Hay momentos en los que no necesitamos una explicación, sino que alguien se acerque y camine con nosotros
Miércoles 14 de octubre de 2026
Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.
Hace algún tiempo escribí en este blog sobre el padre Rafael, un jesuita catalán que conocí durante mis años de formación teológica en El Salvador. Fue profesor mío, pero con el tiempo se convirtió también en mi director espiritual y confesor. Era un hombre preparado, conocedor de la Escritura, profesor de Biblia y de Antiguo Testamento. Sin embargo, cuando pienso en él, lo primero que recuerdo no son sus clases. Recuerdo su manera de escuchar.
Aquellos años fueron importantes para mí. Me estaba preparando para el sacerdocio, estudiaba teología, rezaba, hablaba de Dios y trataba de responder con generosidad a mi vocación. Pero, al mismo tiempo, llevaba dentro preguntas, inseguridades y fragilidades que no siempre sabía cómo manejar. Uno puede estudiar mucho sobre Dios y, sin embargo, tener todavía dificultades para dejarse mirar por Él. Yo conocía mis propias contradicciones y, muchas veces, las miraba con mucha más dureza de la que probablemente Dios las miraba.
Había cosas de mí que hubiera querido cambiar inmediatamente y no podía. Y cuando uno vive así, fácilmente comienza a pensar que tiene que mostrar siempre su mejor versión. Nos acostumbramos a esconder aquello que nos avergüenza, aquello que todavía no comprendemos o aquello que pensamos que los demás podrían juzgar. En el fondo aparece un miedo muy humano: que si alguien llega a conocernos verdaderamente, quizá termine alejándose.
Rafael conoció algunas de esas partes de mi historia.
Y no se fue.
No intentó convencerme de que mis luchas no tenían importancia. Tampoco me dijo simplemente que todo estaba bien. Me escuchó. Me ayudó a poner nombre a algunas cosas. Me hizo preguntas. Tuvo paciencia con mis procesos y caminó conmigo mientras yo mismo iba aprendiendo a comprenderme.
Recuerdo especialmente un día después de confesarme con él. Al terminar, Rafael me abrazó.
Puede parecer un detalle pequeño. Para mí no lo fue.
Porque aquel abrazo llegó precisamente después de haber puesto delante de él aquello que a uno le cuesta mostrar. No me abrazó porque yo hubiera conseguido finalmente ser la persona que quería ser. Me abrazó después de haber escuchado mi fragilidad.
Y creo que algo comenzó a cambiar dentro de mí.
Quizá aquel día comprendí con el corazón algo que muchas veces había aprendido con la cabeza: que ser conocido no significa necesariamente ser rechazado. Que alguien puede conocer nuestras luchas y permanecer. Que podemos mostrar una parte herida de nuestra historia y descubrir que la persona que tenemos delante no da un paso hacia atrás, sino hacia nosotros.
Con los años he pensado muchas veces en aquel gesto. Y también he comprendido que una de las experiencias más dolorosas del ser humano puede ser precisamente esta: tener miedo de que, si alguien nos conoce verdaderamente, deje de amarnos.
Por eso escondemos tantas cosas.
Escondemos heridas, pecados, fracasos, preguntas, contradicciones. Algunas veces nos escondemos incluso de nosotros mismos. Nos presentamos fuertes cuando estamos rotos. Decimos que estamos bien cuando por dentro estamos luchando. Y, casi sin darnos cuenta, podemos hacer lo mismo con Dios: intentamos acercarnos a Él mostrando nuestra mejor versión, como si necesitáramos estar suficientemente limpios, suficientemente buenos o suficientemente ordenados para que pudiera recibirnos.
Pero el Evangelio me ha ido enseñando exactamente lo contrario.
Dios conoce aquello que nosotros intentamos esconder y, aun así, da un paso hacia nosotros.
“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).
He leído y proclamado muchas veces esas palabras. Las escuchamos especialmente durante el tiempo de Navidad y quizá por eso corremos el riesgo de acostumbrarnos a ellas. Pero contienen algo verdaderamente extraordinario. El Evangelio no dice simplemente que Dios nos habló desde el cielo, que nos envió instrucciones para vivir mejor o que nos indicó el camino para regresar hasta Él.
Dice que vino Él mismo.
Dios no se quedó mirando desde lejos nuestra fragilidad.
Entró en ella.
Se hizo carne. Compartió nuestra condición humana. Conoció el cansancio de los caminos, el hambre, la amistad, el rechazo y las lágrimas. Se sentó a la mesa con personas que cargaban historias complicadas. Permitió que se acercaran quienes otros preferían mantener lejos. Escuchó preguntas, recibió pecadores, tocó enfermos, lloró ante la tumba de un amigo.
Hay una escena del Evangelio que siempre me ha parecido profundamente conmovedora. Un leproso se acerca a Jesús y le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. Jesús podía haberlo curado con una palabra. Sin embargo, Marcos conserva un detalle precioso: Jesús extendió la mano y lo tocó (cf. Mc 1,40-41).
Lo tocó.
Aquel hombre llevaba probablemente mucho tiempo experimentando exactamente lo contrario. Su enfermedad lo había convertido en alguien que debía permanecer lejos. Los demás retrocedían ante su presencia. Jesús, en cambio, hizo el movimiento contrario.
Se acercó.
Tal vez aquella mano sobre su piel significó tanto como la curación misma. Antes de devolverle un lugar en la sociedad, Jesús le estaba diciendo con aquel gesto que seguía siendo alguien digno de ser tocado, mirado y amado.
