Domingo 9 de agosto de 2026
Mateo 14, 22-33
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de hoy nos presenta una escena llena de simbolismo. Los discípulos están en una barca, en medio del lago, mientras el viento es contrario y las olas la sacuden con fuerza. Jesús, entretanto, ha subido al monte para orar. Cuando llega la madrugada, se acerca a ellos caminando sobre las aguas.
La barca representa a la Iglesia, pero también la vida de cada uno de nosotros. Todos, en algún momento, experimentamos vientos contrarios: una enfermedad, un problema familiar, una crisis económica, un fracaso, una preocupación que parece no tener salida o una fe que atraviesa momentos de oscuridad. Son situaciones que nos hacen pensar que estamos solos y que la tormenta terminará por vencernos.
Sin embargo, el Evangelio nos enseña que, aunque los discípulos no vean a Jesús, Él nunca deja de velar por ellos. Mientras ellos luchan contra el viento, Jesús está orando al Padre. Y cuando llega el momento oportuno, se acerca. Dios nunca abandona a sus hijos. Tal vez no actúa cuando nosotros quisiéramos, pero siempre llega a tiempo.
Cuando los discípulos ven a Jesús caminando sobre el mar, creen que es un fantasma y se llenan de miedo. ¡Qué fácil es confundir la presencia de Dios cuando atravesamos una prueba! A veces pensamos que Dios se ha alejado, cuando en realidad está más cerca que nunca. Por eso resuenan aquellas palabras que atraviesan todo el Evangelio: “¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo”. La fe comienza precisamente cuando dejamos que la voz de Cristo sea más fuerte que nuestras preocupaciones.
Pedro, impulsivo como siempre, responde: “Señor, si eres Tú, mándame ir hacia Ti caminando sobre el agua”. Jesús simplemente le dice: “Ven”. Pedro baja de la barca y, mientras mantiene la mirada fija en Jesús, también camina sobre las aguas. Pero cuando deja de mirar al Señor y comienza a fijarse en la fuerza del viento, siente miedo y empieza a hundirse.
¡Cuántas veces nos ocurre lo mismo! Mientras nuestra mirada permanece puesta en Cristo, encontramos fuerza para afrontar las dificultades. Pero cuando concentramos toda nuestra atención en los problemas, en nuestros límites o en el miedo al futuro, comenzamos a hundirnos en la angustia, el desánimo y la desesperanza.
Lo más hermoso del relato es que Pedro no se hunde porque tenga poca fe, sino porque, aun hundiéndose, sabe a quién acudir. Su oración es una de las más breves y más profundas del Evangelio: “¡Señor, sálvame!” E inmediatamente Jesús extiende la mano y lo sostiene. Esa mano sigue extendida hoy. Cristo no espera que seamos perfectos; espera que confiemos en Él y que no dejemos de invocarlo cuando sentimos que las fuerzas nos abandonan.
El Evangelio termina con una hermosa profesión de fe. Cuando Jesús sube a la barca, el viento cesa y los discípulos se postran ante Él diciendo: “Verdaderamente eres el Hijo de Dios”. Las tormentas, cuando se viven con fe, pueden convertirse en el lugar donde descubrimos con mayor profundidad quién es Jesús. Muchas veces es precisamente en los momentos difíciles donde nuestra fe deja de ser una teoría y se convierte en una experiencia personal del Dios que sostiene, acompaña y salva.
Pidamos al Señor que, cuando arrecien los vientos contrarios en nuestra vida, no nos dejemos dominar por el miedo. Que aprendamos a mantener siempre la mirada fija en Cristo, a confiar más en su presencia que en nuestras preocupaciones y a repetir, con la sencillez y la confianza de Pedro: “Señor, sálvame”. Entonces experimentaremos que su mano nunca deja de sostener a quien pone en Él toda su confianza.
Oración ante Jesús Eucaristía
Inspirada en Mateo 14, 22-33
Señor Jesús,
presente y vivo en el Santísimo Sacramento,
hoy me acerco a Ti como Pedro en medio del lago.
No vengo porque mi fe sea perfecta,
sino porque sé que solo Tú tienes palabras de vida
y solo Tú puedes sostenerme cuando mis fuerzas se agotan.
Muchas veces mi vida se parece a esa barca
sacudida por los vientos contrarios.
Hay preocupaciones que me inquietan,
decisiones que me pesan,
cruces que no siempre comprendo
y temores que intentan robarme la paz.
Sin embargo, hoy escucho nuevamente tu voz:
“¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo”.
Y quiero creer que esa palabra
también ha sido pronunciada para mí.
Señor,
hoy decido mantener mi mirada fija en Ti.
No quiero vivir pendiente de las olas,
ni dejar que el miedo gobierne mis decisiones.
Quiero aprender a caminar contigo,
aunque el camino parezca inseguro
y el viento sople con fuerza.
Cuando la duda quiera ocupar mi corazón,
volveré mis ojos hacia Ti.
Cuando el cansancio me haga pensar en renunciar,
daré un paso más confiando en tu gracia.
Cuando las dificultades parezcan más grandes que mis fuerzas,
recordaré que tu poder es mayor que cualquier tormenta.
Y si alguna vez comienzo a hundirme,
no permitiré que el orgullo me impida pedir ayuda.
Con la sencillez de Pedro,
quiero repetir desde lo más profundo de mi alma:
“Señor, sálvame”.
Extiende también hoy tu mano sobre mí.
Levántame cuando caiga.
Fortalece mi fe cuando vacile.
Devuélveme la paz cuando el miedo me paralice.
Y enséñame a descubrir
que nunca dejas sola la barca de tu Iglesia
ni la vida de quienes confían en Ti.
Al contemplarte en la Eucaristía,
comprendo que sigues viniendo hacia nosotros,
no caminando sobre las aguas,
sino haciéndote Pan para acompañar nuestro camino.
Aquí estás,
silencioso y humilde,
esperando que vuelva a poner en Ti
toda mi confianza.
Hoy renuevo mi decisión de caminar contigo.
Confiaré más y me preocuparé menos.
Oraré antes de desesperarme.
Esperaré antes de rendirme.
Y buscaré tu presencia cada día,
porque sé que quien permanece contigo
nunca navega solo.
Señor Jesús Eucaristía,
quédate siempre en la barca de mi vida.
Sé mi fortaleza en la tormenta,
mi luz en la oscuridad,
mi paz en la incertidumbre
y la roca firme sobre la que pueda sostener toda mi existencia.
Amén.
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