Miércoles 22 de julio de 2026
La fuerza de Dios se manifiesta en nuestra fragilidad
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
Hay experiencias misioneras que el paso de los años no consigue borrar de la memoria. No porque hayan sido extraordinarias desde un punto de vista humano, sino porque, en medio de su sencillez, uno descubre con claridad la manera como Dios actúa.
Hace algunos años participé en una misión en Izabal, Guatemala, entre comunidades indígenas q’eqchi’. Cada jornada comenzaba muy temprano. Caminábamos largos senderos para visitar las familias dispersas entre montañas y sembradíos. Al llegar a cada hogar compartíamos la Palabra de Dios, escuchábamos las preocupaciones de las personas y comentábamos el Evangelio del día. Yo estaba acompañado por dos laicos que me ayudaban a traducir mis palabras al idioma q’eqchi’, haciendo posible que el mensaje llegara al corazón de la comunidad.
Sin embargo, hubo una escena que nunca he podido olvidar.
El Delegado de la Palabra de aquella comunidad era ciego.
Para proclamar el Evangelio necesitaba que otro catequista leyera el texto sagrado en voz alta. Él lo escuchaba con atención, guardaba unos instantes de silencio y, después, comenzaba a explicarlo con una profundidad que conmovía a todos. Mientras yo compartía una breve reflexión en español, él la traducía al q’eqchi’, y aquel hombre, privado de la vista, se convertía en el principal anunciador de la Buena Noticia para su pueblo.
Nada detenía la transmisión del Evangelio.
La ceguera no fue un obstáculo.
La diferencia de idiomas tampoco.
La sencillez de los recursos mucho menos.
Aquella escena era una auténtica parábola del Reino de Dios.
Mientras regresábamos de aquellas visitas comprendí algo que todavía hoy ilumina mi ministerio: Dios no espera que desaparezcan nuestras limitaciones para comenzar a actuar. Él actúa precisamente en medio de ellas.
Con frecuencia pensamos que primero debemos ser fuertes, capaces, elocuentes o perfectos para servir al Señor. Esperamos el momento ideal, las mejores condiciones o una preparación absoluta para responder a su llamada. Sin embargo, cuando recorremos la historia de la salvación descubrimos exactamente lo contrario.
Dios escoge a Abraham cuando apenas puede imaginar un futuro. Llama a Moisés, que se siente incapaz de hablar. Confía en Jeremías, que se considera demasiado joven. Elige a María, una muchacha sencilla de un pueblo desconocido. Llama a pescadores para convertirlos en apóstoles. Ninguno reunía, según los criterios humanos, todas las condiciones para la misión.
Y, sin embargo, Dios escribió con ellos algunas de las páginas más hermosas de la historia.
La Encarnación es quizá la expresión más profunda de este modo de actuar. Dios pudo haberse manifestado con el esplendor de los poderosos o con la fuerza de los ejércitos. No lo hizo. Escogió la pequeñez de Belén, la pobreza de un pesebre, el silencio de una familia sencilla y la fragilidad de un niño recién nacido. Desde esa aparente debilidad comenzó la transformación del mundo.
La lógica de Dios sigue desconcertándonos.
Nosotros admiramos el poder.
Él fecunda la humildad.
Nosotros buscamos la eficacia.
Él transforma los corazones.
Nosotros contamos recursos.
Él mira la disponibilidad.
Quizá por eso muchas personas viven convencidas de que Dios no puede servirse de ellas. Escucho con frecuencia expresiones como: “Padre, ya estoy muy mayor”, “No tengo estudios”, “No sé hablar”, “Mi salud ya no me acompaña”, “He cometido demasiados errores”, “Hay otros mucho mejores que yo”. Son frases profundamente humanas. Todos, en algún momento, hemos sentido el peso de nuestras limitaciones.
