Mateo 21, 33-43
Domingo 4 de octubre de 2026
Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.
Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos coloca delante de una viña. En la Sagrada Escritura, especialmente en el profeta Isaías, la viña representa al pueblo amado por Dios; el propietario es el Señor y los frutos esperados son la justicia y la fidelidad. Jesús retoma esta imagen y subraya la responsabilidad de quienes reciben la viña para cuidarla. No es una viña abandonada: su dueño la plantó con cuidado, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y construyó una torre. Es decir, hizo todo lo necesario para que produjera buenos frutos. Así actúa Dios con nosotros. Antes de pedirnos algo, él nos ha amado, nos ha cuidado, nos ha dado la vida, la fe, su Palabra y una comunidad. Todo comienza con la iniciativa amorosa de Dios.
Sin embargo, la parábola da un giro doloroso. Los viñadores olvidan que son administradores y comienzan a comportarse como dueños. Se apropian de lo que habían recibido para cuidar. Rechazan a los servidores y, finalmente, matan al hijo. Aquí aparece una tentación que también puede entrar en nuestro corazón: recibir los dones de Dios y vivir como si fueran solamente nuestros; querer ser dueños de la familia, de la comunidad, de una responsabilidad, de nuestro tiempo e incluso de la propia fe.
Por eso, esta Palabra no es para señalar a otros. No podemos escucharla pensando únicamente en los sumos sacerdotes y los ancianos a quienes Jesús se dirigía. Hoy el Señor habla a su Iglesia y nos habla a cada uno de nosotros. Nos recuerda una verdad sencilla, pero exigente: la viña pertenece al Señor. La familia es suya, la comunidad es suya, los pobres son sus hijos, la creación es obra de sus manos y la misión que recibimos es un servicio, no una propiedad.
Y en el centro de la parábola está el hijo. Después de tantos rechazos, el dueño de la viña dice: “Respetarán a mi hijo”. Dios no se cansa de acercarse a su pueblo y nos envía a Jesús. Él es el Hijo amado, rechazado y llevado fuera de la ciudad para morir. Pero el rechazo y la muerte no tienen la última palabra: la piedra que desecharon los constructores se convierte en piedra angular. En Cristo crucificado y resucitado, Dios puede transformar nuestro pecado en camino de conversión y nuestras heridas en lugar de salvación.
Hermanos, el Señor espera frutos. No busca apariencias religiosas ni palabras bonitas; espera frutos que puedan alimentar la vida de los demás: justicia, misericordia, perdón, fidelidad, servicio y paz. Tal vez hoy conviene preguntarnos con sinceridad: ¿qué fruto está esperando Dios de mí? ¿Una reconciliación que sigo aplazando? ¿Más paciencia en mi casa? ¿Escuchar a una persona que sufre? ¿Compartir con quien tiene menos? ¿Servir sin buscar reconocimiento?
Pero no olvidemos algo importante: esos frutos no nacen solo de nuestra fuerza de voluntad. Nacen cuando permanecemos unidos a Cristo y permitimos que su gracia trabaje en nosotros. En la Eucaristía recibimos al Hijo enviado a la viña. Él viene a sanar nuestro corazón de propietario y a enseñarnos a vivir como hijos agradecidos y servidores fieles. La comunión no es un premio para quienes ya son perfectos; es alimento para quienes desean ser transformados y enviados a amar.
Al acercarnos hoy al altar, pongamos delante del Señor la viña que nos ha confiado: nuestra familia, nuestra vocación, nuestro trabajo, nuestra comunidad, nuestras heridas y esperanzas. Preguntémosle: “Señor, ¿qué quieres cultivar en mí y qué fruto quieres ofrecer, por medio de mí, a los demás?”. Y pidámosle la gracia de dar esta semana un paso concreto: pedir perdón, escuchar con paciencia, compartir el pan, visitar a quien está solo o comenzar una reconciliación.
Que Cristo, la piedra angular, sostenga lo que en nosotros es frágil y reconstruya lo que hemos dañado. La viña es del Señor; nosotros tenemos la alegría y la responsabilidad de cuidarla con él. Que al final de nuestra vida pueda encontrarnos no aferrados a sus dones, sino con las manos abiertas y llenas de frutos de amor.
Oración ante Jesús Eucaristía
Señor Jesús, presente y vivo en el Santísimo Sacramento, me pongo ante ti en silencio y adoración. Tú eres el Hijo amado que vino a buscar los frutos de la viña y fue rechazado. Tú eres la piedra que los constructores desecharon y que el Padre convirtió en fundamento de salvación.
Gracias porque no te cansas de venir a mi encuentro. Gracias por confiarme la vida, la fe, las personas que amo y las oportunidades de hacer el bien. Perdóname cuando vivo como dueño de tus dones, cuando cierro el corazón a tu Palabra, cuando rechazo a quien me corrige o cuando mi fe no produce frutos de caridad.
Jesús Eucaristía, haz mi corazón semejante al tuyo. Enséñame a recibirte con humildad, a reconocerte en los pobres, en los enfermos, en quienes están solos y en aquellos que me cuesta amar. Sana mis resistencias, rompe mi orgullo y dame la gracia de reconciliarme, servir y compartir.
Te entrego mi viña: mi familia, mi trabajo, mis proyectos, mis heridas y mis esperanzas. Cultívala tú. Arranca lo que impide amar, fortalece lo que es débil y haz crecer en mí los frutos del Espíritu. Que cada comunión renueve mi alianza contigo y me convierta en pan partido para los demás.
Quédate conmigo, Señor. Sé la piedra angular de mis decisiones y el centro de mi comunidad. Al terminar esta adoración, quiero responder a tu gracia con una decisión concreta: daré el primer paso para reconciliarme, escucharé con paciencia y buscaré una oportunidad de servir sin esperar reconocimiento. Con tu ayuda, quiero dar frutos de justicia, misericordia, perdón y paz. Amén.
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