Blog 39 - Cuando llegó el momento de decir que sí

Blog 39 – Cuando llegó el momento de decir que sí

Hay decisiones que no nacen de tener todo claro, sino de atreverse a confiar

Miércoles 28 de octubre de 2026

Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.

 

Hubo un tiempo en mi vida en el que tenía delante un camino bastante claro. Había comenzado a estudiar Contabilidad y Finanzas y podía imaginar, como cualquier joven, que por allí se iría construyendo mi futuro. No estaba haciendo nada malo ni huyendo de Dios. Al contrario, después de mi Confirmación había vuelto a acercarme con mayor intensidad a la Iglesia, participaba en la catequesis y comenzaba a descubrir una relación con Dios que durante algunos años había quedado bastante relegada. Sin embargo, mientras avanzaba en mis estudios, dentro de mí comenzó a crecer una inquietud que no sabía muy bien cómo explicar.

Al terminar aquel primer año, la pregunta se hizo más fuerte. Por fuera mi vida podía continuar perfectamente como estaba, pero por dentro comenzaba a sospechar que aquel no era mi camino. Creo que esta diferencia es importante, porque algunas veces pensamos que convertirse significa necesariamente abandonar algo malo para comenzar a hacer algo bueno. Mi experiencia fue distinta. Estudiar una carrera, trabajar y construir un futuro profesional era un camino perfectamente bueno, pero yo comenzaba a sentir que Dios me estaba invitando a otra cosa. El problema no era que estuviera recorriendo un camino equivocado; era comenzar a sospechar que aquel camino, sencillamente, no era el mío.

Durante aquel tiempo trabajaba y estudiaba, y por las noches encontraba también momentos para leer la Biblia. Recuerdo especialmente un texto del profeta Isaías que fue acompañando aquellos años: “Ahora habla el Señor, el que me formó desde el vientre para ser su siervo…” (cf. Is 49,5-6). No puedo decir que cada vez que leía aquellas palabras escuchara una voz que me indicara exactamente lo que debía hacer. El discernimiento vocacional no ocurrió así. Fue más bien una convicción que comenzó a crecer lentamente, una inquietud que regresaba una y otra vez y que, en lugar de desaparecer con el paso del tiempo, parecía hacerse cada vez más profunda.

Pero aquella inquietud no estaba hecha solamente de preguntas. Había también entusiasmo. En aquellos años comenzó a crecer en mí una verdadera fascinación por Jesús, por su manera de acercarse a las personas, por el Reino que anunciaba y por aquella llamada a llevar el Evangelio más allá de los espacios conocidos. Me impresionaba especialmente su mandato a los discípulos: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio” (cf. Mc 16,15). No lo sentía solamente como una frase dirigida a unos hombres de otro tiempo. De alguna manera, aquellas palabras comenzaban a interpelarme personalmente.

La misión me atraía y me entusiasmaba pensar que una persona pudiera entregar su vida anunciando a Jesús, compartiendo el Evangelio, acercándose a la gente y llegando a lugares donde otros quizá no podían llegar. Seguramente había también algo de aventura, como suele suceder con los sueños de cualquier joven, pero detrás de todo aquello había un deseo cada vez más fuerte: quería que mi vida sirviera para algo más grande que mis propios proyectos y, sobre todo, quería que pudiera servir para que otras personas conocieran a Jesús. Cuando miraba hacia ese horizonte, algo dentro de mí se encendía. La pregunta ya no era solamente qué iba a hacer con mi futuro, sino qué quería hacer con la vida que había recibido.

Afortunadamente, no tuve que discernir todo aquello solo. Dios fue poniendo personas concretas a mi lado que me ayudaron a escuchar lo que estaba sucediendo dentro de mí. Recuerdo con especial cariño a la hermana María Molina, Religiosa Misionera de la Asunción, una mujer cándida, llena de fe y con un profundo amor por la misión. Ella me acompañó cuando todavía había más preguntas que respuestas. No decidió por mí ni pretendió indicarme lo que debía hacer; me ayudó a escuchar. Con los años he comprendido el enorme valor de encontrar, en momentos decisivos de la vida, personas capaces de acompañarnos sin apropiarse de nuestras decisiones, que no nos entregan respuestas prefabricadas, sino que nos ayudan a reconocer con mayor libertad aquello que Dios puede estar diciendo en nuestro interior.

