Blog 19 - Cuando tuve que aprender a hablar como un niño

Blog 19 – Cuando tuve que aprender a hablar como un niño

Miércoles 19 de agosto de 2026.

De cómo en la misión descubrí que, antes de anunciar el Evangelio, tenía que aprender a escuchar.

Por el P. Freddy Ramírez, CMF.

Cuando llegué como misionero a San Ignacio de Tupile, en Guna Yala, Panamá, experimenté uno de los choques culturales más grandes de mi vida. Llegaba con ilusión, con deseos de servir y con la conciencia de haber sido enviado para anunciar el Evangelio, pero desde los primeros días descubrí una dificultad que no podía ignorar: la gente me hablaba en su idioma y yo no entendía prácticamente nada. Sabía que muchas personas podían comunicarse también en español, pero entre ellos hablaban naturalmente en guna y, cuando se dirigían a mí, con frecuencia comenzaban haciéndolo en su propia lengua. Me saludaban, me preguntaban cosas, esperaban una respuesta, y yo apenas podía sonreír intentando adivinar qué me estaban diciendo.

Aquella experiencia me hizo sentir completamente desarmado. Estaba acostumbrado a utilizar la palabra como una de las principales herramientas de mi ministerio: predicar, conversar, enseñar, escuchar, acompañar a las personas. De repente me encontraba en un lugar donde esa herramienta parecía haber desaparecido de mis manos. Tenía mucho que decir, pero no sabía cómo decirlo. Y, sobre todo, comenzaba a comprender que antes de preocuparme por lo que quería comunicar debía interesarme por comprender lo que aquellas personas querían comunicarme a mí.

Entonces hice algo muy sencillo: tomé una libreta.

Comencé a llevarla conmigo y, cuando alguien me decía alguna expresión que no comprendía, intentaba escribirla según mi oído. Después preguntaba qué significaba, cómo debía pronunciarla y en qué circunstancias se utilizaba. Poco a poco aquella pequeña libreta fue llenándose de palabras, preguntas, saludos y expresiones de la vida cotidiana. Sin haberlo planeado, estaba construyendo mi propio diccionario guna. Algunas veces pronunciaba mal; otras confundía las palabras y seguramente provoqué más de una sonrisa. Pero cada nueva expresión aprendida era una pequeña puerta que se abría.

Tuve entonces que hacer algo que todos hemos hecho alguna vez, aunque normalmente no lo recordemos: aprender a hablar como un niño. Mi vocabulario era mínimo. Construía frases sencillas, repetía palabras, preguntaba una y otra vez y necesitaba que los demás me corrigieran. Aquellas personas que yo había llegado dispuesto a acompañar pastoralmente se convirtieron también en mis maestros. Y esa inversión de los papeles comenzó a hacer algo importante dentro de mí. Para aprender su lengua tenía que aceptar que no sabía, escuchar con atención, equivocarme sin miedo y dejarme enseñar.

Con el tiempo comprendí que aquella libreta no me estaba enseñando solamente un idioma. Me estaba enseñando otra manera de ser misionero.

Había llegado preguntándome cómo anunciar el Evangelio a aquel pueblo. Poco a poco la pregunta comenzó a cambiar: ¿qué necesito aprender de este pueblo para poder caminar con él? La misión dejaba así de ser algo que estaba completamente bajo mi control. Evangelizar comenzaba a significar también escuchar, observar, preguntar, respetar y entrar con delicadeza en una historia que había comenzado mucho antes de mi llegada.

Descubrí entonces que aprender la lengua de un pueblo es mucho más que memorizar palabras. En un idioma vive la memoria de una comunidad. Allí están sus relaciones familiares, su manera de comprender la naturaleza, sus tradiciones, sus alegrías, sus temores y su forma particular de interpretar el mundo. Cuando alguien nos enseña su lengua, de alguna manera nos está permitiendo entrar en su casa interior. Por eso cada palabra guna que aprendía no era solamente una herramienta que me ayudaría a comunicarme mejor; era una pequeña oportunidad para acercarme al alma de aquel pueblo.

Fue entonces cuando empecé a comprender que mi tarea no consistía en llevar a Dios a un lugar donde estuviera ausente, sino en aprender a reconocer las huellas de su presencia en una historia que había comenzado mucho antes de mi llegada. Antes de hablar de Dios, necesitaba descubrir por dónde estaba pasando Dios.

