Una carrera, una comunidad y una meta que solo tiene sentido si llegamos juntos.
Miércoles 9 de septiembre de 2026
Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.
Durante la reciente novena en honor al Inmaculado Corazón de María, patrona de nuestra parroquia, vivimos nuevamente una de esas experiencias que hacen visible lo hermoso de sentirse comunidad. Detrás de cada celebración hubo muchas personas trabajando, grupos organizándose, voluntarios ofreciendo su tiempo y servidores pendientes de innumerables detalles. La novena no fue simplemente una sucesión de celebraciones; fue el resultado del esfuerzo compartido de una comunidad que quería expresar de una manera hermosa su amor a la Virgen y, a través de ella, su deseo de seguir a Jesús.
Entre las actividades tuvimos nuestra tradicional carrera-caminata. Durante varios años la había visto desde la organización, pendiente de otras responsabilidades, pero esta vez decidí participar en el recorrido. Fueron apenas tres kilómetros caminando. No parece demasiado. Sin embargo, mientras avanzaba tuve tiempo suficiente para observar lo que sucedía a mi alrededor y, casi sin proponérmelo, aquellos tres kilómetros terminaron convirtiéndose en una pequeña reflexión sobre la vida.
Delante y detrás de mí había de todo. Algunos corrían intentando mantener un buen ritmo; otros caminaban tranquilamente. Había jóvenes, adultos, niños, personas mayores, familias que llevaban a sus pequeños en cochecitos e incluso mascotas que acompañaban alegremente el recorrido. Algunos avanzaban con mucha facilidad; otros necesitaban ir más despacio. Nadie llevaba exactamente el mismo ritmo, pero todos compartíamos algo: íbamos hacia la misma meta.
Mientras caminaba pensé que aquella escena se parecía mucho a la vida y también a la Iglesia. No todos avanzamos de la misma manera. Hay momentos en los que sentimos fuerzas para correr y otros en los que apenas podemos caminar. Hay etapas de la vida en las que necesitamos que alguien nos acompañe y otras en las que somos nosotros quienes podemos sostener a quienes comienzan a cansarse. Hay jóvenes que apenas empiezan el camino y adultos mayores que llevan muchos kilómetros recorridos. Cada uno tiene su historia, sus luchas, sus heridas y sus esperanzas. Pretender que todos avancemos al mismo ritmo sería desconocer la riqueza y también la fragilidad de la condición humana.
San Pablo utilizó precisamente la imagen de la carrera para hablar de la vida cristiana. Hacia el final de su existencia pudo decir: “He peleado el buen combate, he terminado la carrera, he mantenido la fe” (2 Tim 4,7). Aquella mañana entendí un poco mejor esas palabras. En la vida cristiana no se trata simplemente de comenzar con entusiasmo. Hay que permanecer en el camino. Algunas etapas serán fáciles y otras nos exigirán mucho más. Habrá momentos en los que avanzaremos con seguridad y otros en los que tendremos que disminuir el paso. Lo importante es no abandonar.
Pero durante la caminata descubrí algo más.
A lo largo del recorrido había voluntarios esperando a los participantes. Algunos sostenían banderines para indicarnos por dónde continuar; otros repartían agua y varios simplemente estaban allí animando. Cuando alguien pasaba cansado, se escuchaba una expresión sencilla:
“¡Tú puedes!”
Puede parecer una frase insignificante, pero cuando uno lleva un rato caminando y comienza a sentir el cansancio, escuchar a alguien decir “tú puedes” ayuda a seguir.
Entonces pensé: eso también es Iglesia.
Todos necesitamos alguna vez encontrar a alguien al borde de nuestro camino que nos recuerde que podemos continuar. A veces esa persona aparece en forma de un amigo que escucha, una madre que acompaña, un sacerdote que anima, una comunidad que ora, alguien que hace una llamada en el momento oportuno o simplemente una persona que permanece a nuestro lado cuando las fuerzas comienzan a faltar. Son pequeños gestos que se convierten en el “vaso de agua” que necesitamos para seguir avanzando.
Y también nosotros estamos llamados a ocupar alguna vez ese lugar. La pregunta cristiana no puede ser únicamente: “¿Cómo voy yo en mi carrera?” También deberíamos preguntarnos: “¿Quién está caminando cerca de mí y necesita que le diga: tú puedes, sigue adelante?”
Mientras avanzaba recordé también una expresión que resume muy bien una convicción profundamente arraigada en la espiritualidad de san Antonio María Claret: “Haré con otros lo que no puedo hacer yo solo”. Aquella mañana la frase parecía hacerse visible delante de mis ojos. Nadie había preparado aquella actividad solo. Unos organizaron, otros coordinaron, algunos repartían agua, otros señalaban el recorrido, otros animaban y muchos simplemente participaron con alegría. Cada persona aportó algo diferente y precisamente por eso fue posible realizarlo.
Lo mismo había sucedido durante toda la novena. Detrás de aquello que después contemplamos como una celebración bonita había muchas manos trabajando silenciosamente. Y pensé que así debería ser siempre una comunidad cristiana. La Iglesia no se construye alrededor de una sola persona que pretende hacerlo todo. Se construye cuando cada uno descubre el don que ha recibido y lo pone al servicio de los demás.
