Domingo 19 de julio de 2026
Cuando el Evangelio nos invita a romper la cadena del odio
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
Hay conversaciones que nunca se olvidan. Algunas duran apenas unos minutos, pero dejan una huella que acompaña toda la vida. Una de ellas la viví siendo todavía un joven en formación, durante una Semana Santa en El Salvador.
Nos habían enviado de misión a un pequeño pueblo campesino, cercano a la costa del Pacífico, una región profundamente marcada por la violencia de la guerra de los años ochenta. Aunque el conflicto había terminado, el dolor seguía respirándose en los caminos, en las casas y en los silencios de la gente. La guerra había dividido al país en dos bandos, pero quienes más habían sufrido eran, como ocurre casi siempre, los más sencillos: familias enteras atrapadas entre dos fuegos sin haber tomado parte en ninguno de ellos.
Una tarde caminaba junto a uno de los catequistas del pueblo mientras visitábamos las viviendas de la comunidad. Después de un largo silencio, me hizo una pregunta que todavía hoy resuena en mi corazón.
—Hermano, ¿cómo puedo perdonar a quienes asesinaron a mi familia durante la guerra?
Continuó hablando con una serenidad que me conmovió profundamente.
—Sé que como cristiano debo perdonar. Todos los días rezo el Padrenuestro y digo: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Pero no consigo arrancar ese dolor de mi corazón.
Confieso que no respondí inmediatamente. Seguimos caminando algunos minutos en silencio. Solo se escuchaban nuestros pasos sobre el camino de tierra y el canto lejano de algunos pájaros. Aquel silencio decía más que cualquier explicación apresurada. Comprendí que no estaba delante de una pregunta académica ni de una inquietud nacida de la curiosidad. Era el grito de un hombre creyente que deseaba ser fiel al Evangelio sin traicionar la memoria de quienes tanto había amado.
Con el paso de los años he comprendido que esa conversación expresa una de las preguntas más difíciles de toda la vida cristiana. Porque no es lo mismo perdonar una palabra hiriente, una discusión familiar o una traición, que enfrentarse al asesinato de un ser querido, a la violencia, a los abusos o a las heridas que parecen imposibles de cerrar. Hay sufrimientos tan profundos que nadie debería atreverse a ofrecer respuestas fáciles.
Precisamente por eso, el Evangelio nunca presenta el perdón como un sentimiento espontáneo ni como una obligación superficial. Jesús sabe que el mal hiere profundamente el corazón humano. Sin embargo, nos propone un camino sorprendente: impedir que ese mal termine gobernando también nuestro interior.
A lo largo de mi ministerio he escuchado muchas veces la misma expresión: “Padre, perdono, pero no olvido”. Quienes pronuncian esas palabras suelen sentirse culpables porque los recuerdos continúan vivos. Sin embargo, el perdón cristiano no consiste en borrar la memoria. Hay acontecimientos que jamás podrán olvidarse, y quizá tampoco deban olvidarse. La memoria puede convertirse en un acto de justicia y de reparación para que las nuevas generaciones conozcan la verdad y el horror no vuelva a repetirse.
También yo he descubierto que el perdón no brota espontáneamente del corazón. Hay heridas que necesitan tiempo, mucha oración y la gracia de Dios para dejar de gobernar nuestra vida. Con los años he comprendido que perdonar no es negar el dolor, sino entregárselo al Señor una y otra vez. Algunas cicatrices permanecen, pero ya no determinan nuestras decisiones ni nos impiden amar. El Espíritu Santo trabaja con paciencia allí donde nosotros solo vemos límites.
Perdonar tampoco significa negar el sufrimiento ni hacer como si nada hubiera ocurrido. El perdón nunca puede construirse sobre la mentira. Toda reconciliación auténtica necesita de la verdad. Las víctimas tienen derecho a que su historia sea reconocida, a que el mal sea llamado por su nombre y a que la dignidad de quienes sufrieron sea restaurada. La verdad no alimenta el odio; lo desenmascara. Y solo cuando la verdad sale a la luz puede comenzar un camino de sanación.
Pero el Evangelio nos invita a dar un paso más. Hay algo que el resentimiento hace lentamente con quien lo alimenta: termina encadenándolo al pasado. El agresor causó una herida, pero el odio prolongado permite que esa herida siga gobernando la vida durante años. Jesús quiere liberarnos precisamente de esa esclavitud.
Perdonar no significa decir que el mal estuvo bien. Significa decidir que el mal no seguirá gobernando también nuestro futuro.
El perdón no cambia la historia que vivimos; cambia la historia que estamos llamados a escribir desde hoy.