Con el paso del tiempo fui adquiriendo un poco más de vocabulario y también mayor confianza para comunicarme. Pero ocurrió algo todavía más importante: las palabras comenzaron a convertirse en relaciones. Ya no reconocía únicamente expresiones; reconocía rostros, familias e historias. Cada conversación me permitía entrar un poco más en la vida cotidiana de la comunidad y comprender que la misión se construye precisamente así: no desde lejos, sino compartiendo la vida.

Fue entonces cuando comenzó a nacer una idea que me llenó de ilusión. ¿Por qué no crear un pequeño espacio donde pudieran encontrarse las dos lenguas y, al mismo tiempo, compartir elementos de la cultura, los valores y la vida de aquel pueblo?

Así comenzó a gestarse el Boletín Gunggidule.

No quería hacer simplemente una hoja parroquial traducida al guna. Deseaba que aquel pequeño boletín fuera también un espacio donde la cultura, la lengua y los valores del pueblo pudieran expresarse con dignidad. Y para hacerlo comprendí algo que ya venía aprendiendo desde mi llegada: tampoco podía trabajar solo. Busqué a varias personas de la comunidad, compartí con ellas la idea y comenzamos juntos a pensar qué podíamos ofrecer. La misión volvía a enseñarme la misma lección: cuando dejamos de querer hacerlo todo nosotros mismos, descubrimos capacidades extraordinarias en las personas que Dios ha puesto a nuestro lado.

Había que ponerle un nombre. Después de conversar surgió una palabra que me pareció especialmente hermosa: Gunggidule, que podríamos traducir como “persona de oro”. A través de esa expresión se quería destacar algo profundamente arraigado en la conciencia del pueblo guna: cada persona posee un valor y una dignidad que deben ser reconocidos. Me pareció un nombre extraordinario para aquel pequeño proyecto, porque expresaba mucho más que la identidad de un boletín. Decía algo de las personas a quienes estaba dirigido. Cada hombre, cada mujer, cada anciano y cada niño de aquellas islas era alguien valioso, alguien cuya historia merecía ser escuchada y respetada.

Así apareció el primer número. Era algo muy sencillo: una hoja tamaño carta doblada por la mitad. Incluíamos textos en guna acompañados de su traducción al español, elementos de la cultura, enseñanzas y valores que ayudaran a fortalecer la identidad de la comunidad. Hoy, acostumbrados a las redes sociales y a la comunicación inmediata, podría parecer un proyecto insignificante. Pero recuerdo perfectamente la ilusión con la que esperábamos tener aquel primer ejemplar entre las manos. Habíamos logrado crear algo juntos. No era el boletín de un misionero dirigido al pueblo guna. Era un pequeño proyecto que comenzábamos a construir juntos. Tal vez esa pequeña diferencia encerraba todo lo que yo estaba aprendiendo sobre la misión.

Después vino una parte que terminó siendo todavía más hermosa. Yo mismo comencé a recorrer la comunidad casa por casa para entregar Gunggidule. Lo que inicialmente parecía una simple tarea de distribución se convirtió rápidamente en una nueva experiencia misionera. Cada boletín entregado era una ocasión para saludar, conversar, entrar en una casa, conocer una familia y escuchar una historia. Pensaba que estaba llevando un papel a las personas, pero poco a poco descubrí que aquel pequeño papel estaba haciendo algo mucho más importante: estaba abriendo puertas.

Y detrás de cada puerta había una vida.

Aquellos recorridos me hicieron comprender que evangelizar nunca puede reducirse a transmitir contenidos. El Evangelio necesita entrar en relación con la vida. Jesús mismo caminó por los pueblos, entró en las casas, se sentó a la mesa, escuchó preguntas y conoció sufrimientos. El Evangelio siempre termina teniendo rostro, nombre e historia.

También comprendí entonces una imagen que desde aquellos años considero muy importante para la misión: no podemos comprender la capacidad de un árbol para producir frutos si desconocemos sus raíces. Y las raíces de un pueblo están profundamente hundidas en su lengua, su historia, sus tradiciones, sus símbolos, su relación con la tierra, sus valores y su memoria colectiva. Podemos llegar deseando frutos pastorales inmediatos, pero si no nos detenemos primero a conocer las raíces corremos el riesgo de realizar una evangelización superficial, incapaz de entrar verdaderamente en el corazón de las personas.

