Blog 31 - Cuando descubrí que Dios no esperaba mi perfección

Blog 31 – Cuando descubrí que Dios no esperaba mi perfección

El amor de Dios no es un premio que conquistamos, sino el lugar desde el que comenzamos a vivir

Miércoles 30 de septiembre de 2026

Por el P. Freddy Ramírez, CMF.

Durante muchos años recé el Padrenuestro sin estar completamente convencido de poder llamar a Dios Padre. Creía en Él, rezaba, conocía algunas cosas de la fe y sabía distinguir lo que estaba bien de lo que estaba mal. Sin embargo, la imagen de Dios que había ido construyendo interiormente estaba marcada por el rigor. Imaginaba a un Dios que esperaba de mí una vida recta, sin dobleces, mientras yo era perfectamente consciente de mi propia fragilidad. Aquella contradicción me producía una lucha interior: quería ser bueno, quería agradar a Dios, pero conocía también mis límites y mis caídas.

Comprendía muy poco el amor de Dios por los pecadores. Es más, recuerdo que experimentaba un fuerte rechazo hacia quienes consideraba que vivían lejos de Él. Mirando hacia atrás, creo que estaba proyectando sobre los demás la misma exigencia con la que yo vivía mi relación con Dios. Si pensaba que Dios esperaba de mí una vida impecable, terminaba esperando algo parecido de quienes me rodeaban. Me costaba comprender sus procesos porque tampoco sabía comprender el mío.

Y cuando yo mismo fallaba, todo se volvía todavía más difícil. En lugar de correr hacia Dios, me encerraba. Me deprimía, me aislaba y me costaba creer que Él pudiera seguir aceptándome y amándome después de haber experimentado nuevamente mi debilidad. Hoy comprendo que conocía más fácilmente al Dios que juzga que al Padre que sale al encuentro del hijo cuando todavía viene por el camino.

Durante mi adolescencia aquel mundo interior terminó haciéndose cada vez más pequeño. Decidí encerrarme en mí mismo. Mi vida transcurría prácticamente del estudio a la casa. Dejé de salir, reduje mucho mis relaciones con los demás y fui construyendo una especie de refugio donde podía sentirme protegido, pero donde también estaba cada vez más solo. En aquel proceso terminé alejándome de la Iglesia.

Curiosamente, fue precisamente un sacramento de la Iglesia el que comenzó a abrir nuevamente una puerta.

Con ocasión de mi Confirmación volví a acercarme a la experiencia de Dios y decidí incorporarme a un equipo de catequistas. Comencé a trabajar con niños y ocurrió algo que entonces quizá no era capaz de explicar teológicamente: al entregarme a ellos, algo comenzó también a sanar dentro de mí. Preparar la catequesis, compartir con los niños, intentar transmitirles la fe y descubrir su sencillez fueron ayudándome a comprender que Dios no era solamente aquel juez exigente que yo había imaginado. Poco a poco comenzaba a encontrarme con un Dios que se alegraba cuando uno salía de sí mismo para amar.

Años después, al entrar en la vida religiosa, aquel descubrimiento continuó profundizándose.

La misión me puso delante de realidades humanas muy duras. Conocí personas que cargaban sufrimientos, pobreza, marginación y situaciones que yo difícilmente habría imaginado. Y, sin embargo, muchas de ellas tenían con Dios una relación sorprendentemente natural. Le hablaban con confianza. Rezaban desde su realidad. No necesitaban aparentar delante de Él. Dios formaba parte de su vida con una cercanía que a mí me impresionaba.

Aquellas personas comenzaron a evangelizarme también a mí.

Yo había colocado a Dios tan arriba que algunas veces me costaba encontrarlo cerca. Ellas, en cambio, parecían encontrarlo en medio de una casa humilde, en una comida sencilla, en una enfermedad, en el trabajo cotidiano o en una oración pronunciada sin demasiadas palabras. Allí fui comprendiendo algo que después se convertiría en una convicción cada vez más profunda: Dios ama a las personas desde su realidad concreta. No espera que primero salgan de su pobreza, de sus heridas o de su fragilidad para acercarse a ellas.

Y mientras yo intentaba entregarme al servicio de los demás, iba descubriendo algo todavía más desconcertante: el amor del Padre era mucho mayor que todo lo que yo podía ofrecerle.

Pero hubo otro camino que resultó igualmente importante. Durante mi formación tuve la oportunidad de recibir acompañamiento psicológico y espiritual. Poco a poco fui aprendiendo a mirar mi propia historia con mayor serenidad. Tuve que comenzar a abrazar mi realidad, reconocer mis límites, reconciliarme con aspectos de mí mismo que había rechazado y aceptar que mi fragilidad no me hacía indigno de ser amado.

Aquello no fue simplemente un proceso de crecimiento humano. Para mí tuvo también una profunda dimensión espiritual.

Porque mientras aprendía a aceptarme, comenzaba a preguntarme: si Dios me conoce mucho mejor de lo que yo mismo me conozco, ¿por qué sigo pensando que tengo que esconderme de Él?

Entonces algunas palabras de la Escritura empezaron a adquirir un significado diferente. “Dios es amor” (1 Jn 4,8) dejó de ser solamente una afirmación que había aprendido en la catequesis. San Juan dice además: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó” (1 Jn 4,10).

El orden es importante.

Primero Él nos amó.

No después de que conseguimos ordenar nuestra vida. No cuando finalmente vencimos todas nuestras contradicciones. No cuando alcanzamos el ideal que habíamos construido. Dios nos amó primero.

