Blog 27 - Cuando Dios parece guardar silencio

Blog 27 – Cuando Dios parece guardar silencio

Creer también es permanecer cuando no tenemos respuestas.

Miércoles 16 de septiembre de 2026.

Por el P. Freddy Ramírez, CMF.

A lo largo de mis años de ministerio he tenido muchas conversaciones espirituales con personas que atraviesan momentos difíciles. Cambian los nombres, las edades y las circunstancias, pero hay una pregunta que vuelve una y otra vez. Algunas veces aparece acompañada de lágrimas; otras, de enojo; y otras se pronuncia casi en voz baja, como si la persona tuviera miedo de reconocer lo que está sintiendo: “Padre, ¿por qué Dios no me responde?”. Detrás de esa pregunta puede haber meses e incluso años de oración. Alguien ha pedido por la salud de una persona querida, por un hijo que atraviesa una situación complicada, por la restauración de su matrimonio, por conseguir un trabajo, por liberarse de una angustia que parece no terminar. Ha rezado, ha pedido oraciones, ha participado en la Eucaristía y ha suplicado con toda la fe que posee. Sin embargo, aparentemente, nada cambia.

En algunas conversaciones he percibido que ese silencio llega a convertirse en una de las pruebas más duras para la fe. “He pedido tanto y Dios no hace nada”. “¿Por qué permite que esto continúe?”. “¿De qué sirve rezar si todo sigue igual?”. Y algunas personas llegan todavía más lejos: “Estoy comenzando a pensar que Dios no existe”. No son necesariamente personas sin fe. Muchas veces son precisamente hombres y mujeres que han creído profundamente y que, por eso mismo, experimentan con mayor dolor la aparente ausencia de Aquel en quien habían depositado su confianza.

Ante esas preguntas siento que debemos tener mucho cuidado con las respuestas fáciles. Cuando alguien está sufriendo, frases como “Dios sabe por qué hace las cosas”, “todo sucede por alguna razón” o “seguramente Dios tiene algo mejor preparado” pueden sonar piadosas, pero no siempre consuelan. Hay dolores demasiado grandes para encerrarlos en una explicación. Hay preguntas para las que no tenemos respuesta. Y reconocerlo no significa tener menos fe. Quizá una de las primeras formas de acompañar a quien experimenta el silencio de Dios sea precisamente no intentar llenar inmediatamente ese silencio con nuestras palabras.

La Sagrada Escritura tampoco oculta esta experiencia. Me impresiona pensar que la Biblia, que nos habla de la fidelidad de Dios, conserva también las preguntas de quienes sintieron que Dios estaba lejos. El salmista se atreve a decir: “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?” (Sal 13,2). No es la oración tranquila de alguien que tiene todo resuelto. Es el grito de una persona que cree y, precisamente porque cree, no comprende por qué Dios parece callar.

Esto me parece profundamente consolador. La Biblia no censura nuestras crisis de fe; nos enseña a convertirlas en oración. Podemos presentarnos delante de Dios confundidos, cansados, molestos e incluso llenos de preguntas. Podemos decirle: “Señor, no entiendo lo que estás haciendo”, “¿Dónde estás?”, “¿Por qué no respondes?”. La oración no siempre tiene que estar hecha de palabras bonitas. A veces la oración más sincera es precisamente aquella que nace de un corazón que ya no sabe qué decir.

Y todavía hay algo más sorprendente. Jesús mismo conoció esa oscuridad.

En la cruz pronunció las palabras del Salmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). El Hijo de Dios entró en la profundidad del sufrimiento humano hasta experimentar ese grito. Por eso, cuando una persona me dice que no siente a Dios, no puedo responderle que eso sucede porque le falta fe. Jesús nos muestra que la experiencia del silencio puede atravesar incluso una relación profundamente unida al Padre.

Aquí aparece una distinción que considero fundamental: el silencio de Dios no significa necesariamente la ausencia de Dios.

Nosotros solemos identificar la presencia de Dios con aquello que podemos percibir. Si pedimos y sucede lo que esperamos, decimos: “Dios me escuchó”. Si aparece una solución, reconocemos su Providencia. Si experimentamos consuelo durante la oración, sentimos que Dios está cerca. Todo eso puede ser auténtico y hermoso. Pero ¿qué ocurre cuando rezamos y no sentimos nada? ¿Cuando la enfermedad continúa? ¿Cuando la persona por la que hemos rezado no cambia? ¿Cuando la puerta que esperábamos sigue cerrada?

Entonces nuestra fe entra en un territorio diferente.

Con facilidad podemos construir una cadena dolorosa de conclusiones: Dios no respondió como esperaba; entonces Dios no me escucha. Si no me escucha, quizá no le importo. Y si no le importo, tal vez ni siquiera existe. Sin darnos cuenta hemos identificado a Dios con la respuesta concreta que esperábamos recibir de Él.

Pero la fe madura precisamente cuando comienza a descubrir que Dios es más grande que nuestras respuestas.

Esto no significa afirmar que detrás de cada tragedia existe un plan secreto que algún día lograremos comprender. No creo que debamos atribuir a Dios todo el sufrimiento que ocurre en nuestra vida. Hay enfermedades, injusticias, decisiones humanas, pérdidas y situaciones que pertenecen a la fragilidad de nuestra existencia y que muchas veces permanecerán siendo un misterio para nosotros. La fe cristiana no nos entrega una explicación sencilla para cada dolor.