Por eso aquella experiencia terminó dándome una gran lección. Al principio había llegado preocupado por encontrar las palabras adecuadas para anunciar el Evangelio. Después descubrí que una parte esencial de mi misión consistía precisamente en guardar silencio y escuchar. Yo también necesitaba dejarme interpelar por la generosidad, la sabiduría y los valores que encontraba en aquel pueblo. La misión dejó de ser una realidad que podía organizar completamente desde mis propios criterios y comenzó a convertirse en una aventura compartida en la que debía permanecer atento a lo que Dios ya estaba haciendo.

El misionero nunca llega primero. Dios siempre ha llegado antes. Nuestra tarea consiste muchas veces en descubrir su presencia, reconocerla, acompañarla y ayudar a que produzca nuevos frutos. Esto exige abandonar cierta autosuficiencia pastoral. No somos propietarios del Evangelio. Somos servidores de una Palabra que hemos recibido como don y que también nosotros necesitamos escuchar. Por eso la misión auténtica nunca nos deja iguales: mientras anunciamos a Jesucristo, Él continúa convirtiendo también nuestro corazón.

Y pienso que esta experiencia no sirve únicamente para quienes somos enviados a otra cultura. Todos necesitamos aprender alguna vez a “hablar como niños”. También ocurre en nuestras familias, en nuestras comunidades, en la Iglesia y en nuestras relaciones cotidianas. Muchas dificultades comienzan porque creemos conocer de antemano lo que el otro piensa, siente o necesita. Hablamos demasiado rápido, respondemos antes de escuchar e interpretamos al otro desde nuestros propios criterios. Queremos que comprenda nuestro lenguaje sin hacer primero el esfuerzo de aprender el suyo.

Quizá amar sea también eso: aprender el idioma del otro.

No necesariamente su idioma hablado. Hay que aprender el idioma de sus heridas, de sus silencios, de sus esperanzas, de sus miedos y de su manera particular de comprender la vida. Amar a una persona exige acercarse con la humildad de quien lleva una libreta vacía y está dispuesto a aprender.

Han pasado los años, pero todavía recuerdo aquella pequeña libreta donde escribía, como podía, las primeras palabras que escuchaba en guna. Ahora comprendo que aquellas páginas guardaban mucho más que vocabulario. Guardaban el testimonio de una conversión interior. Mientras intentaba aprender una nueva lengua, el Señor me estaba enseñando a abandonar la seguridad de quien cree tener todas las respuestas y recuperar la sencillez del niño que pregunta, escucha, se equivoca, aprende y vuelve a intentarlo.

Llegué a Guna Yala buscando las palabras necesarias para anunciar el Evangelio.

Y terminé descubriendo que, antes de hablar, tenía que aprender a escuchar.

Quizá esa sea una de las lecciones más hermosas que me dejó la misión: para entrar en el corazón de una persona no basta con hablar su idioma. Hay que estar dispuesto a escuchar su vida.

 

Para recordar

Muchas veces creemos que para ayudar a los demás necesitamos tener las palabras correctas. Sin embargo, la experiencia de Guna Yala me enseñó que el verdadero encuentro comienza mucho antes: cuando somos capaces de escuchar.

Aprender el idioma del otro significa acercarnos con humildad a su historia, sus heridas, sus esperanzas y su manera de comprender la vida. Esto vale para la misión, pero también para nuestras familias, comunidades y relaciones cotidianas. No siempre necesitamos hablar más; muchas veces necesitamos escuchar mejor.

Busca a una persona cercana y regálale un tiempo de verdadera escucha. No te apresures a aconsejar, responder o contar tu propia experiencia. Escucha con atención. Tal vez descubras algo de su vida que nunca habías comprendido y, en ella, una presencia de Dios que hasta ahora no habías reconocido.

 

Oremos:

Señor Jesús,

Tú supiste acercarte a cada persona con respeto, escuchar sus preguntas, conocer sus heridas y descubrir lo que llevaba escondido en el corazón.

Enséñame también a escuchar.

Líbrame de creer que siempre tengo la palabra correcta, la respuesta necesaria o la solución para los demás. Dame la humildad del niño que pregunta, aprende, se equivoca y vuelve a comenzar.

Ayúdame a aprender el idioma de quienes has puesto a mi lado: el idioma de sus silencios, de sus heridas, de sus esperanzas y de sus sueños.

Que nunca olvide que Tú has llegado antes que yo al corazón de cada persona. Hazme respetuoso ante ese misterio y concédeme la gracia de descubrir las huellas de tu presencia en cada vida que encuentre en mi camino.

Y cuando me corresponda anunciar tu Evangelio, que mis palabras nazcan siempre de un corazón que primero ha sabido escuchar. Amén.

 

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