Blog 32 – Homilía - La viña del Señor: llamados a dar frutos

Blog 32 – Homilía – La viña del Señor: llamados a dar frutos

Mateo 21, 33-43

Domingo 4 de octubre de 2026

Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.

Jesús cuenta esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, después de entrar en Jerusalén y de ser interrogado sobre su autoridad. No habla de una viña abandonada, sino de una viña preparada con cuidado: el propietario la planta, la protege, cava un lagar y construye una torre. La imagen recuerda a los profetas y expresa el amor paciente de Dios por su pueblo. Todo comienza, por tanto, con lo que Dios hace: él llama, cuida, confía y espera frutos.

El conflicto aparece cuando los viñadores olvidan que son administradores y quieren convertirse en dueños. Rechazan a los servidores y finalmente matan al hijo para quedarse con la herencia. Jesús denuncia así la resistencia de quienes, teniendo la misión de conducir al pueblo, se cierran a la voz de Dios. Pero esta palabra no nos autoriza a juzgar desde fuera ni a condenar a todo un pueblo. También la Iglesia y cada uno de nosotros debemos escucharla: la viña pertenece al Señor, no a nosotros.

El centro de la parábola es el hijo. Dios no se cansa de buscar a su pueblo; después de tantos rechazos, envía a su propio Hijo. En esta escena, Jesús revela lo que pronto sucederá: será rechazado y llevado fuera de la ciudad para morir. Sin embargo, el pecado humano no tendrá la última palabra. La piedra desechada se convertirá en piedra angular. En Cristo crucificado y resucitado, Dios transforma el rechazo en salvación y abre nuevamente el camino de la vida.

Por eso, los frutos que el Señor espera no nacen solamente de nuestro esfuerzo. Nacen de permanecer unidos a Cristo y de dejarnos trabajar por su gracia. Primero recibimos su amor, su perdón, su Palabra y su Cuerpo; luego podemos responder con una vida nueva. La Eucaristía no es un premio para quienes ya producen frutos perfectos, sino alimento para un pueblo que necesita ser transformado y enviado a servir.

Esta parábola toca nuestra vida concreta. Podemos comportarnos como propietarios cuando queremos controlar a la familia, imponer siempre nuestra opinión, apropiarnos de una responsabilidad en la comunidad o cerrar el corazón ante una corrección. También rechazamos a los mensajeros de Dios cuando no escuchamos el sufrimiento de alguien cercano, aplazamos una reconciliación o permanecemos indiferentes ante el pobre. ¿Qué fruto está esperando hoy el Señor de nuestra familia y de nuestra comunidad? ¿Qué parte de nuestra vida todavía defendemos como si no le perteneciera a Dios?

El Evangelio no busca dejarnos en la culpa, sino llamarnos a una conversión posible. Cristo, la piedra angular, puede sostener lo que en nosotros es frágil y reconstruir lo que hemos dañado. Desde la gracia recibida podemos dar el primer paso: pedir perdón, escuchar con paciencia, servir sin buscar reconocimiento, compartir el pan o acompañar a quien está solo. Nuestros errores no tienen por qué tener la última palabra cuando permitimos que Dios transforme nuestra vida. La viña es suya; nuestra alegría es cuidarla con él y dar los frutos de su amor.

Oración ante Jesús Eucaristía

Señor Jesús, presente y vivo en el Santísimo Sacramento, me pongo ante ti en silencio y adoración. Tú eres el Hijo amado que vino a buscar los frutos de la viña y fue rechazado. Tú eres la piedra que los constructores desecharon y que el Padre convirtió en fundamento de salvación.

Gracias porque no te cansas de venir a mi encuentro. Gracias por confiarme la vida, la fe, las personas que amo y las oportunidades de hacer el bien. Perdóname cuando vivo como dueño de tus dones, cuando cierro el corazón a tu Palabra, cuando rechazo a quien me corrige o cuando mi fe no produce frutos de caridad.

Jesús Eucaristía, haz mi corazón semejante al tuyo. Enséñame a recibirte con humildad, a reconocerte en los pobres, en los enfermos, en quienes están solos y en aquellos que me cuesta amar. Sana mis resistencias, rompe mi orgullo y dame la gracia de reconciliarme, servir y compartir.

Te entrego mi viña: mi familia, mi trabajo, mis proyectos, mis heridas y mis esperanzas. Cultívala tú. Arranca lo que impide amar, fortalece lo que es débil y haz crecer en mí los frutos del Espíritu. Que cada comunión renueve mi alianza contigo y me convierta en pan partido para los demás.

Quédate conmigo, Señor. Sé la piedra angular de mis decisiones y el centro de mi comunidad. Al terminar esta adoración, quiero responder a tu gracia con una decisión concreta: daré el primer paso para reconciliarme, escucharé con paciencia y buscaré una oportunidad de servir sin esperar reconocimiento. Con tu ayuda, quiero dar frutos de justicia, misericordia, perdón y paz. Amén.

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