Blog 33 - Cuando descubrí que algunas cosas no se pueden deshacer

Blog 33 – Cuando descubrí que algunas cosas no se pueden deshacer

Una experiencia de infancia que, muchos años después, me ayudó a comprender la fragilidad de la vida

Miércoles 7 de octubre de 2026

Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.

 

Uno de mis primeros recuerdos relacionados con la muerte ocurrió cuando tendría unos cuatro años. Mi abuelo me había regalado un pollito y recuerdo la alegría que me produjo. Era pequeño, suave, frágil, y para un niño de aquella edad tenerlo entre las manos era casi como tener un juguete que se movía. Yo todavía no podía comprender plenamente que aquella pequeña criatura dependía también de mi cuidado.

Comencé a jugar con él. Lo pasaba de una mano a otra, casi como si fuera una pelotita. No había en mí intención de hacerle daño; simplemente no comprendía su fragilidad ni las consecuencias de lo que estaba haciendo. Hasta que en algún momento el pollito dejó de moverse.

Había muerto.

No sé cuánto puede comprender un niño de cuatro años sobre la muerte, pero recuerdo aquella sensación. Hasta entonces mi pequeño mundo estaba hecho de cosas que podían volver a colocarse en su sitio. Si un juguete se caía, podía recogerlo. Si algo se desordenaba, podía acomodarlo nuevamente. Pero aquello era diferente. Tenía delante de mí algo que unos minutos antes estaba vivo y que ahora, por más que quisiera, yo no podía devolver a la vida. Y había algo todavía más desconcertante: de alguna manera, yo había provocado aquello.

No lo había querido. Ni siquiera había comprendido lo que podía suceder. Pero aquella experiencia infantil me puso por primera vez delante de una realidad que después encontraría muchas otras veces en la vida: hay cosas que hacemos cuyas consecuencias no podemos simplemente deshacer.

Con los años he vuelto algunas veces a aquella sensación. Ya no delante de un pequeño animal, sino delante de mis propias decisiones. Creo que todos hemos deseado alguna vez regresar unos minutos, unas horas o incluso algunos años para actuar de otra manera. Quisiéramos retirar una palabra pronunciada en un momento de enojo, evitar una decisión que terminó haciendo daño, recuperar una oportunidad que dejamos pasar o regresar al instante anterior a una herida que nosotros mismos provocamos. Pero el tiempo no retrocede. Podemos pedir perdón, reconocer nuestros errores, intentar reparar aquello que esté en nuestras manos y cambiar nuestra manera de actuar. Todo eso es necesario. Sin embargo, hay momentos en los que tenemos que aceptar humildemente que no poseemos el poder de hacer que aquello nunca haya sucedido.

Quizá ahí comencé, sin saberlo, a comprender algo que muchos años después aprendería a llamar pecado.

Durante mucho tiempo podemos imaginar el pecado simplemente como una lista de cosas prohibidas: esto está permitido, aquello no; esto agrada a Dios, aquello lo ofende. Y ciertamente necesitamos aprender a distinguir el bien del mal. Pero con los años he ido comprendiendo que el pecado es algo mucho más profundo. El pecado es aquello que va introduciendo rupturas allí donde Dios quiere que haya comunión y vida.

Rompe nuestra relación con los demás cuando elegimos el egoísmo, la mentira, la violencia o la indiferencia. Nos rompe interiormente cuando terminamos haciendo aquello que sabemos que nos destruye. Deteriora nuestra relación con la creación cuando tratamos como objetos las cosas que deberían ser cuidadas. Y también hiere nuestra relación con Dios, porque terminamos alejándonos precisamente de Aquel que es fuente de nuestra vida.

San Pablo describe esta experiencia con una sinceridad que siempre me ha impresionado: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom 7,19). Hay algo profundamente humano en esas palabras. Pablo no está hablando desde la superioridad de quien contempla los errores de los demás. Está mirando su propia contradicción. Quiere una cosa y termina haciendo otra. Sabe dónde está el bien y, sin embargo, descubre dentro de sí una fuerza que algunas veces lo lleva en otra dirección.

¿Quién no ha experimentado algo parecido? Sabemos que una determinada palabra va a herir y la pronunciamos. Sabemos que deberíamos perdonar y seguimos alimentando el resentimiento. Sabemos que una conducta nos hace daño y volvemos a ella. Sabemos que alguien necesita nuestra ayuda y pasamos de largo. Sabemos lo que deberíamos hacer y, sin embargo, no siempre conseguimos hacerlo. Quizá por eso el pecado es mucho más serio que simplemente “romper una regla”: el pecado termina rompiendo algo dentro de nosotros y alrededor de nosotros.

