Miércoles 5 de agosto de 2026.
Hay personas que, sin proponérselo, nos ayudan a descubrir el verdadero rostro del Padre.
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
A lo largo de la vida conocemos personas que dejan una huella imborrable en nuestro corazón. Algunas nos enseñan un oficio, otras nos transmiten conocimientos o nos ayudan a tomar decisiones importantes. Pero existen personas cuya presencia transforma algo mucho más profundo: cambian la manera como experimentamos a Dios. No porque hablen continuamente de Él, sino porque su forma de escuchar, de mirar, de perdonar y de amar termina haciéndonos visible el rostro de Jesucristo. Al mirar mi propia historia vocacional, puedo decir con inmensa gratitud que una de esas personas fue el padre Rafael de Sivatte, un jesuita catalán que acompañó silenciosamente algunos de los años más decisivos de mi formación sacerdotal.
El padre Rafa llegó a El Salvador en la década de los noventa, después del asesinato de los jesuitas de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, los mártires de la UCA. Fue uno de los jesuitas enviados a El Salvador para dar continuidad a la labor educativa y misionera de sus hermanos asesinados en 1989. Mientras muchos contemplaban con temor aquella realidad marcada por la violencia, él decidió entregar allí su vida. Era un hombre profundamente enamorado de la Sagrada Escritura. Enseñaba latín y griego, impartía cursos de Antiguo Testamento y dedicó muchas horas al estudio de los profetas. Escribió incluso un hermoso libro, Dios camina con su pueblo, donde presenta la historia de la Antigua Alianza como un largo camino de fidelidad entre Dios y su pueblo.
Sin embargo, con el paso de los años he comprendido que la lección más importante que recibí del padre Rafa nunca estuvo en un aula universitaria. No fue una clase de griego ni una brillante explicación sobre Isaías o Jeremías. Fue algo infinitamente más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más transformador. El padre Rafa me ayudó a descubrir que Dios era mucho mejor de lo que yo había imaginado.
Durante mis cuatro años de estudios teológicos fue mi director espiritual y mi confesor. Aquella etapa estaba llena de entusiasmo, pero también de preguntas, luchas interiores y deseos sinceros de responder con radicalidad al Señor. Como ocurre con muchos jóvenes que buscan vivir seriamente su fe, llevaba dentro una imagen de Dios marcada todavía por cierta rigidez. Intelectualmente sabía que Dios era misericordioso, pero en el fondo seguía relacionándome con Él desde el esfuerzo, la exigencia y el temor de no estar nunca a la altura de lo que esperaba de mí. Sin darme cuenta, había construido una imagen de un Dios demasiado lejano, excesivamente estricto, perfeccionista y casi siempre pendiente de mis errores.
El padre Rafa nunca intentó corregir esa imagen mediante largas explicaciones. Lo hizo de una manera mucho más evangélica: tratándome como Dios mismo quería tratarme.
Tenía una extraordinaria capacidad para escuchar. Nunca daba la impresión de tener prisa. Cuando uno se sentaba frente a él tenía la certeza de que, durante aquellos minutos, era la persona más importante del mundo. Escuchaba con atención, sin interrumpir, sin precipitar consejos y sin convertir la confesión en un interrogatorio. Su serenidad transmitía una paz tan profunda que uno podía abrir el corazón sin miedo. Hoy comprendo que la escucha también puede ser una forma de revelar el amor de Dios.
Recuerdo especialmente una confesión que marcó profundamente mi vida espiritual. Después de abrirle el corazón con total sinceridad, le dije algo que reflejaba muy bien la imagen de Dios que llevaba dentro:
—Padre, necesito que me ponga una penitencia más fuerte para que no me acostumbre a pecar.
Aquella petición nacía de un deseo auténtico de conversión. Yo pensaba que una penitencia exigente me ayudaría a ser mejor, que Dios esperaba de mí una respuesta inmediata y casi perfecta. En el fondo seguía creyendo que el crecimiento espiritual dependía sobre todo de mi esfuerzo personal.
El padre Rafa levantó la mirada, sonrió con esa paz que parecía habitar permanentemente en su rostro y respondió con una frase que jamás he olvidado:
—No hace falta. La misericordia de Dios lo puede todo.