También apareció en mi camino el padre Fernando Ferrera, CMF. En él descubrí algo diferente y, al mismo tiempo, complementario. Su alegría, su cercanía con la gente y su espíritu misionero me atraían profundamente porque podía ver encarnado en él algo de aquello que comenzaba a apasionarme. No necesitaba explicarme constantemente qué significaba ser misionero porque, de alguna manera, podía verlo en su forma de vivir. Su testimonio me mostraba que era posible entregar la vida a Jesús y al Evangelio sin alejarse de las personas, sino acercándose todavía más a ellas. Algunas personas nos hablan de una vocación con sus palabras; otras consiguen hacerlo simplemente con la manera en que viven. Creo que el padre Fernando fue para mí una de esas personas.

No sé si él llegó a saber cuánto influyó en mí su manera de vivir, pero su testimonio hizo más concreta una pregunta que ya llevaba dentro. Aquello que hasta entonces podía parecer una posibilidad comenzó a adquirir rostro. Yo veía a un misionero alegre, cercano a la gente y apasionado por su misión, y dentro de mí comenzaba a formularse una pregunta muy sencilla: “¿Y si yo pudiera entregar mi vida a algo así?”. Con el tiempo he comprendido que Dios muchas veces llama de esa manera. No siempre coloca delante de nosotros una señal extraordinaria; a veces nos permite encontrarnos con alguien cuya vida despierta en nuestro interior el deseo de vivir de una manera semejante.

Poco a poco comprendí que ya no podía permanecer indefinidamente en la seguridad de las preguntas. Llegaba el momento de decidir. Yo no tenía todas las respuestas, no sabía cómo sería el futuro ni podía imaginar muchas de las cosas que después viviría. Tampoco tenía una certeza que eliminara cualquier temor. Sin embargo, había llegado a una convicción sencilla y profunda: tenía que intentarlo. Mirando aquellos años con la distancia del tiempo, creo que si hubiera dicho que no por miedo, comodidad o simplemente por aferrarme al futuro que ya tenía organizado, habría terminado traicionando algo muy profundo de mí mismo. No porque supiera perfectamente quién llegaría a ser, sino porque comenzaba a reconocer hacia dónde debía caminar.

Muchos años después comprendí que aquella experiencia tenía algo profundamente claretiano. Siendo joven, Antonio María Claret vivió también un momento decisivo mientras intentaba abrirse camino profesionalmente en Barcelona. Tenía capacidad, proyectos y posibilidades de prosperar en el mundo de la fabricación textil, pero un día, durante la celebración de la misa, resonaron con una fuerza extraordinaria en su interior las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (cf. Mt 16,26). Claret cuenta que aquella sentencia le produjo una impresión muy profunda y que fue como una saeta que le hirió el corazón. La tradición claretiana ha conservado aquella experiencia con una expresión latina: Quid Prodest, “¿de qué sirve?”.

Me gusta volver a esa pregunta porque Claret no estaba haciendo algo malo. No tuvo que elegir entre ser una mala persona o convertirse en santo. Tuvo que preguntarse qué quería hacer con su vida y qué podía terminar perdiendo si se entregaba completamente a un camino que, aunque bueno, comenzaba a apartarlo de aquello que sentía más profundamente. Salvando las distancias, puedo reconocer algo de aquella experiencia en mi propia historia. Yo también estudiaba, trabajaba y podía construir un futuro perfectamente digno. Sin embargo, había comenzado a surgir dentro de mí una pregunta semejante: ¿de qué me serviría construir un futuro aparentemente bueno si para hacerlo tenía que silenciar aquello que Dios estaba despertando en mi corazón?

Curiosamente, Claret tampoco resolvió aquella pregunta completamente solo. En medio de su crisis sintió la necesidad de encontrar a alguien que lo ayudara a comprender lo que estaba viviendo. Con el tiempo, cuando conocí mejor su historia, este detalle adquirió para mí un significado especial. También yo había necesitado personas que me ayudaran a discernir. La hermana María Molina y el padre Fernando Ferrera no tomaron la decisión por mí, pero estuvieron allí cuando necesitaba reconocer hacia dónde estaba apuntando aquella inquietud. La llamada era personal, pero Dios se sirvió de otros para ayudarme a escucharla.