San Pablo y Claret parecían encontrarse entonces en aquellos tres kilómetros. Pablo me recordaba que hay que terminar la carrera y mantener la fe. Claret me recordaba que hay cosas que solamente podemos realizar con otros.
Quizá ahí esté una de las grandes diferencias entre una carrera deportiva y la vida cristiana. En una competencia normalmente queremos llegar antes que los demás. En el camino de la fe sucede exactamente lo contrario: la victoria de mi hermano también es mi alegría. No necesito adelantarlo ni demostrar que soy mejor. Si alguien se cansa, puedo disminuir el paso para acompañarlo. Si alguien cae, puedo ayudarlo a levantarse. Si otro lleva un ritmo más lento, puedo aprender a caminar a su lado.
Porque la meta no tiene sentido si queremos alcanzarla solos.
Al final del recorrido llegó también la medalla. Y mientras la recibía pensé nuevamente en san Pablo, que habla de la corona que el Señor tiene preparada para quienes permanecen fieles. La comparación tiene sus límites, porque la salvación no es un premio conquistado únicamente por nuestro esfuerzo. Es gracia, regalo y misericordia de Dios. Pero aquella pequeña medalla podía recordarme algo importante: vale la pena perseverar.
Nuestra verdadera meta no está al final de tres kilómetros. Está mucho más allá. Es el encuentro definitivo con Dios. Hacia allí caminamos todos, cada uno con su propio ritmo, sostenidos por su gracia y acompañados por hermanos y hermanas que Dios va poniendo en nuestro camino.
Y todo esto ocurrió mientras celebrábamos a María bajo la advocación de su Inmaculado Corazón. Ella también conoció el camino de la fe. No comprendió todo desde el comienzo, atravesó momentos de incertidumbre y dolor, pero permaneció fiel. Caminó junto a Jesús y permaneció junto a Él incluso cuando el camino llegó hasta la cruz. María nos recuerda que la fidelidad se construye paso a paso, guardando la Palabra y confiando en Dios.
Cuando terminé aquellos tres kilómetros comprendí que había participado en algo más que una carrera-caminata.
Había contemplado una pequeña imagen de la Iglesia que sueño: una comunidad donde cabemos todos, donde respetamos los distintos ritmos, donde nadie necesita demostrar que es mejor que los demás, donde hay personas dispuestas a ofrecer agua al cansado y donde nunca falta alguien capaz de decir: “Tú puedes. Sigue adelante”.
Quizá la vida cristiana consista también en eso.
Caminar.
Perseverar.
Dejarnos ayudar.
Ayudar a otros.
Y recordar que no corremos para llegar antes que los demás. Caminamos para llegar a la meta y procurar que nadie tenga que hacerlo solo.
Para recordar
La vida cristiana no es una competencia para descubrir quién llega primero. Cada persona recorre el camino a su propio ritmo, con momentos de fortaleza y también de cansancio. Lo importante es permanecer, confiar en la gracia de Dios y aceptar que necesitamos de los demás.
En el camino encontraremos personas que serán para nosotros como aquellos voluntarios de la carrera: nos ofrecerán un poco de “agua”, nos indicarán por dónde continuar o sencillamente nos dirán: “Tú puedes. Sigue adelante”. Pero llegará también el momento en que nos corresponda hacer lo mismo por alguien más.
Somos Iglesia precisamente por eso: porque caminamos juntos hacia una misma meta.
Piensa en alguna persona que esté atravesando un momento difícil o que pueda sentirse cansada en su camino. Acércate a ella con un mensaje, una llamada, una oración o un gesto concreto. Tal vez hoy Dios quiera utilizarte para decirle sencillamente: “Tú puedes. Sigue adelante”.
Oremos juntos
Señor Jesús,
gracias por llamarme a recorrer contigo el camino de la vida. Tú conoces mis pasos, mis momentos de entusiasmo y también aquellos días en los que las fuerzas disminuyen y necesito que alguien me ayude a continuar.
Enséñame a no compararme con los demás ni a querer llegar antes que ellos. Dame la humildad para respetar el ritmo de cada persona y para aceptar también mis propios límites. Cuando me canse, concédeme la gracia de dejarme ayudar; y cuando tenga fuerzas, abre mis ojos para descubrir a quien necesita que camine a su lado.
Haz de nuestras comunidades una verdadera familia, donde nadie se sienta solo, donde sepamos compartir nuestros dones y donde siempre haya una palabra de ánimo, un poco de “agua” para el cansado y una mano tendida para quien comienza a desfallecer.
Como María, enséñame a permanecer fiel durante todo el camino. Y cuando lleguen las dificultades, recuérdame que la meta no consiste en llegar primero, sino en perseverar en la fe, sostenido por tu gracia y acompañado por mis hermanos.
Que al final de nuestra carrera podamos decir con san Pablo: “He terminado la carrera, he mantenido la fe”, y encontrarnos todos contigo, que eres la verdadera meta de nuestro camino.
Amén.
📢 Recibe la notificación de la publicación del blog, uniéndote al grupo de WhatsApp a través de este enlace:
Unirse al grupo de WhatsApp¿Qué te ha parecido la reflexión del Padre Freddy? 🤔
Haz clic abajo para comentar y compartir esta reflexión con tus amigos en Facebook.
