Blog 02, domingo 21 de junio de 2026.
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
Quizás el miedo no sea lo contrario de la fe. Quizás lo contrario de la fe sea creer que todo depende de nosotros.
Hace unos días pensaba en una escena que probablemente se repite cada noche en miles de hogares. Un joven permanece despierto a las tres de la mañana. La habitación está en silencio, pero su mente no descansa. Revisa una vez más el teléfono. Consulta mensajes, noticias, redes sociales. Lo hace una y otra vez, como si en la siguiente actualización fuera a encontrar la respuesta que necesita o la tranquilidad que busca. Sin embargo, cuanto más busca, más inquieto se siente.
La escena podría parecer un simple hábito de nuestra época. Sin embargo, sospecho que revela algo más profundo. Detrás de muchos de nuestros comportamientos cotidianos existe una necesidad constante de controlar aquello que nos preocupa. Queremos saber qué está ocurriendo. Queremos anticipar lo que podría suceder mañana. Queremos reducir la incertidumbre. Queremos sentir que tenemos las riendas de la situación.
Y, sin embargo, rara vez lo conseguimos.
La semana pasada reflexionábamos sobre cómo la fe puede ir quedándose sin espacio en medio del ruido y las exigencias de la vida cotidiana. Mientras pensaba en aquel tema, comprendí que existe otra realidad que también compite por ese espacio interior: el miedo.
No hablo solamente de los grandes temores que aparecen en momentos excepcionales. Me refiero también a esos miedos discretos que se instalan silenciosamente en nuestra rutina. El miedo al futuro cuando las circunstancias parecen inciertas. El miedo a equivocarnos en una decisión importante. El miedo a perder aquello que hemos construido con esfuerzo. El miedo a que las personas que amamos sufran. El miedo a no estar a la altura de lo que la vida nos exige.
En los últimos meses he notado algo curioso en las conversaciones con muchas personas. Cambian las edades, las profesiones y las historias personales, pero las preocupaciones suelen parecerse mucho más de lo que imaginamos. Hay quienes temen por su salud, otros por la situación económica, otros por el futuro de sus hijos o por decisiones que no saben cómo afrontar. Detrás de situaciones muy distintas aparece una misma sensación: la dificultad de convivir con aquello que no podemos controlar.
Quizás por eso una de las frases más repetidas de Jesús en los Evangelios sea también una de las más necesarias para nuestro tiempo: «No tengan miedo».
Me impresiona que Jesús no pronuncie estas palabras desde la comodidad ni dirigiéndose a personas que viven una existencia tranquila. Habla a discípulos que experimentarán rechazo, incertidumbre y dificultades. No les promete una vida libre de problemas. Les ofrece algo mucho más profundo: la certeza de que no están solos.
En el Evangelio de este domingo (Mt 10, 26-33), Jesús recurre a una imagen sencilla y conmovedora. Habla de los pequeños pájaros que vuelan por los campos y recuerda que ninguno de ellos cae a tierra sin que el Padre lo sepa. Luego añade una afirmación que debería acompañarnos toda la vida: «Ustedes valen mucho más que muchos pajarillos».
En pocas palabras, Jesús nos recuerda algo que fácilmente olvidamos: nuestra vida no está abandonada al azar. Somos conocidos, amados y acompañados por Dios.
Sin embargo, aceptar esta verdad exige una renuncia que no siempre resulta fácil. Significa reconocer que no somos dueños absolutos de nuestra historia.
Muchas veces no sufrimos porque las cosas van mal; sufrimos porque no logramos controlar cómo deberían ir.
Queremos controlar los resultados de nuestros esfuerzos. Queremos controlar las decisiones de quienes amamos. Queremos controlar el futuro. Queremos incluso controlar los tiempos de Dios.
Pero la vida nos enseña una y otra vez que existen realidades que escapan a nuestras previsiones.
La fe no elimina esa fragilidad. Tampoco elimina las preguntas ni las incertidumbres. Lo que hace es transformar nuestra manera de habitarlas. Nos permite comprender que la seguridad más profunda no nace de tener todas las respuestas, sino de saber en manos de quién estamos.
Pienso que San Antonio María Claret comprendió esto de manera extraordinaria. Su vida estuvo llena de desafíos, incomprensiones y dificultades. Hubo momentos en que habría tenido razones de sobra para paralizarse por el miedo. Sin embargo, quienes se acercan a sus escritos descubren a un hombre profundamente confiado en la acción de Dios.
Claret no fue valiente porque no sintiera temor. Fue valiente porque aprendió a confiar más en Dios que en sus propios cálculos.
Quizás esa sea también una de las llamadas que el Evangelio nos dirige hoy. No se nos pide vivir sin miedo. Eso sería imposible. Se nos invita a no permitir que el miedo ocupe todo el espacio interior.
Porque cuando el miedo ocupa demasiado espacio, la esperanza apenas encuentra dónde sentarse.
Por eso quisiera proponerte algo sencillo para esta semana. Antes de comenzar el día, antes incluso de revisar el teléfono, detente unos minutos y presenta al Señor aquello que más te preocupa. No intentes resolverlo todo. No busques controlar cada escenario posible. Simplemente ponlo en sus manos.
Tal vez descubras, poco a poco, que la confianza no consiste en saber lo que va a ocurrir mañana. Consiste en saber que, ocurra lo que ocurra, no caminarás solo.
Al final, la fe no elimina todas las incertidumbres de la vida. Pero nos recuerda algo que cambia completamente la perspectiva: el futuro no está únicamente en nuestras manos. Está, sobre todo, en las manos de Dios.
Para recordar
Cuando creemos que todo depende de nosotros, el miedo crece. Cuando recordamos que nuestra vida está en las manos del Padre, la esperanza vuelve a encontrar espacio.
Oremos
Señor Jesús,
tú conoces nuestras preocupaciones,
los temores que guardamos en silencio
y las cargas que llevamos en el corazón.
Enséñanos a confiar más en tu amor
que en nuestros propios cálculos.
Cuando el miedo quiera ocupar todo el espacio,
recuérdanos que estamos en las manos del Padre. Amén.
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