LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

El hecho de los Magos, narrado por Mateo, nos ha encantado siempre a chicos y a grandes. En tiempo de Navidad, los Magos ocupan puesto de honor en todas partes. Y su mensaje es de Navidad, es de hoy, es de siempre. Es un mensaje de los más ricos del Evangelio.

Los Magos de la Persia, del Irak o de la Arabia actuales, astrólogos dedicados a la observación del cielo, detectan un día, entre tantas estrellas del firmamento, una muy especial. Y se preguntan:
– ¿No será la estrella que anuncia al gran Rey esperado por los judíos?
Vienen las averiguaciones. Y las dudas. Y las burlas de todos, que tienen por locos a esos benditos que emprenden un viaje de tantos kilómetros, y tan costoso, y con tantas molestias, para conocer a un hipotético rey extranjero.
Ha pasado ya más de un año, desde el nacimiento de Jesús, cuando los Magos emprenden la marcha.
Después de muchos días de camino, llegan a Jerusalén, y dejan desconcertada a toda la ciudad, ignorante de todo, cuando van preguntando:
– ¿Dónde está el Rey que les ha nacido a los judíos? Porque hemos visto su estrella en Oriente, y venimos a adorarlo.

¡En buena hora lo dicen! El astuto Herodes se percata de la situación. ¡Para luego admite un rey rival! Por puros celos y sospechas de conjuraciones inexistentes, ha matado a varios de su familia: a su hermano, a dos de sus hijos, a su adorada esposa Mariamme, por la que después llega casi a enloquecer… ¿Y vienen ahora estos locos con que ha nacido el esperado Rey, que acabará con su trono y su dinastía?…
Los doctores de la Ley, consultados, dan a Herodes la respuesta precisa:
– ¿Qué dónde tiene que nacer el Cristo?… La profecía es clarísima: en Belén de Judá.
El taimado rey encarga entonces a los Magos inocentes:
– Vayan a Belén, averigüen acerca del niño, y regresen a comunicármelo todo, para ir yo también a adorarlo.

Marchan los desconcertados Magos a Belén. Son siete kilómetros de camino, que recorren entre angustias y esperanzas.
¿Y la estrella misteriosa? Se aparece de nuevo, y se detiene encima de una casita humilde. Ya no es la cueva del nacimiento, porque José ha encontrado casa más apropiada para vivir. El gozo que la estrella les causa a los visitantes es indescriptible. Entran en la casa, y allí está María, una madre feliz con el niño en los brazos y jugueteando sobre sus rodillas. El Evangelio nos señala el detalle precioso:
– Encontraron al niño con su madre.
Aquella jovencita encantadora se lo presenta, se lo ofrece, se lo entrega para que lo besen y lo acaricien… Los Magos no se paran a pensar. No discuten. No se fijan en las apariencias, ni se dicen:
– ¿Aquí?… ¿Aquí ha podido nacer semejante Rey?… ¿Es posible tanta pobreza, tanta humildad, tanta sencillez en un Rey del que dicen que va a ser el dominador del mundo?…
La fe que Dios les infunde es más fuerte que todos estos razonamientos. Creen. Caen de rodillas. Adoran. Y le ofrecen los mejores dones con que han podido hacerse:
– Tenga, Señora. Traemos para su Niño este oro, este incienso, esta mirra. No es lo que Él se merece, pero es todo lo que tenemos.

¿Después?… Dios vela sobre ellos. Avisados por el Ángel, marchan los Magos a su tierra por otro camino, dejando burlado a Herodes, que tampoco puede atrapar al Niño para matarlo.
Y a nosotros, nos dejan dos brillantes lecciones: sobre lo que es nuestra fe, y sobre el papel de María en los planes de Dios.

La Fe domina totalmente la actitud de los Magos. Son unos maestros insuperables para cuantos buscamos a Cristo.
Para los Magos, todo son contradicciones. Pero se sobreponen a todas ellas. No ven nada. Todo les sale mal. Se les ríen. Los toman por unos soñadores… Sin embargo, ellos siguen firmes en su creencia: la estrella no puede ser otra que la del Mesías. Hasta que se hacen con Él, y se convierten en modelo de todos los creyentes.
La Fe, recibida como el gran don de Dios, puede costarnos a nosotros lo mismo que a ellos. Muchas veces resulta costoso el creer. Sobre todo, cuando a nuestro alrededor no vemos sino a gentes con dudas; a muchos que rechazan la Iglesia de Cristo; a tantos que presumen de estar al día porque no les interesa Dios; a los que viven muy bien porque desprecian toda ley divina y humana…
Pero en medio de todas las dificultades, nosotros sabemos repetir cada vez más seguros: -¡Creo, Señor! ¡Creo, Señor!…

María, la gran creyente, desempeña un papel relevante en la intención del Evangelista.
José no sale a relucir para nada.
La Madre-Virgen, sí.
María es la que ofrece su Hijo a los Magos. La que lo pone en nuestras manos también. La que nos lo da, siempre que acudimos a Ella.
Al que lee el Evangelio, y no descubre en él a María y hasta la rechaza, le falta el sentido de la Fe. No puede decir que Dios no es bien claro con nosotros en sus intenciones…

Los Magos, peregrinos de la Fe. Los Magos, generosos con Jesucristo. Los Magos, acogidos por María. ¡Qué ricos de Fe que vinieron! ¡Qué ricos de Gracia que se van!…

P. Pedro García, CMF.