Miércoles 29 de julio de 2026.
Dios sigue cuidando de sus hijos… casi siempre a través de las manos de alguien.
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
A lo largo de la vida todos acumulamos recuerdos que, en el momento en que sucedieron, parecían simples anécdotas. Sin embargo, con el paso de los años descubrimos que aquellos pequeños acontecimientos escondían una profunda enseñanza de Dios. Es curioso cómo el Señor suele educarnos. No siempre lo hace mediante acontecimientos extraordinarios o experiencias espectaculares. La mayoría de las veces nos habla en la sencillez de la vida cotidiana, en esos detalles que fácilmente podrían pasar desapercibidos si no aprendiéramos a mirar con los ojos de la fe. Una de esas experiencias marcó profundamente mis años de formación mientras estudiaba en Medellín, Colombia.
Recuerdo perfectamente aquella tarde. Habíamos terminado las clases y, como hacíamos con frecuencia, algunos compañeros decidimos salir a comer algo antes de regresar a casa. Entre conversaciones, risas y preocupaciones propias de la vida universitaria, el tiempo pasó sin que prestara demasiada atención al dinero que llevaba en el bolsillo. Caminamos hasta la estación del Metro de Medellín y, al llegar a la ventanilla para comprar el boleto de regreso, descubrí que me faltaban unas monedas para completar el pago.
Era una cantidad muy pequeña.
Sin embargo, aquella pequeña diferencia se convirtió de pronto en un problema enorme. Recuerdo haber contado varias veces las monedas que tenía en la mano, como si al hacerlo fueran a multiplicarse. No alcanzaban. Miré a mi alrededor intentando encontrar una solución. No tenía dinero suficiente para un taxi, tampoco para un autobús, y la distancia hasta la casa era demasiado larga para recorrerla caminando. En pocos segundos experimenté esa mezcla de preocupación, vergüenza e impotencia que seguramente muchos hemos sentido cuando descubrimos que, por nosotros mismos, no podemos resolver una dificultad, aunque parezca insignificante.
Mientras intentaba pensar qué hacer, una persona que hacía fila delante de mí observó discretamente la situación. No me hizo preguntas. No quiso saber quién era ni por qué me faltaba dinero. Simplemente sacó unas monedas, completó el valor del boleto y continuó su camino como si acabara de realizar el gesto más sencillo del mundo.
Apenas tuve tiempo para darle las gracias.
Nunca supe su nombre.
Nunca volví a verlo.
Sin embargo, durante todo el trayecto de regreso a casa comprendí que aquel hombre acababa de regalarme una lección que todavía hoy continúa iluminando mi vida. Él pensó, probablemente, que solo estaba ayudando a alguien en un pequeño apuro económico. Dios, en cambio, estaba aprovechando aquel gesto para enseñarle a un misionero cómo actúa su Providencia.
Con frecuencia esperamos que Dios intervenga en nuestra vida mediante acontecimientos extraordinarios. Imaginamos milagros que desafían las leyes de la naturaleza, soluciones espectaculares o respuestas inmediatas a todas nuestras necesidades. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que Dios suele preferir caminos mucho más discretos. La Providencia divina rara vez hace ruido. Generalmente llega a través de personas concretas que aparecen en el momento oportuno, de una palabra que devuelve la esperanza, de una llamada inesperada, de una amistad sincera o de un pequeño gesto de generosidad que cambia por completo el rumbo de una jornada.
Aquella tarde en Medellín Dios no hizo caer dinero del cielo.
No multiplicó milagrosamente las monedas que había en mi bolsillo.
Simplemente tocó el corazón de un desconocido para recordarme que nunca caminamos solos.
Tiempo después, siendo misionero en Guna Yala, Panamá, volví a descubrir esta misma pedagogía de Dios. Vivía en una comunidad muy sencilla, compartiendo las limitaciones propias de tantas familias indígenas. Nuestro presupuesto era ajustado y las compras que llevábamos desde la ciudad debían administrarse cuidadosamente. Había ocasiones en que, al terminar el desayuno, abría la nevera y descubría que prácticamente no quedaba nada para preparar el almuerzo. Las provisiones se habían agotado y todavía faltaban varios días para poder abastecernos nuevamente.
