Blog 23 - Cuando dejamos de ver

Blog 23 – Cuando dejamos de ver

El mayor peligro no es que exista el sufrimiento, sino acostumbrarnos a él.

Miércoles 2 de septiembre de 2026

Por el Padre Freddy Ramírez, CMF.

 

Durante mis años de estudio en Medellín había un lugar que siempre despertaba mi curiosidad. Cada vez que el Metro atravesaba el centro de la ciudad, mi mirada se detenía en un hermoso templo dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Se encontraba en un sector conocido como Barrio Triste, un nombre que por sí solo evocaba una historia marcada por la pobreza, el trabajo duro y la marginalidad. Era una zona llena de talleres mecánicos donde, durante el día, el ruido de las herramientas y el ir y venir de las personas llenaban las calles de movimiento. Sin embargo, al caer la tarde el barrio parecía transformarse. El bullicio desaparecía y quedaba un ambiente silencioso que hacía todavía más imponente la presencia de aquel templo.

Con el paso de los meses sentí el deseo de conocerlo. Había escuchado que uno de sus párrocos había intentado cambiar el nombre del sector para llamarlo Barrio Sagrado Corazón, convencido de que un nombre podía convertirse también en una promesa de esperanza. Quizá era un gesto sencillo, pero expresaba un hermoso deseo: que el amor de Cristo terminara siendo más fuerte que la tristeza que durante tantos años había acompañado aquel lugar.

Un día decidí bajarme del Metro. Quería visitar el templo. Pensaba encontrarme con un lugar de oración. No imaginaba que el Señor iba a esperarme primero en la acera.

Frente a la entrada había varios niños. No tendrían más de once o doce años. Estaban inhalando pegamento.

Recuerdo que me quedé inmóvil durante unos segundos. No era únicamente la dureza de aquella escena lo que me impresionaba. Lo que más me impactó fue descubrir que las personas continuaban caminando como si aquello formara parte de la normalidad. Algunos pasaban de largo. Otros apenas dirigían una mirada. Los vehículos seguían circulando y la ciudad continuaba su ritmo habitual. Aquellos niños parecían haberse convertido en parte del paisaje.

Sentí una profunda impotencia. No sabía qué hacer.

No llevaba una solución para cambiar la vida de aquellos muchachos. No tenía respuestas para una realidad tan compleja ni recursos para transformar de inmediato aquella situación. Solo podía contemplar el dolor de unas vidas que, cuando apenas comenzaban a abrirse al futuro, ya estaban profundamente heridas.

Entré entonces al templo. Y recé.

Puede parecer un gesto pequeño. Incluso alguno podría pensar que rezar era demasiado poco frente a un problema tan grande. Sin embargo, aquel día comprendí que la oración nunca es una forma de escapar de la realidad. Todo lo contrario. La oración es el lugar donde aprendemos a mirar la realidad con los mismos ojos de Dios.

Mientras permanecía en silencio delante del Sagrado Corazón de Jesús, no podía dejar de pensar en aquellos niños que seguían afuera. Poco a poco comprendí que el Corazón de Cristo no permanecía encerrado dentro del templo. Latía también en cada uno de ellos. Aquellos muchachos no eran un problema social más, ni una estadística, ni un número perdido entre tantos otros. Eran hijos de Dios. Eran niños profundamente amados por el Padre, aunque la vida les hubiera arrebatado demasiado pronto la posibilidad de crecer como tales.

Fue entonces cuando me di cuenta de que el mayor peligro de nuestra sociedad no es únicamente la pobreza, la violencia o la drogadicción. El verdadero peligro comienza cuando dejamos de conmovernos. Cuando aprendemos a convivir con el sufrimiento ajeno sin que nada se mueva dentro de nosotros. Cuando el dolor de los demás deja de sorprendernos y terminamos aceptándolo como si fuera algo inevitable.

Jesús nunca miró así a las personas.

Los Evangelios nos muestran continuamente a un Señor que se detiene. Ve al ciego de Jericó cuando todos quieren hacerlo callar. Se conmueve ante la viuda de Naín que camina hacia el cementerio para enterrar a su único hijo. Levanta la mirada para descubrir a Zaqueo escondido entre las ramas de un árbol. Se fija en la multitud hambrienta cuando los discípulos solo ven un problema imposible de resolver. Abraza a los niños cuando otros consideran que estorban.

Jesús nunca pasa de largo. Y quizá ese sea uno de los rasgos más bellos del Evangelio.

Aquel día salí del templo con una pregunta que me ha acompañado muchas veces desde entonces. ¿Cuántas personas pasan delante de nosotros sin que realmente las veamos?

Es curioso. Los ojos pueden estar perfectamente abiertos y, sin embargo, el corazón permanecer completamente cerrado. Caminamos deprisa, cumplimos nuestras responsabilidades, resolvemos nuestros asuntos y llegamos a acostumbrarnos tanto al sufrimiento que dejamos de percibirlo. No porque seamos malas personas, sino porque la rutina termina anestesiando nuestra capacidad de conmovernos.

