Blog 14 – Homilía - Cuando lo poco se vuelve abundancia

Blog 14 – Homilía – Cuando lo poco se vuelve abundancia

Domingo 2 de agosto de 2026

Mateo 14, 13-21

Por el P. Freddy Ramírez, cmf.

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy comienza con una escena profundamente humana. Jesús acaba de recibir la noticia de la muerte de Juan el Bautista. Su primo, el gran profeta que preparó su camino, ha sido asesinado. Jesús experimenta el dolor de la pérdida y busca un lugar apartado para estar a solas. Sin embargo, la multitud lo sigue. En lugar de molestarse o de cerrarles las puertas, el Evangelio nos revela el corazón de Cristo: “Al desembarcar, vio una gran muchedumbre; se compadeció de ella y curó a los enfermos”.

La primera enseñanza es precisamente esa: el dolor no endurece el corazón de Jesús; lo hace aún más compasivo. Con frecuencia, cuando tenemos problemas, dejamos de mirar a los demás. El sufrimiento puede encerrarnos en nosotros mismos. Jesús, en cambio, nos enseña que el amor puede ser más grande que nuestras propias heridas.

También nosotros podemos preguntarnos: cuando estoy cansado, preocupado o desanimado, ¿soy capaz de seguir viendo las necesidades de quienes me rodean? Muchas veces basta una llamada telefónica, una visita, una palabra de aliento o un gesto de cercanía para aliviar la carga de otra persona. La caridad no comienza cuando desaparecen nuestros problemas; comienza cuando decidimos que nuestros problemas no nos impedirán amar.

Al caer la tarde, los discípulos hacen un planteamiento muy razonable: “Despide a la gente para que vaya a los pueblos y compre alimentos”. Humanamente tienen razón. Pero Jesús responde con una frase que cambia completamente la perspectiva: “No hace falta que vayan; denles ustedes de comer”.

Ahí encontramos el centro del Evangelio. Jesús no quiere discípulos que solamente detecten los problemas; quiere discípulos que se sientan responsables de ellos. Es muy fácil decir: “Alguien debería hacer algo”. Lo difícil es escuchar a Cristo diciendo: “Háganlo ustedes”.

Eso sucede continuamente en nuestra vida. Vemos una familia que necesita reconciliarse, un joven que busca orientación, un anciano que vive solo, una comunidad que necesita servidores o una persona que simplemente espera ser escuchada. Con frecuencia pensamos que esa tarea corresponde a otros. Pero Jesús sigue repitiéndonos: “Denles ustedes de comer”.

Los discípulos responden: “Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados”. Es la lógica de la escasez. Miran lo poco que tienen y concluyen que no vale la pena intentarlo. Jesús, en cambio, trabaja con lo pequeño. No les pide lo que no poseen; les pide que le entreguen lo que sí tienen.

Este es un mensaje profundamente esperanzador. Dios no espera que seamos perfectos, que dispongamos de todos los recursos o que nos sintamos completamente preparados. Solo espera que pongamos en sus manos nuestros “cinco panes y dos pescados”: nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestra disponibilidad, nuestra fe, aunque sea pequeña. Lo que se entrega a Cristo nunca permanece pequeño. Él lo bendice, lo transforma y lo multiplica.

Quizá uno de los mayores obstáculos para servir al Señor sea pensar: “Yo no puedo”, “No sé lo suficiente” o “Hay personas mejores que yo”. Sin embargo, el Evangelio nos muestra que Dios realiza grandes obras con personas sencillas que están dispuestas a ofrecer lo poco que poseen.

El relato concluye diciendo que todos comieron hasta quedar satisfechos y todavía recogieron doce canastos llenos de sobras. Así actúa Dios. Su generosidad supera siempre nuestros cálculos. Cuando compartimos con amor, nadie sale perdiendo; todos reciben más de lo esperado. El egoísmo produce escasez; la generosidad abre espacio para la abundancia de Dios.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón compasivo como el suyo, unos ojos capaces de descubrir las necesidades de los demás y una fe que no se detenga ante las limitaciones. Que tengamos la valentía de poner en sus manos lo poco que somos y lo poco que tenemos. Entonces veremos que Él sigue realizando el milagro de multiplicar el bien por medio de quienes se atreven a decirle: Señor, esto es lo que tengo; úsalo para tu Reino.

 

Oremos:

Señor Jesús,
hoy vengo a adorarte en la Eucaristía,
y descubro que también hoy diriges tu mirada hacia mí,
no con reproche, sino con infinita compasión.

Gracias porque nunca pasas de largo ante mis necesidades,
porque conoces mis cansancios, mis heridas y mis luchas,
y, aun así, sigues llamándome a colaborar contigo.

Hoy quiero dejar de decir:
No puedo, No tengo, No soy capaz.
Quiero aprender a responder como un verdadero discípulo.

Señor, pondré en tus manos lo poco que soy y lo poco que tengo.
Te ofreceré mi tiempo, aunque sea limitado.
Te ofreceré mi palabra, para consolar a quien lo necesite.
Te ofreceré mis manos, para servir sin esperar recompensa.
Te ofreceré mi inteligencia, para buscar siempre el bien.
Te ofreceré mi corazón, para amar incluso cuando me cueste.

No quiero ser de los que solamente observan las necesidades del mundo.
Quiero ser de los que dan un paso adelante.
No quiero esperar que otros hagan el bien que yo puedo hacer.
Quiero asumir mi responsabilidad en la construcción de tu Reino.

Dame la iniciativa para visitar al enfermo,
para llamar a quien está solo,
para reconciliarme con quien me ha herido,
para compartir con quien pasa necesidad,
para servir con alegría en mi comunidad,
para anunciarte con una vida coherente.

Y cuando vuelva a pensar que mis cinco panes

y mis dos peces son demasiado poco,
recuérdame que el milagro nunca comienza con la abundancia,
sino con la generosidad.

Hoy decido confiar más en tu poder que en mis limitaciones.
Caminaré contigo.
Serviré contigo.
Compartiré contigo.
Y dejaré que seas Tú quien multiplique el bien

que yo apenas puedo comenzar.

Que cada Eucaristía me haga más disponible,
más generoso, más valiente
y más semejante a Ti. Amén.

 

 

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