En esos momentos no quedaba mucho por hacer.
Solo confiar.
Y, curiosamente, casi siempre sucedía algo que terminaba sorprendiéndome.
Al cabo de un rato alguien llamaba a la puerta.
Era algún vecino que llegaba con un racimo de plátanos recién cortados, con yuca, con pescado o con algún producto de la tierra que había cosechado esa misma mañana o de la pesca que acababa de realizar. Venía simplemente a compartir. Lo hacía con una naturalidad admirable, como quien considera completamente lógico que aquello que Dios le había regalado también pudiera alimentar a otra persona.
Nunca nos faltó lo necesario.
Y no porque viviéramos rodeados de abundancia.
Todo lo contrario.
La pobreza de muchas de aquellas familias era evidente. Precisamente por eso me impresionaba todavía más su generosidad. Compartían lo poco que tenían y lo hacían con una alegría que solo puede brotar de un corazón profundamente agradecido. Gracias a ellos comprendí una verdad que difícilmente se aprende en los libros: la Providencia de Dios no consiste en tener mucho, sino en descubrir que Dios nunca deja de cuidar de quienes ponen su confianza en Él.
Aquellas experiencias me ayudaron también a comprender mejor el sentido del voto de pobreza que profesamos los religiosos. Muchas personas piensan que la pobreza consiste únicamente en poseer pocas cosas o en renunciar a los bienes materiales. Sin embargo, el Evangelio nos invita a ir mucho más lejos. La pobreza evangélica no consiste en vivir en la indigencia ni en despreciar lo material. Consiste en reconocer que todo cuanto tenemos es un don recibido y que nuestra verdadera seguridad nunca puede descansar en las cosas, sino en Dios. El voto de pobreza no significa simplemente no tener. Significa, sobre todo, descubrir que nada debe llegar a poseer nuestro corazón.
Vivimos en una sociedad donde el dinero ocupa un lugar muy importante. Y, en cierto sentido, es comprensible. Hay familias que sostener, hijos que educar, medicamentos que comprar y responsabilidades que asumir. Trabajar con honestidad para asegurar el bienestar de quienes amamos forma parte de nuestra vocación humana. El problema aparece cuando terminamos creyendo que todo depende exclusivamente de nuestro esfuerzo y que la seguridad de la vida puede comprarse o acumularse en una cuenta bancaria. Poco a poco dejamos de confiar en la Providencia y comenzamos a vivir esclavos de la preocupación.
Jesús nunca condenó el trabajo, el ahorro responsable o la buena administración de los bienes. Lo que sí cuestionó fue la angustia con la que muchas veces vivimos nuestra relación con ellos. Por eso, en el Sermón de la Montaña, invitó a sus discípulos a contemplar las aves del cielo y los lirios del campo. No les dijo que dejaran de sembrar ni de trabajar. Les recordó algo mucho más importante: “Su Padre celestial sabe que ustedes necesitan todas esas cosas” (Mt 6,32).
Qué hermosa es esa expresión.
“Su Padre sabe”.
Antes incluso de que formulemos nuestras preocupaciones, Dios ya conoce nuestras necesidades. Antes de que el miedo nos robe la paz, el Padre ya está preparando caminos que muchas veces nosotros todavía no alcanzamos a ver. La Providencia no significa que nunca tendremos dificultades. Significa que nunca tendremos que enfrentarlas solos.
Esta forma de actuar de Dios aparece también en la vida de san Antonio María Claret. Durante un viaje hacia Civitavecchia relata en su Autobiografía que, mientras permanecía en la proa del barco, un caballero inglés que se identificó como católico se acercó espontáneamente y le entregó varias monedas de plata como muestra de aprecio hacia los sacerdotes. Poco después, otros viajeros hicieron lo mismo al contemplar su sencillez y humildad. Lo admirable no fue únicamente aquel gesto de generosidad, sino lo que Claret hizo con aquellas donaciones. Al desembarcar supo que un grupo de españoles habían sido víctimas de un robo y se encontraban prácticamente en la miseria. Sin guardar nada para sí, repartió entre ellos la totalidad de las monedas recibidas (Autobiografía, nn. 133-134).