Entonces comprendí que decirle que sí a Dios no significaba dejar de ser quien yo era para convertirme en otra persona diseñada desde fuera. Fue justamente lo contrario. Significó atreverme a caminar hacia aquello para lo que sentía que había sido llamado. El deseo de Dios y mi deseo más profundo comenzaban, misteriosamente, a encontrarse. Por eso, cuando finalmente di el paso hacia la vida misionera, experimenté algo difícil de explicar y, al mismo tiempo, muy sencillo: sentí que estaba realmente en mi casa. No porque todo fuera fácil ni porque desaparecieran inmediatamente mis dudas, sino porque había una correspondencia profunda entre aquel camino y algo que llevaba tiempo creciendo dentro de mí.

Primero tuve que dar el paso y solamente después pude comprender mejor algunas de las razones por las que lo había dado. Así sucede muchas veces con Dios: nosotros quisiéramos tener el mapa completo antes de comenzar a caminar, mientras Él suele darnos la luz suficiente para el siguiente paso. Por eso comprendo mejor ahora las llamadas de Jesús que encontramos en el Evangelio. Cuando dice a Pedro y Andrés “Síganme” (cf. Mt 4,19), no les entrega previamente una explicación detallada de todo lo que sucederá. Ellos tendrán que descubrir el significado de aquella respuesta mientras caminan con Él, entre entusiasmos y temores, aciertos y equivocaciones. Pedro, que fue capaz de dejar las redes, será también el hombre que más adelante tendrá miedo y negará conocer a Jesús. Sin embargo, el Señor seguirá llamándolo. La primera respuesta fue decisiva, pero Pedro tendría que aprender a responder muchas veces más.

Algo parecido he descubierto en mi propia vocación. Sería muy fácil contar mi historia como si aquel “sí” de juventud hubiera resuelto para siempre todas mis contradicciones, pero no sería verdad. La vocación no hizo desaparecer mis fragilidades, mis temores, mis resistencias ni esa tendencia tan humana a querer mantener ciertas partes de la vida bajo control. Han pasado muchos años desde aquella decisión y todavía, en la vivencia concreta de mi vocación, tengo que luchar con mi “viejo yo”. Hay dentro de mí actitudes que necesitan seguir convirtiéndose, seguridades que me cuesta abandonar y aspectos de mi manera de ser que todavía necesitan dejarse tocar por Dios.

También he comprendido que el entusiasmo con el que comenzamos necesita madurar. Aquel joven estaba apasionado por Jesús, por su Reino y por la misión, y algo de aquel fuego continúa vivo en mí. Pero la vida me ha enseñado que seguir a Jesús no significa vivir permanentemente del entusiasmo. Hay momentos luminosos en los que todo parece confirmar el camino y otros en los que la fidelidad consiste sencillamente en permanecer, volver a elegir y recordar por qué comenzamos. La pasión de los primeros años puede ayudarnos a dar el paso, pero después el amor necesita aprender a caminar incluso cuando la emoción no tiene la misma intensidad.

Por eso he descubierto que el Quid Prodest tampoco pertenece únicamente a los comienzos de una vocación. Aquella pregunta continúa regresando. Ya no me pregunta si debo abandonar una carrera para comenzar la vida misionera, pero aparece cada vez que tengo que elegir entre la comodidad y la entrega, entre encerrarme en mí mismo o salir nuevamente al encuentro de los demás, entre aferrarme a mis seguridades o volver a confiar. San Pablo habla de despojarnos del “hombre viejo” para revestirnos del hombre nuevo (cf. Ef 4,22-24), pero la experiencia me ha enseñado que ese cambio normalmente no sucede de una sola vez. Hay decisiones que cambian la dirección de nuestra vida, pero después comienza el trabajo paciente de caminar en esa dirección.