No añadió nada más.
Y, sin embargo, aquella sencilla respuesta comenzó a trabajar lentamente en mi interior. Como ocurre con las semillas del Evangelio, no produjo un cambio inmediato. Fue transformando mi corazón poco a poco, casi sin que yo lo advirtiera. Con el paso de los años comprendí que el padre Rafa no estaba disminuyendo la importancia del pecado. Me estaba enseñando algo mucho más grande: que la misericordia de Dios siempre es mayor que nuestra fragilidad.
Había otro gesto suyo que terminó de cambiar mi experiencia de Dios.
Al concluir cada confesión se levantaba, se acercaba y me daba un abrazo.
No era un gesto de cortesía.
No era una despedida rápida.
Era un abrazo fuerte.
Un abrazo lleno de cariño, de cercanía y de paz.
Nunca me explicó su significado. Nunca dijo que representaba el amor del Padre. Simplemente me abrazaba. Pero aquel gesto decía más que muchos libros de teología.
Con el paso del tiempo comprendí que no era únicamente el abrazo del padre Rafa lo que permanecía vivo en mi memoria. Lo que realmente había comenzado a cambiar era mi manera de experimentar a Dios. Poco a poco fueron cayendo aquellas imágenes que, sin darme cuenta, había construido desde mis propios miedos.
Durante muchos años me relacioné con Dios creyendo que debía ganarme constantemente su aprobación. Pensaba que cada caída era una decepción para Él y que el camino de la santidad consistía principalmente en exigirme más y más. Hoy descubro que aquella imagen decía más de mis miedos que del verdadero corazón de Dios. Descubrí que Dios no permanecía distante observando mis caídas, sino caminando conmigo. Comprendí que no esperaba de mí una perfección inmediata, sino una conversión paciente, humilde y perseverante. Aprendí que el Padre no se desespera con nuestras luchas ni se cansa de levantarnos una vez más. Él sabe esperar, sostiene nuestros pequeños avances y continúa creyendo en nosotros incluso cuando nosotros mismos perdemos la esperanza.
Fue entonces cuando la palabra Abbá, con la que Jesús llamaba a su Padre, dejó de ser para mí un concepto aprendido en las clases de teología. Comenzó a convertirse lentamente en una experiencia. Ya no rezaba únicamente porque debía hacerlo. Empecé a descubrir el gozo de volver una y otra vez a un Padre que me esperaba con los brazos abiertos.
Con frecuencia pensamos que conocer a Dios consiste en aprender doctrinas o memorizar conceptos. Todo eso es importante. Pero existe un conocimiento mucho más profundo: el que nace de la experiencia. Uno puede repetir durante años que Dios es amor y, sin embargo, no sentirse verdaderamente amado. Puede hablar de la misericordia y seguir viviendo como si Dios llevara una estricta contabilidad de nuestros errores. Por eso Jesús no vino únicamente a enseñarnos verdades sobre el Padre. Vino a mostrarnos su rostro.
Toda la vida de Jesús fue una corrección de las imágenes deformadas que los seres humanos habíamos construido acerca de Dios. Por eso abrazó a los niños, tocó a los leprosos, se dejó encontrar por los pecadores y contó la parábola del padre misericordioso. El mayor problema de muchas personas no es creer que Dios existe. El verdadero desafío consiste en creer que Dios es realmente así de bueno.
En ese sentido, el padre Rafa fue para mí un auténtico maestro del Evangelio. Nunca buscó protagonismo. Nunca pretendió impresionar a nadie con su enorme preparación bíblica. Simplemente vivía de tal manera que uno terminaba creyendo más en la misericordia de Dios después de hablar con él. Sin proponérselo, se convirtió en un reflejo del corazón del Padre.
Con frecuencia pienso que todos necesitamos encontrar un “padre Rafa” a lo largo de la vida. No necesariamente un sacerdote. Puede ser una madre, un abuelo, una religiosa, un catequista, un maestro o un amigo. Personas cuya manera de escuchar, de perdonar, de sonreír o de abrazar termina revelándonos algo del mismo Dios. Sin proponérselo, corrigen las imágenes deformadas que llevamos dentro y nos ayudan a descubrir el rostro del Padre que Jesús vino a mostrarnos. Su mayor enseñanza no está en lo que dicen, sino en la forma como aman.