Cada vez que leo este episodio me conmueve descubrir la delicadeza con la que Dios actúa. La Providencia no cayó directamente del cielo sobre aquellos necesitados. Pasó primero por las manos generosas de unos viajeros, después por las manos desprendidas de Claret y, finalmente, llegó a quienes más la necesitaban.
Lo mismo sucedió aquella tarde en el Metro de Medellín.
Y después, en la misión de Guna Yala.
En todos esos momentos comprendí una verdad que todavía hoy sigue iluminando mi vida: la Providencia de Dios casi siempre pasa por las manos de alguien.
Esta convicción ha cambiado también mi manera de mirar la vida. Cuando alguien comparte un alimento con quien tiene hambre, ofrece unas monedas a quien las necesita, dedica tiempo a escuchar a quien está solo, visita a un enfermo o abre las puertas de su casa para acoger a otro, no está realizando únicamente una buena obra. Está permitiendo que la Providencia de Dios llegue hasta un hijo suyo. Quizá el milagro más frecuente del Evangelio no sea que Dios multiplique los panes, sino que siga encontrando corazones dispuestos a compartir el pan que ya tienen.
Desde entonces procuro vivir más atento a esas pequeñas manifestaciones del amor de Dios. Ya no me pregunto solamente cómo cuidará Él de mí. También me pregunto si, quizá hoy, quiera cuidar de alguien utilizando mis manos. Porque esa es la otra cara de la Providencia. Todos deseamos experimentar el cuidado de Dios, pero pocas veces pensamos que nosotros mismos podemos convertirnos en el instrumento elegido por Él para sostener la esperanza de otra persona.
Nunca volví a encontrar a aquel hombre que pagó mi boleto en el Metro de Medellín. Es muy probable que él mismo olvidara aquel gesto apenas unas horas después. Yo no. Porque aquel día comprendí que Dios sigue cuidando de sus hijos con una ternura que muchas veces pasa inadvertida. A veces lo hace mediante unas monedas. Otras veces mediante un plato de comida, una llamada inesperada, una palabra de ánimo, una oportunidad laboral, una visita o un abrazo ofrecido en el momento justo.
Quizá hoy mismo alguien esté esperando ese pequeño gesto que solo nosotros podemos ofrecer.
Y quizá, sin saberlo, Dios quiera volver a pagar el boleto de alguien… utilizando nuestras manos.
Para recordar:
La Providencia de Dios no elimina las dificultades de la vida, pero nos asegura que nunca tendremos que afrontarlas solos. El Padre sigue cuidando de sus hijos como lo ha hecho desde siempre: inspirando corazones generosos que comparten lo que tienen y se convierten en respuesta para quienes más lo necesitan.
Con frecuencia esperamos grandes milagros y olvidamos que Dios suele manifestar su amor en los pequeños gestos cotidianos. Una moneda compartida, un alimento ofrecido, una palabra de esperanza o una mano tendida pueden convertirse en el modo concreto con que Dios sale al encuentro de alguien.
Pregúntate cada mañana: ¿Para quién quiere Dios que hoy sea yo providencia? Permanece atento a las pequeñas oportunidades de compartir, ayudar o acompañar. Tal vez el milagro que alguien espera dependa de un gesto sencillo nacido de tu corazón.
Oremos:
Padre bueno,
gracias porque nunca dejas de cuidar de nosotros.
Abre mis ojos para descubrir tu Providencia en los pequeños acontecimientos de cada día y enséñame a confiar más en tu amor que en mis propias seguridades.
Haz de mí un instrumento de tu bondad, para que mis manos sepan compartir, mi corazón sepa confiar y mi vida sea un signo de tu cuidado para quienes más lo necesitan.
Que, siguiendo el ejemplo de san Antonio María Claret, aprenda a vivir desprendido de las cosas y lleno de confianza en tu Providencia.
Amén.
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