Quizá esa sea una de las cosas más importantes que he aprendido sobre la conversión. Convertirse no consiste solamente en recordar el día en que tomamos una gran decisión por Dios, sino en permitir que aquella decisión siga entrando en las zonas de nuestra vida que todavía no se han entregado completamente. Mi vocación no se sostiene únicamente sobre el “sí” que pronuncié hace muchos años, sino también sobre los pequeños “síes” que todavía tengo que aprender a pronunciar cada día. Hay un sí que puede cambiar el rumbo de nuestra vida, pero después necesitamos muchos pequeños síes para permanecer en ese camino.

Y esto no pertenece solamente a quienes hemos recibido una vocación sacerdotal o religiosa. Toda vida cristiana llega, tarde o temprano, a la misma pregunta. Creer en Jesús no consiste únicamente en aceptar que Él existe, admirar sus enseñanzas o emocionarnos con determinadas experiencias de fe. Llega un momento en que aquello que creemos comienza a pedir una respuesta concreta. Para alguien puede significar reconciliarse con una persona después de años de distancia; para otro, reconocer que necesita ayuda; para alguien más, abandonar una situación que le está haciendo daño, asumir una responsabilidad, regresar a la comunidad cristiana, comprometerse en un servicio o tomar finalmente una decisión que lleva demasiado tiempo posponiendo.

Tal vez todos necesitemos hacernos alguna vez nuestro propio Quid Prodest: ¿de qué me sirve conseguir aquello que deseo si, para conseguirlo, termino alejándome de la persona que Dios me llama a ser? La respuesta no será igual para todos, porque Dios no conduce todas las vidas por el mismo camino. Pero la pregunta puede ayudarnos a descubrir dónde estamos poniendo el corazón y qué cosas estamos sacrificando para alcanzar aquello que perseguimos. A veces la conversión comienza precisamente cuando tenemos el valor de reconocer que podemos estar consiguiendo muchas cosas y, sin embargo, perdiendo algo mucho más importante.

A veces pienso en aquel joven que trabajaba, estudiaba, leía por las noches al profeta Isaías y sentía crecer dentro de sí una pasión por Jesús, por su Reino y por la misión. No podía imaginar todo lo que vendría después ni sabía cuántas veces tendría que volver a elegir el camino que estaba comenzando. Pero hoy sé que necesitaba dar aquel paso. Si no lo hubiera hecho, probablemente habría quedado dentro de mí la sensación de haberle dado la espalda no solamente a una llamada de Dios, sino también a una parte muy profunda de mí mismo.

Hoy entiendo que ser fiel a uno mismo no consiste simplemente en permanecer como somos. A veces la fidelidad más profunda consiste en permitir que Dios nos conduzca hacia la persona que todavía estamos llamados a ser. Aquel joven tuvo que decir un primer “sí”; el hombre que soy hoy todavía tiene que seguir diciéndolo. Quizá por eso la pregunta que comenzó a inquietarme hace tantos años sigue teniendo vigencia y puede convertirse también en una pregunta para quien lee estas palabras: ¿hay algún “sí” que llevas tiempo posponiendo y que, en el fondo, sabes que necesitas dar para ser fiel a Dios y también a ti mismo?

Oremos juntos

Señor Jesús,
tú conoces los deseos más profundos de mi corazón
y sabes también cuánto me cuesta algunas veces responderte.

Gracias por las personas que has puesto en mi camino,
por quienes me han acompañado,
por quienes con su vida me han mostrado tu rostro
y me han ayudado a reconocer tu llamada.

Cuando tenga miedo de dar un paso,
cuando prefiera mis seguridades
o mi viejo yo quiera volver a encerrarme en sí mismo,
haz resonar nuevamente en mi corazón tu palabra:
“Sígueme”.

Ayúdame a preguntarme qué vale verdaderamente la pena,
qué estoy buscando y hacia dónde estoy conduciendo mi vida.
Dame libertad para dejar aquello que me aleja de ti
y valentía para decirte sí,
no solamente en las grandes decisiones,
sino también en las pequeñas elecciones de cada día.

Que mi corazón siga apasionándose por ti,
por tu Reino y por la misión que me confías.
Y que al final de cada camino pueda descubrir
que seguirte no me alejó de quien soy,
sino que me ayudó a encontrar
a la persona que tú soñaste que llegara a ser.

Amén.

 

Grupo de Pastoral Vocacional de la Casa de Ejercicios Espirituales, San José, Costa Rica, 1998.

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