Blog 24 - Homilía – “Si tu hermano te escucha, habrás ganado a tu hermano”

Blog 24 – Homilía – “Si tu hermano te escucha, habrás ganado a tu hermano”

Mateo 18, 15-20

Domingo 6 de septiembre de 2026

Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy toca una realidad muy concreta de nuestra vida: los conflictos. Donde existen relaciones humanas, existen también diferencias, malentendidos, palabras que hieren y comportamientos que necesitan ser corregidos. Jesús no imagina una comunidad donde nunca haya problemas; nos enseña qué hacer cuando los problemas aparecen.

Su primera indicación es muy sencilla: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas”. Jesús propone algo que parece evidente, pero que muchas veces hacemos exactamente al revés. Cuando tenemos una dificultad con alguien, solemos hablar primero con otras personas. Comentamos lo ocurrido, buscamos quién nos dé la razón y, sin darnos cuenta, el problema que existía entre dos termina involucrando a muchos.

Jesús propone otro camino: hablar con la persona, no hablar de la persona. “Ve y corrígelo a solas”. Hay aquí una profunda delicadeza. La corrección cristiana no busca avergonzar ni derrotar al otro. Busca recuperar al hermano. Por eso Jesús añade: “Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Esa es la finalidad: no ganar una discusión, sino ganar al hermano.

Esto exige aprender a dialogar. No toda verdad debe decirse de cualquier manera. Podemos tener razón y, sin embargo, destruir a alguien por la forma como hablamos. La corrección fraterna necesita humildad, prudencia y caridad. Antes de señalar la falta del otro, conviene preguntarnos si queremos realmente ayudarlo o simplemente descargar nuestro enojo. Una conversación realizada en el momento adecuado, con respeto y sinceridad, puede sanar heridas que el silencio o los comentarios a espaldas de la persona terminarían agravando.

Jesús sabe también que no siempre el diálogo funciona inmediatamente. Por eso propone un segundo paso: “Toma contigo a uno o dos”. Y, si todavía no hay escucha, invita a recurrir a la comunidad. Esto nos enseña que la reconciliación es un proceso. Hay conflictos que no se solucionan en una sola conversación. A veces necesitamos tiempo, mediación, paciencia y la ayuda de personas prudentes que nos permitan volver a encontrarnos.

Pero hay algo importante: en ningún momento Jesús autoriza el odio, la venganza o la humillación. Incluso cuando una relación llega a una situación difícil, el discípulo debe conservar el deseo de que el otro encuentre el camino del bien. La firmeza no está reñida con la caridad. Amar a alguien no significa aprobar todo lo que hace; a veces amar significa también tener la valentía de decirle, con respeto: “Esto nos está haciendo daño”.

Después Jesús habla de “atar y desatar”. La comunidad cristiana recibe una responsabilidad real en la reconciliación, el discernimiento y el cuidado de sus miembros. La fe no se vive aisladamente. Necesitamos hermanos que nos acompañen, nos corrijan y también nos ayuden a reconocer nuestros propios errores.

El Evangelio termina con una promesa hermosa: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús coloca su presencia precisamente al final de una enseñanza sobre los conflictos comunitarios. Es como si nos recordara que, cuando dos personas se sientan sinceramente a buscar la reconciliación, Cristo se hace presente en medio de ellas.

Quizá hoy este Evangelio nos invita a pensar en alguna relación que necesita ser sanada. Tal vez hay una conversación que hemos pospuesto demasiado tiempo, una herida que seguimos alimentando o una persona de la que hablamos mucho, pero con la que todavía no hemos hablado.

Pidamos al Señor la valentía de dar el primer paso. Que aprendamos a hablar con verdad, pero también con caridad; a escuchar antes de juzgar y a corregir sin humillar. Y que nunca olvidemos que, para Jesús, lo verdaderamente importante no es demostrar quién tiene la razón, sino poder decir al final: “He ganado a mi hermano”.

 

Oración ante Jesús Eucaristía

Inspirada en Mateo 18, 15-20

Señor Jesús,
presente y vivo en el Santísimo Sacramento,
hoy vengo ante Ti con mi historia,
con las personas que amo
y también con aquellas relaciones
que no siempre han sido fáciles.

Tú conoces las palabras que me han herido,
los malentendidos que todavía pesan,
las conversaciones que he evitado
y las heridas que quizá sigo guardando en silencio.

Hoy escucho tu palabra:
“Si tu hermano peca contra ti,
ve y habla con él a solas”.

Señor, reconozco que muchas veces
me resulta más fácil hablar de una persona
que hablar con ella.
He buscado quién me dé la razón,
he contado mi versión de los hechos
y quizá he permitido que un problema pequeño
se hiciera más grande.

Hoy quiero hacer las cosas de otra manera.

Daré el primer paso cuando sea necesario.
Buscaré el momento adecuado para hablar.
Escucharé antes de responder.
Diré la verdad sin herir.
Corregiré sin humillar
y procuraré comprender antes de juzgar.

Pero también dame humildad, Señor,
para aceptar cuando soy yo quien necesita ser corregido.
Que no me defienda inmediatamente,
que no busque excusas
ni convierta cada observación en una ofensa.
Enséñame a reconocer mis errores
y a pedir perdón cuando haya hecho daño.

Jesús Eucaristía,
pon un freno a mis palabras
cuando estén movidas por el enojo.
No permitiré que mis heridas
se conviertan en comentarios,
murmuraciones o divisiones.
Si tengo algo contra alguien,
ayúdame a hablar primero con esa persona
y después contigo.

Tú dijiste:
“Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”.

Eso quiero buscar, Señor:
no ganar discusiones,
no demostrar que tengo razón,
no derrotar a nadie,
sino ganar al hermano.

Cuando una reconciliación necesite tiempo,
sabré esperar.
Cuando necesite ayuda,
buscaré personas prudentes que puedan acompañarnos.
Y cuando haya situaciones que no pueda resolver,
las pondré en tus manos sin alimentar el rencor.

Hoy también quiero recordar
a las personas que me han herido.
Las pongo delante de Ti.
No quiero cargar indefinidamente
con aquello que me quita la paz.
Dame libertad para perdonar,
sabiduría para establecer los límites necesarios
y un corazón que nunca desee el mal a nadie.

Señor Jesús,
Tú prometiste:
“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos”.

Hazte presente en nuestras familias,
en nuestras comunidades
y en aquellos lugares donde existen divisiones.
Siéntate en medio de nuestras conversaciones.
Danos palabras que construyan,
silencios que permitan escuchar
y corazones suficientemente humildes
para comenzar de nuevo.

Al salir de este encuentro contigo,
quiero llevar conmigo una decisión concreta:

hablaré con la persona y no de la persona;
buscaré reconciliar antes que dividir;
escucharé antes de juzgar
y daré el primer paso cuando dependa de mí.

Jesús Eucaristía,
hazme instrumento de tu paz.

Amén.

 

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