Domingo 26 de julio de 2026
La fuerza de quien ha aprendido a depender de Dios
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
Hay imágenes que el tiempo no consigue borrar. Permanecen grabadas en la memoria porque, sin necesidad de grandes discursos, revelan una profunda verdad sobre Dios y sobre el corazón humano. Dos de esas imágenes las recibí durante mis años de formación, cuando era enviado de misión a comunidades campesinas e indígenas de Centroamérica.
La primera ocurrió en una humilde casa campesina de El Salvador. Habíamos compartido la cena con la familia y la noche llegaba a su fin. Después de acostarnos, puede ver cómo el padre de familia se arrodilló en silencio en la sala. No buscaba llamar la atención ni hacer una demostración de piedad. Simplemente comenzó a hablar con Dios. Oró por su esposa, por sus hijos, por el trabajo del día siguiente y por las necesidades de su hogar. Nadie decía una palabra. Todos sabían que aquel era un momento sagrado.
La segunda escena la viví en una comunidad indígena q’eqchi’ de Guatemala. Todavía era de madrugada, quizá las cuatro de la mañana. Antes de que el sol comenzara a iluminar las montañas, me despertó un murmullo suave que venía de la casa. Pensé que alguien ya estaba preparando el desayuno para salir al campo. Sin embargo, al prestar atención descubrí que aquel murmullo era una oración.
Era un matrimonio.
Rezaban juntos.
Presentaban a Dios su vida, sus hijos, el trabajo, las cosechas, las preocupaciones y los sueños de la familia. Después encendieron el fuego, prepararon los alimentos y comenzaron las labores del día.
Primero hablaron con Dios.
Después salieron al encuentro de la vida.
Aquellas escenas me acompañan hasta hoy porque comprendí que estaba contemplando algo mucho más profundo que una simple práctica religiosa. Aquellas personas habían descubierto un secreto que nuestra sociedad parece olvidar: la verdadera fortaleza no consiste en creer que podemos con todo. Consiste en saber en manos de quién ponemos nuestra vida.
Vivimos en una cultura que nos educa para ser autosuficientes. Desde pequeños aprendemos que debemos controlar las circunstancias, planificar cada detalle, resolver los problemas por nuestras propias fuerzas y demostrar que somos capaces de salir adelante sin depender de nadie. Poco a poco terminamos creyendo que todo descansa sobre nuestros hombros. Y cuando las cosas escapan de nuestro control, aparecen el miedo, la ansiedad, el cansancio y la frustración.
Jesús propone exactamente el camino contrario.
En el Evangelio de san Juan dice con una sencillez desconcertante: “Sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15,5). Estas palabras no buscan disminuir nuestra dignidad ni fomentar la pasividad. Al contrario, nos recuerdan una verdad esencial: somos hijos antes que dueños de la historia. Nuestra vida encuentra su firmeza cuando permanece unida a Dios, como el sarmiento permanece unido a la vid.
Aquellas familias campesinas lo habían comprendido sin grandes tratados de teología. Sabían que una cosecha podía perderse por una sequía inesperada, que una enfermedad podía cambiar los planes de toda una familia o que el esfuerzo de un año entero dependía también de la lluvia que solo Dios podía regalar. Esa conciencia de los propios límites no las llevaba a la desesperación, sino a la confianza.
Rezaban porque sabían que necesitaban de Dios.
Y esa dependencia no las hacía más débiles.
Las hacía más libres.
Con frecuencia pensamos que depender de alguien es un signo de inmadurez. Sin embargo, en la vida espiritual ocurre exactamente lo contrario. La madurez cristiana consiste en reconocer con humildad que no somos autosuficientes y que toda nuestra existencia descansa en las manos amorosas del Padre.
San Antonio María Claret vivió profundamente esta experiencia. En su Autobiografía confiesa con sencillez: “Conocí que por mí mismo nada podía” (Autobiografía, n. 62). Lejos de desanimarlo, esta convicción se convirtió en el fundamento de toda su vida apostólica. Claret comprendió que la misión no dependía únicamente de sus capacidades, sino de la gracia de Dios que actuaba a través de él. Por eso pudo afrontar persecuciones, incomprensiones y enormes desafíos sin perder la paz.
Pienso que nosotros también necesitamos recuperar esa sabiduría sencilla. Hoy comenzamos el día mirando la pantalla del celular, revisando mensajes, noticias y pendientes. En pocos minutos nuestra mente ya está llena de preocupaciones. Quizá por eso nos cuesta tanto vivir con serenidad.
Aquellas familias comenzaban de otra manera.
Antes de escuchar las voces del mundo, escuchaban la voz de Dios.
Antes de cargar el peso del trabajo, depositaban su vida en las manos del Padre.
Antes de salir al encuentro de las dificultades, recordaban que no caminarían solos.
No era una pérdida de tiempo.
Era el fundamento de toda la jornada.
Todavía hoy, cuando me despierto muy temprano, vuelvo interiormente a aquellas madrugadas en Guatemala. Casi puedo escuchar nuevamente el murmullo de aquella pareja rezando antes del amanecer. Y me pregunto si la verdadera riqueza de aquella familia no estaba precisamente allí.
No poseían muchas cosas.
No tenían seguridades humanas.
Pero vivían sostenidos por una certeza que vale más que cualquier riqueza: Dios caminaba con ellos.
Quizá esa sea una de las lecciones más necesarias para nuestro tiempo. No necesitamos cargar solos el peso de la vida. Hay un Padre que conoce nuestras preocupaciones antes de que las pronunciemos y que nunca deja de acompañar a quienes ponen su confianza en Él.
La primera voz que debería escuchar nuestro corazón cada mañana es la voz de Dios, antes que las voces del mundo. Porque, al final, quien comienza el día de rodillas, aprende a vivirlo de pie.
Para recordar:
La confianza en Dios no nace cuando desaparecen los problemas, sino cuando descubrimos que nunca los enfrentamos solos. Quien comienza el día poniendo su vida en las manos del Padre aprende a caminar con una paz que el mundo no puede ofrecer.
La oración no cambia únicamente las circunstancias; cambia primero el corazón de quien ora. Nos recuerda que somos hijos, no dueños de la historia; peregrinos, no propietarios del futuro. Y esa certeza nos devuelve la serenidad para vivir cada jornada.
Antes de mirar el teléfono o comenzar tus actividades, dedica unos minutos a Dios. Entrégale tu familia, tu trabajo, tus preocupaciones y tus proyectos. Permite que la primera voz que escuche tu corazón sea la del Padre que nunca deja de acompañarte.
Oremos:
Padre bueno,
antes de comenzar este día quiero poner mi vida en tus manos.
Tú conoces mis alegrías, mis preocupaciones, mi familia, mi trabajo y los desafíos que hoy encontraré en el camino.
Enséñame a confiar más en tu Providencia que en mis propias fuerzas. Que nunca olvide que soy tu hijo y que caminas conmigo en cada momento.
Haz que, como san Antonio María Claret, viva sostenido por la certeza de que todo lo puedo cuando permanezco unido a Ti.
Y que, al comenzar cada jornada en tu presencia, aprenda a vivir con la paz y la esperanza que solo Tú puedes regalar. Amén.
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