Blog 26 - Homilía – “Perdonar desde la memoria de lo recibido”

Blog 26 – Homilía – “Perdonar desde la memoria de lo recibido”

Mateo 18, 21-35

Domingo 13 de septiembre de 2026

Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy comienza con una pregunta de Pedro que probablemente también nosotros hemos hecho alguna vez: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Pedro piensa que está siendo generoso. Los maestros judíos hablaban de perdonar algunas veces; él propone siete. Pero Jesús rompe cualquier cálculo: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, el perdón cristiano no puede vivirse llevando una contabilidad de las ofensas.

Para explicarlo, Jesús cuenta la parábola de un servidor que tiene una deuda inmensa con su rey, tan grande que resulta imposible pagarla. El hombre se arrodilla y suplica: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Pero sucede algo inesperado: el rey no le concede simplemente más tiempo; le perdona toda la deuda. Esa es la primera gran enseñanza del Evangelio. Antes de preguntarnos cuánto debemos perdonar, Jesús quiere que recordemos cuánto hemos sido perdonados.

Nuestra relación con Dios comienza precisamente ahí. Ninguno de nosotros vive solamente de sus méritos. Todos somos personas alcanzadas por la misericordia. Dios ha tenido paciencia con nuestras debilidades, nos ha levantado después de nuestras caídas y nos ha permitido comenzar nuevamente muchas veces. El cristiano no perdona porque sea moralmente superior a quien lo ha ofendido; perdona porque sabe que él mismo vive del perdón de Dios.

Pero la parábola cambia dramáticamente. Aquel servidor sale y encuentra a un compañero que le debe una cantidad pequeña. Lo agarra, lo ahoga y le exige: “Págame lo que me debes”. Acaba de recibir una misericordia inmensa y, sin embargo, es incapaz de ofrecer una pequeña parte de ella. Ha recibido el perdón, pero no ha permitido que el perdón transforme su corazón.

También esto puede sucedernos. Podemos rezar el Padrenuestro cada día, acercarnos a la confesión, recibir la Eucaristía y, al mismo tiempo, conservar durante años resentimientos contra determinadas personas. Recordamos perfectamente lo que nos hicieron, cuándo ocurrió y hasta las palabras que utilizaron. En cambio, olvidamos con facilidad las veces que Dios y los demás han tenido paciencia con nosotros.

Perdonar, sin embargo, no significa decir que lo ocurrido estuvo bien. Tampoco significa olvidar mágicamente una herida, renunciar a la justicia o permitir que alguien continúe haciéndonos daño. Hay situaciones en las que será necesario establecer límites, tomar distancia o buscar justicia. Perdonar significa renunciar a convertir la herida en odio y a vivir deseando el mal de quien nos hizo daño. Es recuperar la libertad interior para que aquella persona o aquel acontecimiento no sigan gobernando nuestro corazón.

Y muchas veces el perdón no ocurre de una sola vez. Hay heridas que necesitan tiempo. Podemos haber decidido perdonar y, sin embargo, volver a sentir dolor cuando recordamos lo sucedido. Entonces tendremos que volver a entregar esa herida al Señor. El “setenta veces siete” también puede significar esto: perdonar nuevamente cada vez que el recuerdo vuelva a doler.

Jesús termina diciendo que debemos perdonar “de corazón”. Allí está el verdadero desafío. No basta pronunciar: “Te perdono”. Necesitamos permitir que Dios vaya sanando lentamente aquello que quedó herido dentro de nosotros.

Quizá hoy el Evangelio nos invita a poner un nombre y un rostro delante del Señor. ¿Hay alguien cuya deuda sigo cobrando interiormente? ¿Alguna ofensa que continúo recordando como si hubiera ocurrido ayer?

Pidamos la gracia de mirar primero nuestra propia historia y reconocer cuántas veces Dios ha tenido misericordia de nosotros. Porque quien conserva la memoria agradecida del perdón recibido encuentra poco a poco la fuerza para ofrecer también perdón.

Que el Señor nos conceda un corazón libre: capaz de recordar sin odiar, de poner límites sin buscar venganza y de perdonar como nosotros mismos hemos sido perdonados.

 

Oración ante Jesús Eucaristía

Inspirada en Mateo 18, 21-35

Señor Jesús,
presente y vivo en el Santísimo Sacramento,
hoy vengo ante Ti con mi historia entera:
con el amor que he recibido,
con mis propios errores
y también con aquellas heridas
que todavía llevo dentro.

Ante Ti recuerdo la pregunta de Pedro:
“Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar?”
Y reconozco que también yo pongo límites,
llevo cuentas,
recuerdo lo que me hicieron
y, algunas veces, sigo cobrando interiormente
deudas que nadie puede ya pagar.

Antes de mirar las faltas de los demás,
quiero mirar mi propia vida.
Cuántas veces me has perdonado, Señor.
Cuántas veces has tenido paciencia conmigo.
Cuántas veces he vuelto a comenzar
porque tu misericordia no se cansó de esperarme.

No quiero olvidar el perdón que he recibido.

Cuando sienta la tentación de juzgar,
recordaré mis propias debilidades.
Cuando quiera cobrar una antigua deuda,
recordaré cuánto me has perdonado.
Cuando el resentimiento vuelva a aparecer,
pondré nuevamente esa herida en tus manos.

Hoy quiero tomar una decisión delante de Ti:
no alimentaré el odio.
No repetiré continuamente la historia que me lastimó.
No buscaré venganza.
No desearé el mal de quien me hizo daño.
Y cuando el recuerdo vuelva a doler,
volveré a elegir el camino del perdón.

Pero dame también sabiduría, Jesús.
Enséñame que perdonar no significa justificar el mal
ni permitir que alguien continúe haciéndome daño.
Dame valentía para establecer límites cuando sean necesarios,
prudencia para tomar distancia cuando corresponda
y serenidad para buscar la justicia sin convertirla en venganza.

Hay personas, Señor, a las que todavía me cuesta perdonar.
Tú conoces sus nombres.
Conoces lo que sucedió
y sabes cuánto me dolió.
Hoy no quiero fingir que la herida no existe.
Simplemente quiero ponerla delante de Ti.

Comenzaré a perdonar, aunque todavía duela.
Dejaré de alimentar aquello que me hace daño.
Oraré por la persona que me hirió,
aunque al principio me cueste.
Y cada vez que el recuerdo regrese,
volveré a entregártelo.

Jesús Eucaristía,
sana también las heridas que yo he provocado.
Dame humildad para reconocer mis errores,
pedir perdón cuando sea necesario
y reparar, en la medida de lo posible,
el daño que haya causado.

No quiero acercarme a tu mesa
y salir de ella con el mismo resentimiento.
Que la misericordia que recibo de Ti
pase también a través de mí.

Hazme libre, Señor:
libre para recordar sin odiar,
libre para poner límites sin vengarme,
libre para continuar caminando
sin llevar permanentemente el peso del pasado.

Hoy elijo la misericordia.
Hoy vuelvo a comenzar.
Y mañana, si la herida vuelve a doler,
volveré a elegir el perdón.

Jesús Eucaristía,
haz mi corazón semejante al tuyo:
un corazón que ha sido amado,
que sabe que ha sido perdonado
y que, por eso mismo,
aprende también a perdonar.

Amén.

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