Creo que allí aparece algo muy profundo del corazón de Dios.
Muchas veces imaginamos la vida espiritual como un largo esfuerzo para conseguir llegar hasta Él. Intentamos mejorar, corregirnos, vencer nuestras debilidades, ordenar nuestra vida. Y todo eso tiene su lugar. Pero cuando fallamos podemos sentir que hemos retrocedido demasiado, que hemos aumentado la distancia y que ahora tendremos que hacer un esfuerzo todavía mayor para regresar.
Jesús nos revela otra cosa.
No fuimos nosotros quienes conseguimos atravesar primero la distancia. Fue Dios quien decidió atravesarla.
Cuando Dios quiso mostrarnos hasta dónde llegaba su amor, no nos envió solamente un mensaje. Vino a buscarnos.
Quizá por eso Jesús se acercaba con tanta naturalidad precisamente a quienes pensaban que Dios estaba lejos de ellos. Zaqueo esperaba verlo desde un árbol y Jesús terminó sentado a su mesa. Una mujer pecadora se acercó llorando a sus pies y Él permitió que permaneciera allí mientras otros la juzgaban. Pedro lo negó tres veces y, después de la resurrección, Jesús volvió a buscarlo junto al lago. No ignoró su caída, pero tampoco permitió que aquella caída tuviera la última palabra sobre su vida.
En todos esos encuentros aparece el mismo movimiento: Dios acercándose al ser humano allí donde el ser humano se encuentra.
Esto no significa que a Dios le resulte indiferente nuestra manera de vivir. Jesús no se acerca para decirnos que nada importa, que el pecado no hiere o que no necesitamos cambiar. Se acerca precisamente porque nos ama demasiado como para dejarnos solos en aquello que nos destruye. Su cercanía no es indiferencia ante nuestras heridas. Es el comienzo de nuestra transformación.
Por eso, cuando vuelvo a recordar al padre Rafael, comprendo mejor lo que significó para mí su manera de acompañarme. Él no resolvió mágicamente mis luchas. No podía hacerlo. Pero permaneció cerca mientras yo trataba de entenderlas. Y esa cercanía me ayudó a descubrir que Dios tampoco esperaba al final del camino, con los brazos cruzados, hasta que yo consiguiera llegar perfectamente hasta Él.
Dios ya había salido a mi encuentro.
Hay personas que no solamente nos hablan de Dios. Algunas, por su manera de escuchar, de permanecer, de acoger nuestras fragilidades y de caminar a nuestro lado, nos permiten experimentar algo de Él.
Tal vez por eso aquel abrazo sigue teniendo un lugar en mi memoria.
Hoy puedo mirar hacia atrás y descubrir que aquel gesto sencillo me estaba ayudando a comprender algo mucho más grande: Dios no espera a que nuestra historia esté perfectamente ordenada para acercarse a nosotros.
Quizá tú también tengas alguna parte de tu vida que todavía te cuesta mostrar. Una herida, una culpa, una caída, una pregunta que no has logrado responder, una situación que quisieras cambiar o simplemente ese cansancio de intentar ser siempre fuerte delante de los demás.
Tal vez incluso has llegado a preguntarte qué pensaría Dios si pudiera mirar todo lo que hay dentro de ti.
Pero Él ya lo conoce.
Conoce aquello que cuentas y aquello que callas. Conoce tus mejores deseos y también tus contradicciones. Conoce las veces que has sido fuerte y las veces que has caído. Conoce incluso aquello que todavía no has conseguido perdonarte.
Y no retrocede.
Eso es lo que más me conmueve cuando miro a Jesús: Dios conocía perfectamente nuestra fragilidad y decidió acercarse de todos modos.
Algunas veces todavía vuelvo a sentirme como aquel joven que se sentaba delante del padre Rafael con sus preguntas, sus luchas y sus deseos de ser mejor. Y todavía tengo que recordarme que Dios no está al otro lado del camino esperando que yo consiga llegar hasta Él.
Jesús me dice otra cosa.
Me dice que Dios ya salió a mi encuentro. Que conoce aquello que me cuesta aceptar de mí mismo y no se aleja. Que sabe dónde están mis heridas y no tiene miedo de tocarlas. Que conoce mis pecados y sigue llamándome por mi nombre.
Y cuando vuelvo a recordar aquel abrazo de Rafael, pienso que quizá, durante unos segundos, Dios me permitió experimentar algo de su propia manera de amar.
No desde lejos.
De cerca.
Para recordar
Dios no espera a que nuestra vida esté completamente ordenada para acercarse. En Jesús, Él entra en nuestra historia, conoce nuestras heridas y fragilidades y permanece a nuestro lado. Su cercanía no justifica aquello que nos hace daño: nos ama precisamente para ayudarnos a transformarlo.
Presenta a Jesús aquello de ti que más te cuesta aceptar y dile sencillamente: “Señor, aquí estoy. No quiero esconderme de ti”.
Oremos juntos
Señor Jesús,
tú conoces mi historia entera:
lo que muestro y lo que escondo,
mis deseos, mis heridas y mis contradicciones.
Gracias porque no me miras desde lejos.
Te acercas, caminas conmigo
y no tienes miedo de tocar mis heridas.
Cuando crea que debo ser perfecto para acercarme a ti,
recuérdame que tú ya has salido a buscarme.
Ayúdame a dejarme encontrar,
a confiar en tu misericordia
y a permitir que tu amor transforme mi vida.
Quédate cerca de mí, Señor.
Amén.
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