis relaciones y mis proyectos? ¿O también yo vivo tan absorbido por las urgencias que apenas dejo espacio para lo esencial?

Desde nuestra espiritualidad claretiana, estas preguntas tienen una resonancia especial. San Antonio María Claret comprendió que la renovación de la Iglesia no comienza en las estructuras ni en las estrategias. Comienza en el corazón humano cuando vuelve a encontrarse con la fuerza transformadora del Evangelio.

Por eso dedicó su vida a anunciar la Palabra de Dios. No porque pensara que las personas eran incapaces de encontrar la verdad, sino porque estaba convencido de que la Palabra tiene la capacidad de despertar aquello que permanece dormido en el interior de cada ser humano. Allí donde otros veían indiferencia, él veía una oportunidad para la misión. Allí donde otros veían alejamiento, él veía una llamada a acercarse más.

Quizás hoy necesitamos recuperar esa mirada. Menos preocupación por contabilizar ausencias y más empeño en acompañar búsquedas. Menos nostalgia de un pasado que ya no volverá y más confianza en la acción del Espíritu Santo que sigue trabajando en el corazón de las personas.

Porque Dios continúa hablando.

Sigue llamando.

Sigue buscando caminos para encontrarse con cada uno de nosotros.

La cuestión es si estamos dejando espacio para escucharlo.

Durante esta semana quisiera proponerte algo muy sencillo. Busca cada día diez minutos de silencio. Lee un breve pasaje del Evangelio. No para estudiarlo, sino para escucharlo. Pregúntate qué palabra necesita hoy tu corazón. Además, intenta tener una conversación sincera con alguien que necesite ser escuchado y realiza un gesto concreto de servicio hacia una persona cercana.

A veces pensamos que la vida espiritual crece mediante grandes decisiones. Sin embargo, con frecuencia se fortalece gracias a pequeños espacios de fidelidad cotidiana.

Al final, quizá el problema no sea que Dios se haya alejado de nosotros. Tampoco que nosotros lo hayamos rechazado conscientemente. Tal vez lo que ocurre es algo más sencillo y más desafiante a la vez: hemos llenado nuestra vida de tantas cosas que apenas dejamos espacio para escuchar su voz.

Y, sin embargo, cada vez que volvemos a abrirle una puerta, descubrimos que Él ya estaba allí, esperándonos.

Para recordar

La fe no suele perderse; se va quedando sin espacio. Y cuando volvemos a darle espacio a Dios, descubrimos que Él nunca dejó de estar presente.

Oremos

Señor Jesús,
en medio de las preocupaciones y del ruido de cada día,
enséñanos a reconocer tu voz.

Haz espacio en nuestro corazón para tu Palabra,
renueva nuestra fe
y conviértenos en testigos de tu esperanza. Amén.