A veces basta dejar una pequeña puerta abierta para que Dios pueda comenzar algo nuevo
Miércoles 21 de octubre de 2026
Por el P. Freddy Ramírez, CMF.
A lo largo de estos años, acompañando los retiros de Emaús, he tenido la oportunidad de escuchar muchas historias. Algunas me han conmovido profundamente y, naturalmente, pertenecen a quienes me las han confiado, por lo que no me corresponde contarlas. Sin embargo, hay algo que he visto repetirse tantas veces que se ha convertido para mí en una verdadera enseñanza espiritual: he conocido personas que llegaron a Emaús después de haber alcanzado un límite. Algunas atravesaban dificultades familiares muy fuertes; otras cargaban heridas de muchos años, decisiones equivocadas, pérdidas, dependencias, fracasos o situaciones que poco a poco habían ido desgastando sus vidas. También he encontrado personas que, aparentemente, tenían todo en orden —trabajo, familia, responsabilidades, una vida bastante normal—, pero que por dentro estaban profundamente cansadas. Habían llegado a ese punto en el que uno ya no sabe cuánto tiempo puede continuar sosteniendo las cosas de la misma manera.
Nos cuesta reconocer nuestros límites. Desde pequeños aprendemos a resolver, a luchar, a salir adelante, y ciertamente hay momentos en los que necesitamos ser fuertes. Pero también existe una fortaleza engañosa: aquella que nos hace creer que pedir ayuda es fracasar, que reconocer una herida es debilidad o que necesitamos mantener siempre el control de nuestra vida. Hasta que un día descubrimos algo que quizá debimos aceptar mucho antes: no podemos con todo. Y he visto llegar personas a Emaús precisamente así. Algunas con una fe profunda; otras con una relación muy distante con Dios. Algunas quizá ni siquiera sabían exactamente por qué habían aceptado la invitación. Un amigo insistió, alguien de la familia se lo propuso o simplemente pensaron: “Voy a intentarlo”.
Hay algo de esa actitud que siempre me ha parecido profundamente hermoso, porque la fe no comienza necesariamente con una certeza extraordinaria. A veces comienza con una pequeña rendija: “No sé si esto servirá. No sé si Dios puede hacer algo conmigo. Ni siquiera sé si creo tanto como los demás creen, pero voy a darle una oportunidad”. He aprendido a respetar mucho esos pequeños gestos. Quizá nosotros esperamos grandes conversiones o experiencias religiosas impresionantes, mientras Dios sabe entrar por una puerta que apenas hemos dejado entreabierta.
Y he sido testigo de algo que todavía me conmueve: algunas personas comienzan a descubrir que su historia no había terminado donde ellas pensaban. No quiero decir con esto que después de un retiro desaparezcan mágicamente los problemas. Quien atraviesa una dificultad familiar probablemente tendrá conversaciones pendientes; quien ha herido a alguien quizá tendrá que pedir perdón y reparar; quien lucha contra una dependencia necesitará acompañamiento, decisiones concretas y posiblemente ayuda profesional. Hay heridas que necesitan tiempo y situaciones que no cambian simplemente porque hayamos tenido una experiencia espiritual. La fe no nos saca mágicamente de la realidad, pero puede cambiar profundamente la manera en que volvemos a entrar en ella.
He visto personas regresar a sus casas teniendo todavía problemas que resolver, pero llevando dentro una esperanza que antes no tenían. Las circunstancias podían seguir siendo parecidas, pero ya no las miraban de la misma manera. Habían descubierto que podían pedir ayuda, que podían comenzar nuevamente, que podían reconciliarse, que podían dejarse acompañar y, sobre todo, que Dios no había renunciado a ellas. Quizá por eso el nombre “Emaús” expresa tan bien lo que muchas veces sucede en estas experiencias.
El Evangelio de Lucas cuenta que dos discípulos abandonaban Jerusalén después de la muerte de Jesús. Caminaban hacia Emaús hablando de todo lo sucedido y tratando probablemente de entender cómo había podido terminar así una historia en la que habían depositado tantas esperanzas. En medio de aquella conversación pronuncian una de las frases más tristes del Evangelio: “Nosotros esperábamos…” (cf. Lc 24,21). Está dicho en pasado. Habían esperado que Jesús fuera quien liberara a Israel, habían imaginado un futuro diferente, pero la cruz parecía haber terminado con todo.
Creo que todos guardamos algún “nosotros esperábamos” en nuestra historia. Esperábamos que aquel matrimonio funcionara, que aquella persona cambiara, que aquel proyecto saliera adelante, que la enfermedad terminara de otra manera, que nuestros hijos tomaran determinadas decisiones, que nosotros mismos no cometiéramos ciertos errores. Esperábamos que nuestra vida siguiera el camino que habíamos imaginado, pero algunas veces la vida no sucede como esperábamos y terminamos caminando hacia nuestro propio Emaús, tratando de alejarnos de aquello que un día llenó nuestra vida de esperanza.