Pero este pensamiento me lleva también a una pregunta inevitable. Si yo necesité encontrar a alguien que me acercara al corazón de Dios, ¿no estarán esperando otros encontrar hoy a una persona que haga lo mismo por ellos? Quizá la misión más hermosa de un cristiano consista precisamente en convertirse, con la gracia de Dios, en un pequeño reflejo de su misericordia. Tal vez nunca escribamos un libro, ni pronunciemos grandes conferencias, ni seamos recordados por nuestros talentos. Sin embargo, una palabra de esperanza, una escucha paciente, un perdón ofrecido a tiempo o un abrazo sincero pueden cambiar para siempre la imagen que alguien tiene de Dios.
San Antonio María Claret comprendió profundamente esta verdad. El secreto de toda su vida apostólica quedó resumido en una frase que brotaba de su propia experiencia espiritual: “El amor de Cristo me urge” (Autobiografía, n. 113; cf. 2 Co 5,14). Solo quien se sabe inmensamente amado puede convertirse en testigo creíble de ese amor. La misión nace siempre de un corazón que primero ha sido abrazado por Dios.
El padre Rafael partió a la Casa del Padre el 28 de agosto de 2025. Muchos lo recordarán por sus clases de latín o griego, por su profundo conocimiento de la Biblia o por su pasión por los profetas. Yo conservaré otro recuerdo que ocupa un lugar muy especial en mi corazón.
Recordaré sus abrazos. Porque gracias a ellos comprendí que Dios no solo perdona. También abraza.
Y quizá esa sea la mayor enseñanza que recibí durante aquellos años de formación: el padre Rafa no cambió a Dios; cambió mis ojos. Dios siempre había sido así. El que necesitaba convertirse era yo para descubrir su verdadero rostro.
Desde entonces, cada vez que proclamo que creo en Dios Padre, ya no pienso únicamente en una verdad aprendida en los libros. Pienso en aquel anciano jesuita que, al terminar cada confesión, me estrechaba con un abrazo fuerte y lleno de cariño. En ese gesto sencillo descubrí algo que me sigue acompañando hasta hoy: hay personas que no solo nos hablan de Dios; nos permiten experimentarlo. Y ese, estoy convencido, es uno de los mayores regalos que un ser humano puede hacer a otro.
Con gratitud por la vida del P. Rafael de Sivatte, SJ (* Barcelona, 1943 – † San Salvador, 2025), que, sin saberlo, me ayudó a descubrir un poco mejor el rostro misericordioso del Padre.
Para recordar
A veces pasamos años creyendo en un Dios que se parece más a nuestros miedos que al Padre que Jesús vino a revelarnos. La buena noticia es que Dios nunca deja de salir a nuestro encuentro para corregir esa imagen. Lo hace a través de su Palabra, de los sacramentos y, muchas veces, por medio de personas cuya vida refleja su ternura y su misericordia.
Quizá todos necesitamos encontrar, en algún momento de nuestra historia, a alguien que nos ayude a descubrir que Dios no nos ama porque somos perfectos. Nos ama porque somos sus hijos.
Haz memoria de aquellas personas que, con su bondad, su paciencia o su manera de amar, te ayudaron a acercarte más a Dios. Da gracias por ellas. Y pregúntate también: ¿para quién podría ser yo hoy un pequeño reflejo del rostro misericordioso del Padre?
Oremos:
Padre bueno,
gracias por las personas que has puesto en mi camino para enseñarme, con su vida, que tu amor es mucho más grande de lo que imaginaba.
Sana las imágenes equivocadas que todavía llevo en mi corazón y ayúdame a descubrir cada día tu verdadero rostro, revelado por Jesucristo.
Hazme también instrumento de tu misericordia, para que quienes se acerquen a mí encuentren siempre una palabra de esperanza, una escucha sincera y un corazón dispuesto a abrazar.
Que, como san Antonio María Claret, viva impulsado por el amor de Cristo y ayude a otros a descubrir la alegría de saberse hijos tuyos. Amén.
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