San Pablo llegará a decir también que “el salario del pecado es la muerte” (Rom 6,23). Es una expresión fuerte, pero aquel recuerdo de mi infancia me ayuda de alguna manera a comprenderla. No significa que cada pecado provoque inmediatamente la muerte física de alguien. Existen muchas formas de introducir muerte en nuestra vida. Puede morir la confianza dentro de una relación después de una traición; puede deteriorarse una amistad por una mentira repetida; puede ir muriendo el amor dentro de una familia cuando cada uno termina encerrándose en sí mismo; puede morir nuestra sensibilidad cuando contemplamos tantas veces el sufrimiento ajeno que dejamos de conmovernos. Incluso nuestra libertad puede ir apagándose cuando aquello que inicialmente elegíamos termina convirtiéndose en algo que ya no sabemos cómo abandonar.

El problema es que, cuando comenzamos a reconocer el daño que hemos podido causar, podemos caer en otro peligro: pensar que nosotros mismos quedamos definidos para siempre por aquello que hicimos mal. Recordamos una decisión, una palabra o una herida provocada y comenzamos a identificarnos con ella. Ya no decimos solamente “hice algo malo”, sino que interiormente comenzamos a pensar “soy malo”, “arruiné todo”, “no merezco otra oportunidad”. De esta manera, una necesaria conciencia de responsabilidad puede terminar convirtiéndose en una condena permanente de nosotros mismos.

Pero responsabilidad no es lo mismo que condenación. Reconocer el mal que hemos hecho es necesario. Pedir perdón también. Y cuando sea posible, reparar aquello que dañamos forma parte de una verdadera conversión. Sin embargo, Dios no quiere que pasemos el resto de nuestra existencia contemplando los pedazos de aquello que rompimos, convencidos de que nuestra historia terminó allí. El arrepentimiento cristiano no consiste en quedarnos atrapados en el pasado, sino en permitir que la verdad de lo ocurrido nos abra, con la ayuda de Dios, a una manera diferente de vivir.

Hay una escena de las primeras páginas de la Biblia que con los años me resulta cada vez más significativa. Después de haber pecado, Adán se esconde. Ha descubierto su desnudez, siente miedo y no quiere encontrarse con Dios. Entonces escucha una pregunta: “¿Dónde estás?” (Gn 3,9). Durante mucho tiempo podemos imaginar esas palabras pronunciadas por un Dios que busca al culpable para pedirle cuentas. Sin embargo, también podemos escucharlas desde otra perspectiva: el ser humano se ha escondido y Dios sale a buscarlo. El pecado ha producido una ruptura, pero Dios no renuncia a la relación. Adán se aleja avergonzado y Dios continúa llamándolo.

Creo que algo parecido sucede muchas veces con nosotros. Cuando fallamos, nuestro primer impulso puede ser alejarnos de Dios. Nos sentimos indignos, nos cuesta rezar, evitamos encontrarnos con Él o pensamos que primero debemos ordenar nuestra vida para después regresar. Es curioso: precisamente cuando más necesitamos dejarnos encontrar por Dios es cuando sentimos mayor tentación de escondernos. Pero aquella pregunta del Génesis continúa atravesando nuestra historia: “¿Dónde estás?”. No porque Dios ignore dónde nos encontramos, sino porque quiere que salgamos de nuestros escondites y volvamos a colocarnos delante de Él con nuestra verdad, sin disfraces y sin excusas.

Con el tiempo he comprendido que una de las experiencias más profundas de la misericordia consiste precisamente en descubrir que Dios puede abrir futuro allí donde nosotros solamente vemos un pasado que ya no podemos cambiar. Esto no significa que elimine mágicamente las consecuencias de nuestras decisiones. Hay heridas que necesitarán tiempo para sanar, relaciones que quizá nunca volverán a ser exactamente iguales, responsabilidades que tendremos que asumir y daños que, en la medida de nuestras posibilidades, tendremos que reparar. El perdón de Dios no convierte el pasado en algo que nunca ocurrió; nos permite mirarlo sin quedar definitivamente prisioneros de él.

Y esto me parece profundamente liberador, porque significa que aquello que hicimos forma parte de nuestra historia, pero no tiene por qué convertirse en toda nuestra identidad. Somos responsables de nuestras decisiones, pero somos más que nuestros errores. Somos pecadores necesitados de misericordia, pero seguimos siendo hijos buscados y amados por Dios. Él puede entrar incluso en aquellas habitaciones de nuestra historia que nosotros preferiríamos mantener cerradas y comenzar desde allí un proceso nuevo.