Creo que ese fue uno de los grandes dramas que Jesús encontró durante su vida pública. No solo había enfermos, pobres o pecadores. Había, sobre todo, personas que habían dejado de mirar. El sufrimiento de los demás se había vuelto tan cotidiano que ya no despertaba ninguna reacción.

En cambio, Jesús siempre se detenía.

Los evangelistas utilizan con frecuencia un verbo que me conmueve profundamente: “al ver…”. Al ver a la multitud sintió compasión porque andaban como ovejas sin pastor. Al ver al leproso extendió la mano para tocarlo. Al ver llorar a la viuda de Naín, su corazón se conmovió. Al ver a Zaqueo escondido entre las ramas, levantó la vista y lo llamó por su nombre.

Jesús no solo miraba. Veía.

Y existe una enorme diferencia entre ambas cosas. Mirar puede ser un acto mecánico. Ver supone dejar que la realidad entre en el corazón. Quizá por eso la compasión siempre comienza por los ojos. Nadie puede amar aquello que ha decidido dejar de ver.

Cuando recuerdo a aquellos niños de Medellín, comprendo que el Señor me estaba regalando una lección que iba mucho más allá de aquella tarde. Me estaba enseñando a pedir una mirada nueva. Porque la fe no consiste únicamente en creer en Dios. También consiste en aprender a mirar el mundo como Él lo mira.

San Antonio María Claret también aprendió a mirar la realidad con los ojos del Evangelio. Cuando llegó como arzobispo a Cuba encontró una sociedad profundamente herida por la esclavitud, la pobreza, el abandono de muchos niños y una creciente descristianización. No se limitó a contemplar aquella realidad ni a lamentarse por ella. Recorrió incansablemente su diócesis anunciando la Palabra, luchó contra la esclavitud, promovió la educación, creó una granja-escuela para niños pobres, impulsó iniciativas sociales y buscó comunidades religiosas que atendieran las necesidades de la población. Claret nos enseña que cuando aprendemos a mirar como Jesús, tarde o temprano esa mirada termina comprometiendo nuestras manos. La compasión cristiana comienza viendo el sufrimiento, pero no puede conformarse con contemplarlo desde lejos.

Pienso que esa sigue siendo una llamada muy actual para nosotros. Tal vez no podamos resolver todos los problemas del mundo. No podremos acabar con la pobreza, con la violencia o con las adicciones. Pero sí podemos evitar que el sufrimiento de los demás nos resulte indiferente.

Hay una forma de pobreza que pasa desapercibida y que quizá sea una de las más peligrosas: la pobreza de un corazón incapaz de conmoverse.

Cada día nos cruzamos con personas que llevan heridas invisibles. Un anciano que vive solo. Un joven atrapado por una adicción. Una madre agotada por las dificultades de su hogar. Un compañero de trabajo que sonríe mientras carga una profunda tristeza. Un migrante que ha dejado atrás toda su vida. Muchas veces pasan delante de nosotros y seguimos caminando porque tenemos prisa.

Jesús probablemente se habría detenido.

Y esa pregunta no deja de interpelarme:

¿A quién estoy dejando de ver?

Quizá la conversión que el Señor espera de nosotros no comience haciendo grandes obras, sino recuperando la capacidad de detenernos. De levantar la mirada. De descubrir que detrás de cada rostro hay una historia sagrada que merece respeto, escucha y amor.

Aquel día no pude cambiar la vida de aquellos niños.

Pero ellos cambiaron la mía.

Desde entonces procuro pedirle al Señor, cada vez que celebro la Eucaristía o me detengo un momento delante del Sagrario, una gracia muy concreta:

“Señor, enséñame a mirar como Tú miras”.

Porque estoy convencido de que el mundo comienza a transformarse cuando dejamos de pasar de largo y permitimos que el dolor de nuestros hermanos vuelva a tocar nuestro corazón.

Para recordar

Podemos acostumbrarnos tanto al sufrimiento que terminemos mirándolo sin verlo. Jesús, en cambio, nunca pasó indiferente ante el dolor humano. Su mirada descubría personas allí donde otros solamente veían problemas, pobres, enfermos o pecadores.

La conversión cristiana también necesita alcanzar nuestros ojos. Pedir una mirada nueva significa aprender a detenernos, dejarnos conmover y reconocer en cada persona, especialmente en la más herida, a un hijo amado de Dios.

Esta semana intenta mirar con mayor atención a las personas que normalmente pasan inadvertidas en tu camino. No tienes que resolver todos sus problemas. Quizá puedas comenzar simplemente deteniéndote, escuchando, saludando, ayudando o rezando. La compasión comienza cuando dejamos de pasar de largo.

Oremos

Señor Jesús,

dame tus ojos para mirar a quienes encuentro en el camino. No permitas que me acostumbre al sufrimiento ni que la prisa vuelva indiferente mi corazón.

Enséñame a detenerme, a reconocer la dignidad de cada persona y a descubrir especialmente tu rostro en quienes más sufren.

Dame un corazón sensible y misericordioso, capaz de mirar como Tú miras, de conmoverse como Tú te conmueves y de amar como Tú amas.

Amén.

 

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