San Pablo lo dice de una manera todavía más desconcertante: “Dios demuestra su amor por nosotros en que, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5,8).

Durante mucho tiempo había pensado, quizá sin formularlo expresamente, que tenía que cambiar para que Dios pudiera amarme. Poco a poco fui descubriendo exactamente lo contrario:

No era mi perfección la que provocaba el amor de Dios. Era el amor de Dios el que podía ayudarme a transformar mi fragilidad.

Y entonces comenzó también a cambiar mi manera de entender la palabra Padre.

Mirando mi historia descubrí que Dios había permanecido allí incluso cuando yo no sabía reconocerlo. Había estado en aquel adolescente encerrado en su pequeño mundo. Había estado cuando me alejé de la Iglesia. Había abierto nuevamente una puerta a través de mi Confirmación y de aquellos niños de catequesis. Había salido a mi encuentro mediante las personas sencillas que conocí en la misión. Y había puesto en mi camino acompañantes, formadores y profesionales que me ayudaron a comprenderme, aceptarme y caminar con mayor libertad.

Dios había sido fiel incluso cuando yo todavía no sabía llamarlo Padre con convicción.

Quizá esa sea una de las experiencias más hermosas que he ido descubriendo en mi camino de fe: Dios no me estaba esperando al final del proceso, cuando finalmente hubiera conseguido convertirme en la persona que debía ser. Dios estaba caminando conmigo durante el proceso.

Y esa experiencia comenzó también a levantar mi autoestima. No desde la autosuficiencia ni desde pensar que todo en mí estaba bien, sino desde algo mucho más profundo: comenzar a entenderme como hijo de Dios.

Ser hijo no significa ser perfecto.

Un hijo puede equivocarse, aprender, caer, levantarse, necesitar ayuda y recorrer procesos largos. Pero no deja de ser hijo cada vez que tropieza.

Quizá por eso hoy comprendo mejor que el primer anuncio de nuestra fe no puede comenzar diciendo a una persona todo lo que tiene que cambiar. Antes necesitamos anunciarle algo mucho más fundamental:

Dios te ama.

Te ama en tu historia concreta.

Te ama conociendo tus heridas.

Te ama conociendo también tu pecado.

Te ama demasiado como para abandonarte allí donde estás, pero no espera que cambies para comenzar a amarte.

El Padre ha decidido amar. No desprecia la obra de sus manos.

Y quizá la verdadera conversión comienza precisamente cuando dejamos de vivir intentando demostrarle a Dios que merecemos su amor y nos atrevemos, por fin, a recibirlo.

Yo necesité tiempo para comprenderlo.

Y todavía sigo aprendiéndolo.

Pero hoy puedo rezar aquella palabra que durante tanto tiempo me costó pronunciar con verdadera convicción y descubrir en ella buena parte del Evangelio:

Padre.

Para recordar

Quizá una de las mayores dificultades de nuestra vida espiritual sea creer que Dios nos ama precisamente cuando somos conscientes de nuestra fragilidad. Podemos aceptar fácilmente que Dios ama a las personas buenas, generosas y fieles; lo difícil comienza cuando tenemos que creer que también nos ama a nosotros en medio de nuestros procesos, heridas, contradicciones y caídas.

El amor de Dios no significa que todo en nuestra vida esté bien ni que el pecado deje de tener importancia. Significa algo mucho más profundo: Dios no espera nuestra transformación para comenzar a amarnos; es su amor el que hace posible nuestra transformación.

Tal vez necesitemos revisar también la imagen de Dios que llevamos dentro. Si vivimos intentando satisfacer a un Dios permanentemente decepcionado con nosotros, terminaremos escondiéndonos cada vez que fallemos. Pero Jesús nos revela a un Padre que busca, levanta, perdona, acompaña y devuelve dignidad.


Oremos juntos

Padre,

durante mucho tiempo quizá he pensado que tenía que demostrarte que merecía tu amor. He intentado presentarme delante de Ti con mis logros, mis esfuerzos y mis buenas intenciones, mientras escondía aquello de mí que me avergonzaba o que todavía no sabía comprender.

Hoy quiero dejar de esconderme.

Tú conoces mi historia completa. Conoces mis heridas, mis miedos, mis contradicciones, mis pecados y también el deseo sincero que llevo dentro de ser mejor. No necesito explicarte quién soy, porque Tú me conoces incluso mejor de lo que yo mismo me conozco.

Ayúdame a creer que tu amor no comienza cuando alcanzo la perfección.

Cuando caiga, no permitas que me aleje de Ti. Cuando descubra nuevamente mis límites, recuérdame que sigo siendo tu hijo. Cuando mi pasado me haga sentir indigno, enséñame a mirar mi historia con la misericordia con la que Tú la miras.

Gracias por las personas que has puesto en mi camino para ayudarme a comprenderme, aceptarme, levantarme y continuar. Gracias porque, incluso en aquellos momentos en los que yo no sabía reconocerte, Tú permanecías cerca.

Sana también mi manera de mirar a los demás. Líbrame de exigirles la perfección que yo mismo no puedo ofrecer. Dame un corazón capaz de acompañar procesos, comprender fragilidades y reconocer la dignidad de cada persona.

Padre, no quiero pasar mi vida intentando conquistar tu amor.

Quiero aprender a vivir desde tu amor.

Y que cada día pueda pronunciar con mayor confianza esa palabra que Jesús puso en nuestros labios: Padre.

Amén.

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