Mateo 22, 34-40
Domingo 25 de octubre de 2026
Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio de hoy, un doctor de la Ley se acerca a Jesús con una pregunta: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. No era una cuestión sencilla. Los maestros de Israel conocían numerosos preceptos y discutían cuáles tenían mayor importancia. Pero Jesús responde señalando aquello que da sentido a todos los demás mandamientos: el amor.
Primero recuerda las palabras del Deuteronomio: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Después añade un segundo mandamiento, tomado del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y concluye afirmando que de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas.
Lo sorprendente no es que Jesús hable del amor, porque ambos mandamientos ya estaban presentes en las Escrituras de Israel. La novedad está en la manera de unirlos, mostrando que no podemos separar nuestra relación con Dios de nuestra relación con los demás.
Amar a Dios con todo el corazón significa reconocerlo como el centro de nuestra existencia. No se trata simplemente de sentir afecto por Él, sino de confiar en su Palabra, buscar su voluntad y permitir que su amor oriente nuestras decisiones. Y esto es posible porque Dios nos ha amado primero. Nuestra respuesta nace de haber descubierto que somos amados gratuitamente.
Pero Jesús no se detiene allí. Nos recuerda que ese amor debe hacerse visible en el prójimo. No podemos decir que amamos profundamente a Dios mientras permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de quienes viven a nuestro lado. El amor a Dios se vuelve concreto cuando escuchamos, perdonamos, acompañamos y compartimos lo que tenemos.
Pensemos en nuestras relaciones cotidianas. A veces resulta más fácil dedicar tiempo a la oración que tener paciencia con alguien de nuestra propia familia. Podemos participar fielmente en la Eucaristía y, sin embargo, guardar resentimientos, hablar mal de otros o desentendernos de sus dificultades. Jesús nos invita a reconocer que nuestra fe necesita expresarse también en esas situaciones.
Esto no significa que amar sea siempre fácil. Hay personas con quienes resulta difícil convivir, heridas que necesitan tiempo para sanar y situaciones en las que debemos establecer límites justos. El amor cristiano no exige aprobarlo todo ni renunciar a la verdad. Nos llama a buscar el bien del otro sin dejar que el resentimiento gobierne nuestro corazón.
Hoy podemos hacernos dos preguntas: ¿qué lugar ocupa realmente Dios en mis decisiones? Y ¿qué personas necesitan experimentar, a través de mí, un poco más de su amor?
Pidamos al Señor que nuestra oración nos acerque cada vez más a Él y que esa cercanía transforme nuestra manera de tratar a los demás.
Porque el amor a Dios encuentra su expresión más auténtica cuando aprendemos a reconocer y amar al hermano que tenemos delante.
Oración ante Jesús Eucaristía
Te bendeciré, Señor, con todo mi corazón,
proclamaré tu nombre mientras tenga vida.
Porque tu amor me sostuvo desde el principio,
tu misericordia me levantó del polvo.
Tú eres mi roca y mi fortaleza,
mi herencia y la alegría de mi alma.
¿A quién buscaré, Señor, si solo Tú eres mi bien?
Como el ciervo busca las corrientes de agua,
así mi corazón tiene sed de Ti.
Como la tierra seca espera la lluvia,
así mi alma aguarda tu presencia.
No permitas que otros amores me aparten de Ti;
reúne mi corazón disperso
y enséñame a caminar en tu verdad.
Tú eres compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No me trataste según mis faltas,
ni me pagaste conforme a mis culpas.
Enséñame a mirar con tus ojos,
a escuchar con paciencia al hermano
y a perdonar como Tú me perdonas.
Abre mis manos al pobre y al afligido,
abre mi puerta al que busca refugio.
Que no aparte mi rostro del que sufre,
ni cierre mis oídos al clamor del necesitado.
Compartiré mi pan con el hambriento,
seré consuelo para el que llora
y buscaré la paz con quien me ha ofendido.
Cuando mi corazón se llene de orgullo,
recuérdame que soy obra de tus manos.
Cuando la ira se levante como tempestad,
sé Tú la calma de mi espíritu.
Cuando el rencor oscurezca mis pensamientos,
enciende en mí la luz de tu misericordia.
No dejaré que el mal venza al amor.
Bendito seas, Cristo, Pan de vida,
que permaneces con nosotros en el altar.
Tú te entregas como alimento de los débiles,
Tú fortaleces al que desfallece.
Haz de mi vida una ofrenda agradable,
de mis palabras una semilla de esperanza
y de mis obras un canto de alabanza.
Te amaré, Señor, mientras tenga aliento,
bendeciré tu nombre todos mis días.
Que mis pasos sigan tus caminos,
que mis manos sirvan a mis hermanos.
Y cuando termine mi peregrinación,
recíbeme en la alegría de tu Reino,
donde el amor no conocerá ocaso.
Amén.
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