También yo he experimentado esa sensación. En distintos momentos de mi vida he descubierto mi propia pequeñez frente a los desafíos de la misión. Hay responsabilidades que parecen superar nuestras fuerzas y situaciones en las que uno siente que no tiene las palabras adecuadas para consolar, orientar o anunciar el Evangelio. Sin embargo, es precisamente entonces cuando el Señor nos recuerda que la fecundidad de la misión no depende primero de nuestras capacidades, sino de su gracia.
San Pablo lo expresó con una frase que ha acompañado a innumerables cristianos a lo largo de la historia: “Te basta mi gracia, porque mi fuerza se realiza en la debilidad” (2 Co 12,9). No dice que la debilidad desaparezca. Dice algo mucho más esperanzador: que Dios puede convertirla en el lugar donde su poder se manifieste con mayor claridad.
San Antonio María Claret comprendió profundamente esta verdad. En su Autobiografía reconoce con sencillez: “Conocí que por mí mismo nada podía” (Autobiografía, n. 62). Lejos de paralizarlo, ese descubrimiento lo llevó a confiar totalmente en Dios. Claret entendió que un misionero no anuncia el Evangelio apoyado únicamente en sus talentos, sino sostenido por la gracia de Aquel que lo envía. Esa confianza explica la inmensa fecundidad apostólica de un hombre que recorrió pueblos, ciudades y caminos sembrando la Palabra de Dios.
Con frecuencia confundimos la eficacia con la fecundidad. Pensamos que el Reino de Dios avanza gracias a nuestras estrategias, nuestros proyectos o nuestros recursos. Todo eso tiene su importancia, pero no constituye el fundamento de la misión. Lo que verdaderamente transforma el corazón humano es la acción silenciosa del Espíritu Santo. Nosotros sembramos; Dios hace crecer.
Cada vez que recuerdo al Delegado de la Palabra de aquella comunidad q’eqchi’ vuelvo a comprender esta verdad. Él no podía leer el Evangelio con sus propios ojos, pero veía con una claridad extraordinaria aquello que realmente importa: la presencia de Dios en medio de su pueblo. Paradójicamente, quien carecía de vista ayudaba a muchos otros a descubrir la luz de Cristo.
Han pasado muchos años desde aquella misión, pero aquella imagen permanece viva en mi memoria. Cada vez que me siento limitado o incapaz para alguna tarea pastoral, vuelvo interiormente a aquella humilde comunidad indígena. Allí aprendí que Dios nunca ha necesitado personas perfectas para cambiar el mundo. Siempre le han bastado corazones disponibles.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más hermosas de la Encarnación. Dios no desprecia nuestra pequeñez. La abraza, la transforma y la convierte en instrumento de salvación para los demás.
Porque la historia de la Iglesia nunca ha sido escrita por hombres y mujeres sin fragilidades. Ha sido escrita por personas que, aun con sus límites, tuvieron el valor de decirle al Señor: “Aquí estoy”.
Y cuando un corazón pronuncia esas palabras con sinceridad, Dios siempre encuentra el modo de seguir anunciando su Evangelio al mundo.
Para recordar:
La misión de Dios nunca ha dependido de personas perfectas, sino de corazones disponibles. El Señor no espera que desaparezcan nuestras limitaciones para llamarnos. Al contrario, entra en nuestra fragilidad y la transforma en un espacio donde puede manifestarse la fuerza de su gracia. Allí donde nosotros vemos pobreza, Él ve una oportunidad para hacer visible su amor.
Oremos:
Señor Jesús,
Gracias porque no miras primero mis capacidades, sino la disponibilidad de mi corazón.
Cuando me sienta pequeño, recuérdame que tu gracia es más grande que mis límites.
Haz que, como María y como san Antonio María Claret, aprenda a confiar plenamente en Ti y a anunciar tu Evangelio con alegría, sencillez y humildad.
Que nunca deje de decirte cada día: “Aquí estoy, Señor; cuenta conmigo”.
Amén.
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