Nos ofrece algo diferente: la certeza de que incluso allí Dios puede permanecer con nosotros.

Quizá por eso, con los años, he comprendido que una de las preguntas más profundas de la vida espiritual no es solamente: “¿Por qué Dios no me responde?”, sino también: “¿Seré capaz de permanecer con Dios cuando no tengo respuestas?”.

Pienso también en san Antonio María Claret. El 1 de febrero de 1856, mientras realizaba una visita pastoral en Holguín, Cuba, sufrió un grave atentado. Un hombre se acercó a él y descargó sobre su rostro una navaja de afeitar que le abrió profundamente la mejilla izquierda y le hirió también el brazo. Claret sobrevivió, pero aquel acontecimiento lo colocó delante de una pregunta difícil: ¿debía permanecer en Cuba, donde su vida estaba seriamente amenazada, o había llegado el momento de dejar aquella misión? No tuvo una respuesta inmediata. El 23 de febrero escribió al papa Pío IX pidiendo orientación y tuvo que esperar. Me impresiona pensar en ese Claret herido, con el rostro marcado, sin poder predicar como antes y tratando de discernir qué quería Dios de él. También los santos han tenido que caminar sin conocer inmediatamente el siguiente paso. La fe de Claret no consistió en tener todas las respuestas, sino en permanecer disponible mientras esperaba luz para continuar el camino.

A veces el silencio de Dios no nos pide quedarnos inmóviles; nos pide permanecer disponibles mientras llega la claridad necesaria para dar el siguiente paso.

Mientras todo marcha bien resulta relativamente sencillo confiar. Pero llega un momento en que nuestra relación con Dios tiene que atravesar el territorio de la gratuidad. Ya no buscamos solamente al Dios que resuelve nuestros problemas, abre las puertas, sana las enfermedades o cumple nuestras expectativas. Comenzamos a buscar a Dios porque es Dios.

Job pasó buena parte de su sufrimiento buscando explicaciones. Quería comprender. Quería saber por qué le había sucedido aquello. Al final del libro no recibe una explicación detallada capaz de ordenar cada pieza de su historia. Recibe algo mucho más profundo: un encuentro con Dios. Sus preguntas no desaparecen mágicamente, pero ya no está solo delante de ellas.

Tal vez eso sea también lo que necesitamos descubrir nosotros. Durante mucho tiempo podemos buscar a un Dios que explique nuestra vida. Con los años vamos comprendiendo que necesitamos todavía más a un Dios que permanezca con nosotros cuando la vida no tiene explicación.

Y entonces el silencio comienza a adquirir otro significado. Sigue doliendo. Sigue siendo silencio. Seguimos deseando una respuesta. Pero poco a poco podemos descubrir que, aun cuando no escuchamos la voz que esperábamos, no necesariamente estamos solos.

Quizá la fe más profunda no sea aquella que puede decir: “Ahora comprendo por qué ocurrió todo”.

Quizá sea aquella que, en medio de la oscuridad, todavía puede susurrar:

“Señor, no entiendo tu silencio, pero todavía estoy aquí”.

Para recordar

Hay momentos en los que rezamos y no encontramos respuestas. Pedimos, esperamos, insistimos y Dios parece guardar silencio. Esa experiencia puede sacudir profundamente nuestra fe, pero el silencio de Dios no significa necesariamente su ausencia.

La fe no consiste en comprender todo lo que sucede ni en encontrar una explicación religiosa para cada sufrimiento. También es aprender a permanecer delante de Dios cuando no entendemos, seguir hablándole cuando parece que no responde y dejarnos sostener por Él incluso cuando no podemos sentir su presencia.

En esos momentos no tengamos miedo de decirle lo que verdaderamente llevamos dentro. La duda, el cansancio, las preguntas e incluso nuestro reclamo pueden convertirse en oración. Dios no necesita palabras perfectas; quiere un corazón verdadero.

Si hay alguna situación por la que llevas mucho tiempo rezando sin encontrar respuesta, vuelve a presentarla delante del Señor. Esta vez no intentes explicarla ni resolverla. Permanece unos minutos en silencio y dile sencillamente: “Señor, esto me duele y no lo comprendo, pero quiero seguir caminando contigo”.

 

Oremos juntos

Señor Jesús,

hay momentos en los que me cuesta comprender tu silencio. Te he hablado, he pedido, he esperado y algunas veces siento que mis palabras no encuentran respuesta.

Tú conoces mis preguntas y también aquellas situaciones que han puesto a prueba mi fe. No quiero esconderlas delante de Ti. Recibe mi cansancio, mis dudas, mis lágrimas y hasta mis reclamos. Enséñame a descubrir que también puedo orar desde aquello que no comprendo.

Cuando no sienta tu presencia, ayúdame a no confundir tu silencio con abandono. Cuando no encuentre respuestas, recuérdame que no necesito comprenderlo todo para permanecer contigo. Y cuando mi fe sea demasiado débil, pon a mi lado hermanos que puedan sostenerme con su oración y prestarme un poco de su esperanza.

Jesús, Tú también gritaste desde la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Acompáñame especialmente cuando tenga que atravesar mis propias noches y enséñame a confiar en el Padre incluso en medio de la oscuridad.

No te pido comprender todos tus caminos.

Te pido no soltarte cuando no los comprenda.

Y si alguna vez no tengo fuerzas para decir nada más, que mi presencia delante de Ti pueda convertirse en esta sencilla oración:

“Señor, no entiendo tu silencio, pero todavía estoy aquí”.

Amén.

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