SÁBADO SANTO

SÁBADO SANTO

Hoy, Sábado Santo, no tiene que decirnos nada el culto oficial de la Iglesia. Este día no existe para la Liturgia. Sin embargo, el pueblo cristiano y católico de nuestras tierras se apiña en torno a la imagen de la Virgen Dolorosa, y le quiere acompañar en su soledad inmensa, a la cual parece que le pregunta:
– Madre, dinos, ¿Dónde está tu Hijo?…
Y la Virgen no nos puede responder casi de tanto dolor como lleva dentro.
Juan, el nuevo y querido hijo que Jesús le ha dado desde la cruz, y las amigas fieles, no la dejan un momento. Pero, ¿Quién puede suplir el vacío profundo que le ha dejado en el alma su Hijo muerto?…

¡Madre Dolorosa! Nosotros nos metemos ahora en el grupito de Juan y de las amigas para estar contigo.
Queremos hablarte y que nos hables Tú.
Nos gustaría ser pañuelo de seda para tus ojos bellos, que derraman lágrimas silenciosas.
Venimos a darte un pésame muy sentido, una condolencia salida del fondo del alma, y que Tú, tan cariñosa siempre, la agradeces, y a cambio de ella nos prodigas una sonrisa, tan especial en este día…

¿Recuerdas, Madre, cómo te saludó el Ángel?
– ¡Salve, la llena de gracia!…, te dijo alborozado.
Hoy, todo el mundo se dirige a ti, y exclama:
– ¡Madre, llena de aflicción!…

El enviado de Dios te aseguraba:
– ¡El Señor está contigo!
Y Tú nos puedes contestar con las palabras de tu Hijo moribundo:
– Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?…

Se te dijo de parte de Dios:
– ¡Bendita tú entre todas las mujeres!
Y Tú nos respondes:
– Sí; el Señor lo dice. Pero soy también la más digna de compasión entre todas las madres.

Cuando Isabel adivinó el tesoro que llevabas dentro, exclamó llena del Espíritu:
– ¡Bendito el fruto de tu vientre!
Y Tú, sin decirnos una palabra, nos lo muestras hoy destrozado por los azotes, atravesada la cabeza por lacerantes espinas, con agujeros de clavos crueles en las manos y en los pies, y muerto en tu regazo de Madre. ¿Hay alguien que pueda medir tu dolor?…

Sin embargo, ahora, Madre Dolorosa, estás más llena de gracia que nunca, unida a tu Hijo en su misión redentora.
Nunca, como en estos momentos, se ha complacido en ti el Altísimo ni ha estado más cerca de ti, igual que estuvo más cerca con tu Hijo cuando clavado en la cruz redimía al mundo.
Nunca tampoco has sido más bendita entre todas las mujeres, porque aquel ¡Sí! de la Anunciación llega al colmo de tu entrega a Dios y a los hombres en el acto más grande de amor.
Y nunca más glorioso ese tu seno virginal que cuando Jesús moribundo te ha constituido Madre de la Iglesia, Madre espiritual de todos los hombres, ensanchando tu seno con una maternidad de grandeza y amplitud insospechadas.

Tú viste ayer cómo hombres despiadados se alejaban del Gólgota blasfemando de tu Hijo y riéndose de aquella pobre Madre que lloraba serena y firme, sin que nadie de ellos le dirigiera una mirada comprensiva…
Eso hacían unos, que se iban perdonados sin ellos saberlo.
Pero otros y esos somos nosotros, Madre, comenzamos desde ahora una letanía de alabanzas cuyos ecos ya no se apagarán nunca: alabanzas y bendiciones a tu Hijo, el del cuerpo destrozado, el fruto bendito de tu vientre, y que se ha convertido en el precio de nuestro rescate.
Desde ahora eres Madre nuestra por un nuevo y glorioso título de dolor y de gloria, que antes no tenías, como es el de “Asociada al Redentor”, el fruto bendito de tu vientre.

Cuando te rezamos el Avemaría, esa oración tan entrañable que no se nos cae de los labios, acabamos siempre diciéndote: “Ruega por nosotros, pecadores”.
Somos pecadores santamente atrevidos…
¿Cómo no vas a rogar por nosotros a tu Hijo, después que viste todo lo que sufrió por nosotros?
¿Cómo no vas a rogar por nosotros a tu Hijo, después de lo que te costó a ti nuestra salvación?
¿Y cómo va a dejar de escucharte tu Hijo, después de lo que te vio sufrir por culpa nuestra?
¡Somos pecadores, sí, pero con qué esperanza! Tú eres esa Madre a cuya bondad nos encomendó el Redentor cuando pendía del patíbulo.
Sobre todo, ¿Quién se va a ver desamparado en la muerte por una Madre como Tú, que, llevada del amor a tu Hijo, tuviste el arrojo y la firmeza de clavarte fielmente al pie de la cruz?
Es imposible que Tú, Madre, no hagas lo mismo con los demás hijos tuyos, y no te claves, para llevártelos al Cielo, junto al lecho de los que te han dicho miles de veces: “Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”.

¡Madre Dolorosa!
Te vemos llorar cuando tu gloria alcanza las mayores alturas.
Que el Padre recoja esas tus lágrimas, y, mezcladas con la Sangre de Jesús, las tenga en cuenta, muy en cuenta para nuestra salvación…

P. Pedro García, cmf.