Lo sorprendente del relato es que Jesús resucitado se acerca a aquellos discípulos precisamente cuando ellos están alejándose de Jerusalén. Ellos creen que todo ha terminado, pero Jesús ya está caminando a su lado y ni siquiera son capaces de reconocerlo. Siempre me ha parecido una imagen extraordinariamente hermosa de nuestra vida espiritual: podemos estar hablando de una historia que creemos terminada mientras Dios ya está caminando a nuestro lado. Podemos estar llorando un final mientras Él comienza silenciosamente algo que todavía no somos capaces de reconocer.
Eso es, en el fondo, el misterio de la Pascua. El Viernes Santo parecía un punto final. Jesús había muerto, su cuerpo había sido colocado en un sepulcro, una piedra cerraba la entrada y sus discípulos estaban dispersos y asustados. Humanamente, todo indicaba que aquella historia había terminado. Pero el límite de los discípulos no era el límite de Dios. La piedra, la muerte y el fracaso parecían haber pronunciado la última palabra, pero Dios todavía tenía algo que decir. Y su palabra fue vida.
Quizá por eso me conmueven tanto algunos testimonios que he escuchado en Emaús. Salvando todas las distancias, encuentro en ellos algo profundamente pascual: personas que llegaron pensando que una parte de su vida estaba definitivamente cerrada y comenzaron a descubrir que todavía podían levantarse y caminar. No porque todo estuviera solucionado, sino porque había vuelto la esperanza. Y quizá esa sea una de las formas más concretas de experimentar la Resurrección: descubrir que todavía podemos dar un paso cuando pensábamos que ya no podíamos continuar.
También he aprendido acompañando estas experiencias que muchas veces Dios comienza a trabajar precisamente cuando dejamos de pretender que podemos salvarnos solos. Llegar al límite puede ser doloroso y nadie necesita buscarlo, pero cuando llega puede convertirse también en un lugar de verdad. Allí caen algunas seguridades, reconocemos que necesitamos ayuda y quizá dejamos de preguntarnos solamente “¿cómo voy a resolver esto?” para comenzar a decir: “Señor, necesito que tú entres aquí”. Tal vez eso sea, en definitiva, darle una oportunidad a Dios: no entregarle una vida perfectamente ordenada, sino la vida que realmente tenemos, con sus heridas, sus preguntas y aquello que todavía no sabemos resolver, y permitirle comenzar desde allí.
Cuando vuelvo al relato de los discípulos de Emaús descubro otro detalle que me parece fundamental. Jesús caminó con ellos durante un buen trecho antes de que pudieran reconocerlo. Los escuchó, dejó que contaran su decepción y les ayudó lentamente a comprender su historia de otra manera. Finalmente, al partir el pan, sus ojos se abrieron y entonces hicieron algo sorprendente: regresaron a Jerusalén. El mismo camino que habían recorrido alejándose de la ciudad lo recorrieron ahora en dirección contraria. No podían borrar lo sucedido, pero podían volver a mirar su historia desde otro lugar. Habían encontrado al Resucitado y, cuando uno recupera la esperanza, puede comenzar a caminar de otra manera.
Quizá hoy alguien que lee estas palabras siente que ha llegado a su propio límite. Tal vez no sabe qué hacer con una situación, está cansado de luchar o simplemente siente que algo dentro se ha apagado. No tengo una respuesta fácil para eso, y tampoco quisiera ofrecerla. Pero después de escuchar tantas historias y de contemplar tantas veces lo que Dios puede hacer en una persona, sí me atrevo a decir: no conviertas tu límite en el punto final de tu historia. Quizá hoy no puedas hacer grandes cosas. Tal vez solamente puedas decir una oración, pedir ayuda, aceptar una invitación, volver a intentarlo o pronunciar con sinceridad: “Señor, no sé qué puedes hacer con todo esto, pero quiero darte una oportunidad”.
Porque la Resurrección no significa que nunca llegaremos al límite. Significa algo mucho más esperanzador: nuestro límite no es necesariamente el límite de Dios.
Para recordar
Llegar al límite no significa necesariamente que nuestra historia haya terminado. A veces es precisamente allí, cuando reconocemos que no podemos con todo, donde dejamos un espacio para que Dios actúe. La Pascua nos recuerda que Dios puede abrir un camino allí donde nosotros solamente vemos un final.
Piensa en aquello que hoy te preocupa y que no sabes cómo resolver. En lugar de intentar controlarlo todo, preséntaselo al Señor y dile: “No sé qué puedes hacer con esto, pero quiero darte una oportunidad”.
Oremos juntos
Señor Jesús,
hay momentos en los que me canso,
en los que no encuentro respuestas
y siento que he llegado al límite.
Como los discípulos de Emaús,
a veces camino sin reconocer que tú estás a mi lado.
Acércate a mí, escucha mis preguntas
y devuelve esperanza a mi corazón.
Donde yo vea un final,
ayúdame a confiar en que tú todavía puedes abrir un camino.
Señor, no sé qué puedes hacer con todo esto,
pero hoy quiero darte una oportunidad.
Camina conmigo. Amén.
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