Por eso, cuando pienso en aquel pollito que murió entre mis manos cuando apenas tenía cuatro años, comprendo que aquella experiencia me enseñó algo que entonces no podía expresar con palabras. Descubrí que la vida es frágil, que nuestras acciones tienen consecuencias y que existen cosas que, una vez sucedidas, no podemos simplemente deshacer. Muchos años después he vuelto a experimentar esa misma impotencia delante de errores, decisiones o palabras que habría querido evitar. Todos tenemos probablemente algún momento de nuestra historia al que regresaríamos si pudiéramos para hacer las cosas de otra manera.

Pero hoy conozco algo que aquel niño todavía no podía comprender: hay cosas que yo no puedo deshacer, pero no hay ninguna parte de mi historia que Dios no pueda tocar con su misericordia. Él no me invita a negar lo sucedido ni a escapar de mi responsabilidad. Me invita a reconocerlo, pedir perdón, reparar cuanto esté en mis manos y después permitirle hacer aquello que yo solo no puedo hacer: levantarme y enseñarme a vivir de otra manera.

Quizá madurar espiritualmente consista también en eso: aprender a mirar nuestro pecado sin justificarlo, pero también sin permitir que nos destruya; reconocer humildemente el mal que hemos hecho y, al mismo tiempo, creer que la misericordia de Dios es capaz de abrir caminos que nosotros ya no alcanzábamos a ver. No podemos regresar al pasado para cambiar lo sucedido, pero podemos permitir que Dios transforme la manera en que ese pasado continuará viviendo dentro de nosotros.

Algunas cosas no pueden deshacerse. Pero nuestra historia no termina necesariamente allí donde nosotros rompimos algo.

Con Dios siempre puede comenzar algo nuevo.

Para recordar

Hay experiencias que nos enseñan que nuestras acciones tienen consecuencias y que no siempre podemos regresar al momento anterior para cambiar lo sucedido. Algo semejante ocurre con el pecado: no es solamente incumplir una norma, sino introducir una ruptura allí donde Dios quiere que haya vida, comunión y libertad. Una palabra puede herir, una mentira puede destruir la confianza, el egoísmo puede alejarnos de quienes amamos y determinadas decisiones pueden terminar haciéndonos daño a nosotros mismos.

Reconocerlo no significa vivir condenándonos. Responsabilidad no es lo mismo que condenación. Dios nos invita a mirar nuestra historia con verdad, pedir perdón, reparar cuanto podamos y aprender a vivir de otra manera. Cuando Adán se esconde después del pecado, Dios sale a buscarlo y le pregunta: “¿Dónde estás?” (Gn 3,9). Esa pregunta sigue resonando también para nosotros. Dios no abandona al ser humano precisamente cuando más necesita de su misericordia.

Tal vez no podamos cambiar algunas páginas de nuestra historia, pero sí podemos permitir que Dios transforme la manera en que esas páginas siguen viviendo dentro de nosotros. Nuestro peor error no tiene por qué convertirse en nuestra identidad definitiva.

Busca un momento de silencio y recuerda alguna situación de tu vida que todavía te cueste aceptar: una palabra, una decisión, una herida provocada o algo que desearías haber hecho de otra manera. No intentes justificarte ni castigarte. Pregúntate con serenidad: “¿Hay algo que todavía puedo reparar?” Si lo hay, da un paso concreto. Y aquello que ya no puedas cambiar, entrégaselo a Dios diciendo: “Señor, no puedo cambiar lo sucedido, pero puedo permitirte transformar mi corazón y enseñarme a vivir de otra manera”.

Oremos juntos

Padre, hay momentos de mi historia que quisiera poder cambiar. Palabras que desearía no haber pronunciado, decisiones que habría querido tomar de otra manera, heridas que quizá provoqué sin comprender plenamente sus consecuencias. Tú conoces todo lo que llevo dentro, incluso aquello que todavía me cuesta mirar.

Dame la valentía de reconocer mis errores sin esconderme de Ti. Enséñame a pedir perdón cuando sea necesario, a reparar cuanto esté en mis manos y a asumir con humildad las consecuencias de mis decisiones. Pero no permitas que mis errores se conviertan en una condena que me impida seguir caminando.

Cuando tenga la tentación de esconderme, hazme escuchar nuevamente tu voz preguntándome: “¿Dónde estás?”. Ayúdame a comprender que no me buscas para humillarme, sino porque no quieres perderme. Que pueda salir de mis escondites y presentarme delante de Ti tal como soy, con mi verdad, mi fragilidad y también mi deseo de comenzar nuevamente.

Toca con tu misericordia aquellas partes de mi historia que yo ya no puedo cambiar. Sana lo que necesite ser sanado, fortalece lo que todavía es débil y enséñame a vivir de tal manera que mis heridas no tengan la última palabra. Lo que yo no puedo deshacer, lo pongo hoy en tus manos. Confío en que contigo siempre puede comenzar algo nuevo. Amén.

 

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