Mateo 21, 28-32
Domingo 27 de septiembre de 2026
Por el P. Freddy Ramírez, CMF.
Queridos hermanos y hermanas:
La parábola de los dos hijos parece muy sencilla: un padre pide a sus hijos que vayan a trabajar a la viña. Uno responde que no, pero después cambia y va; el otro responde respetuosamente: “Ya voy, señor”, pero no cumple. Jesús pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”. La respuesta es clara: el primero.
Sin embargo, Jesús no está dando solamente una enseñanza moral sobre cumplir lo prometido. El centro del Evangelio es más profundo: ¿quién está verdaderamente dispuesto a entrar en la voluntad de Dios?
La viña tiene una fuerte resonancia bíblica. Los profetas habían utilizado esta imagen para hablar del pueblo que pertenece a Dios. Por eso, cuando el padre dice: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”, podemos escuchar la llamada de Dios que invita a participar en su obra, a vivir según su voluntad y a colaborar con su Reino.
Los dos hijos reciben la misma invitación. La diferencia aparece en la respuesta.
El primero comienza mal: dice “no”. Pero su negativa no es definitiva. Después recapacita y va. Aquí encontramos una de las grandes noticias del Evangelio: Dios permite que nuestra historia pueda cambiar. Una negativa de ayer puede convertirse hoy en obediencia. El pecado no tiene por qué ser nuestra última palabra. Mientras podamos escuchar la llamada de Dios, existe la posibilidad de conversión.
El segundo hijo representa un peligro más sutil. Dice “sí”, incluso llama “señor” a su padre, pero no va. Hay una religiosidad que conoce las palabras apropiadas, pero puede cerrar el corazón a la voluntad concreta de Dios.
Por eso Jesús menciona a los publicanos y a las prostitutas. No está diciendo que su manera anterior de vivir fuera buena. Está diciendo algo mucho más sorprendente: cuando escucharon la llamada a la conversión, creyeron y cambiaron. En cambio, quienes se consideraban religiosamente seguros vieron esa transformación y aun así no se abrieron a creer.
Aquí está la fuerza teológica del Evangelio: la conversión no consiste en aparentar que siempre hemos dicho “sí”, sino en permitir que la gracia transforme nuestros “no” en una respuesta nueva.
Por eso nadie debería sentirse definitivamente excluido de la viña del Señor. Pero tampoco nadie debería sentirse dispensado de convertirse simplemente porque lleva muchos años cerca de las cosas de Dios.
También nosotros podemos haber pronunciado muchos “sí”: en nuestro bautismo, en nuestras opciones de vida, en nuestros compromisos, en nuestra oración. Pero el Evangelio nos pregunta hoy si esos “sí” continúan haciéndose realidad.
La voluntad del Padre no se cumple únicamente diciendo “Señor, Señor”. Se cumple dejándonos transformar por su gracia y respondiendo concretamente a su llamada.
Hoy el Padre vuelve a decirnos: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”.
Quizá ayer respondimos que no.
Quizá alguna vez dijimos que sí y después no fuimos.
Pero Dios vuelve a llamarnos hoy.
Y esa es nuestra esperanza: mientras Dios siga llamando, siempre podemos convertirnos, levantarnos y entrar nuevamente en su viña.
Oración ante Jesús Eucaristía
Jesús Eucaristía,
aquí estoy delante de Ti.
Tú conoces mis palabras
y conoces también mis obras.
Sabes cuántas veces te he dicho que sí
y cuántas veces mis decisiones
no han correspondido a mis palabras.
Hoy quiero dejar que tu mirada
me muestre aquello que necesito cambiar.
Señor Jesús,
que mi sí se convierta en vida.
Gracias porque mis primeras respuestas
no tienen que ser definitivas.
El hijo de la parábola dijo que no,
pero después cambió y fue a la viña.
También yo puedo cambiar.
También yo puedo regresar.
También yo puedo comenzar nuevamente.
Tu gracia puede transformar
mis negativas en una respuesta nueva.
Señor Jesús,
que mi sí se convierta en vida.
Si he postergado un perdón,
daré un paso hacia la reconciliación.
Si alguien necesita de mí,
buscaré tiempo para acercarme.
Si he descuidado mi oración,
volveré a buscarte.
Si existe algo que debo cambiar,
no continuaré dejándolo para mañana.
Quiero responderte hoy.
Señor Jesús,
que mi sí se convierta en vida.
Ante tu presencia eucarística
quiero preguntarte:
Señor, ¿a qué viña me estás enviando hoy?
Muéstrame la persona,
la responsabilidad,
el servicio
o el cambio concreto
que estás esperando de mí.
Y cuando lo descubra,
dame la gracia de responder.
Trabajaré en la viña que me confíes.
Daré el paso que he postergado.
Pediré perdón cuando sea necesario.
Serviré donde pueda servir.
Comenzaré nuevamente si he fallado.
Jesús Eucaristía,
que mis decisiones confirmen mis palabras,
que mis obras manifiesten mi fe
y que mi vida entera pueda decirte:
“Sí, Señor, iré a trabajar a tu viña”.
Amén.
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