Esta es, quizá, una de las enseñanzas más difíciles de aceptar. Porque el perdón no nace de la debilidad, sino de una fuerza interior que solo Dios puede regalar. No consiste en justificar al agresor ni en renunciar a la justicia. Tampoco significa que debamos reconciliarnos inmediatamente con quien no muestra ningún arrepentimiento. Existen situaciones en las que la prudencia exige mantener distancia e incluso proteger a quienes pueden seguir siendo víctimas. El perdón y la reconciliación no son exactamente lo mismo. El perdón puede comenzar en el corazón de una persona aun cuando la reconciliación todavía no sea posible.
Jesús mismo nos mostró este camino. Resulta significativo que sus palabras más profundas sobre el perdón no las pronunciara desde la tranquilidad de una casa, sino desde la cruz. Mientras sufría la injusticia más grande de la historia, oró por quienes lo estaban crucificando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34) . No justificó el mal. Tampoco negó el sufrimiento. Pero se negó a responder al odio con más odio. En ese mismo gesto nos reveló también el corazón misericordioso del Padre, siempre dispuesto a abrir un camino nuevo para quien se deja transformar por su amor. Allí quedó claro que el mal nunca tendría la última palabra.
San Antonio María Claret conoció también el peso de la persecución y de la violencia. Fue calumniado, incomprendido, expulsado de algunos lugares e incluso sobrevivió al atentado de Holguín, en Cuba, que estuvo a punto de costarle la vida. Sin embargo, nunca permitió que el resentimiento ocupara el lugar del Evangelio. En su Autobiografía confiesa que la fuerza de toda su vida provenía del amor de Cristo: “El amor de Cristo me urge” (Autobiografía, n. 113; cf. 2 Co 5,14). Ese amor fue más fuerte que el miedo, el odio y el deseo de venganza. También nosotros solo podremos recorrer el camino del perdón cuando permitamos que ese mismo amor transforme nuestro corazón.
En mi ministerio sacerdotal he acompañado a muchas personas heridas por la traición, el abandono, la violencia familiar y las injusticias. Algunas han tardado años en pronunciar una sencilla oración de perdón. Otras todavía están recorriendo ese camino. He aprendido que el perdón no suele llegar de un momento para otro. Primero es una decisión. Después comienza lentamente la sanación del corazón. Hay días en que la herida vuelve a doler, pero quien persevera descubre que Dios va arrancando poco a poco las raíces del resentimiento para sembrar una paz nueva.
Solo Dios conoce plenamente el corazón humano. Nosotros vemos las acciones; Él conoce también las heridas, los miedos, las historias y las oscuridades que han llevado a una persona a hacer el mal. Nada de eso justifica la injusticia, pero nos recuerda que el juicio definitivo pertenece únicamente al Señor. A nosotros nos corresponde trabajar por la verdad, defender la justicia y pedir la gracia de no convertirnos en prisioneros del odio.
Nunca supe cuánto tiempo necesitó aquel catequista para reconciliar su corazón con aquella historia. Quizá todavía siga recorriendo ese camino. Porque el perdón no suele acontecer de un día para otro. Es una decisión que se renueva muchas veces entre lágrimas, oración y esperanza. Es permitir que Dios vaya sanando lentamente aquello que nosotros solos no podemos curar.
Cada vez que rezo el Padrenuestro vuelvo a escuchar aquella pregunta: “¿Cómo puedo perdonar a quienes asesinaron a mi familia?” Entonces descubro que, de una manera u otra, todos llevamos dentro el rostro de aquel catequista. Todos guardamos nombres que nos cuesta pronunciar sin dolor, heridas que todavía esperan la caricia de Dios y recuerdos que necesitan ser iluminados por su misericordia.
Quizá por eso Jesús puso el perdón en la oración que rezamos cada día. Sabía que no bastaría con escucharlo una sola vez. Necesitaríamos repetirlo una y otra vez hasta que sus palabras descendieran de los labios al corazón.
Porque el perdón no devuelve a quienes hemos perdido.
No borra las lágrimas.
No cambia el pasado.
Pero impide que el pasado siga gobernando nuestro presente.
Y cuando eso sucede, el odio deja de tener la última palabra y Cristo Resucitado comienza a sanar la libertad más profunda de nuestro corazón.
Para recordar
Perdonar no significa justificar el mal ni renunciar a la justicia. Significa decidir que el dolor no gobernará para siempre nuestra vida. Solo quien se abre al amor de Dios puede romper la cadena del resentimiento y comenzar un camino de verdadera libertad.
Oremos:
Señor Jesús,
Tú conoces las heridas que llevo en el corazón y sabes cuánto me cuesta perdonar.
Dame la gracia de no responder al mal con más mal y de confiar en que tu amor puede sanar aquello que yo no puedo cambiar.
Hazme libre del resentimiento y enséñame a recorrer, paso a paso, el camino del perdón.
Que, como san Antonio María Claret, viva sostenido por el amor que viene de Ti y sea testigo de tu misericordia en medio del mundo.
Amén.
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