Blog 09 - Cuando nuestras fuerzas se terminan

Blog 09 – Cuando nuestras fuerzas se terminan

Miércoles 15 de julio de 2026

Cuando ya no podemos sostenernos, descubrimos que hay Alguien que nunca deja de sostenernos.

Por el Padre Freddy Ramírez, cmf.

 

Hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar. No porque hayan sido extraordinarios, sino porque, sin saberlo entonces, Dios los convirtió en una escuela para el corazón. Son experiencias que vuelven una y otra vez a la memoria y que, con el paso de los años, adquieren un significado cada vez más profundo. Uno cree haberlas comprendido, hasta que la vida las ilumina de una manera nueva y descubre que el Señor sigue hablando a través de ellas.

Uno de esos recuerdos me acompaña desde mis años de formación como misionero estudiante. Era un mes de diciembre y había sido enviado a Semají, en Izabal, Guatemala. Junto con la delegada de la Palabra recorríamos los caminos de la comunidad visitando a las familias, compartiendo un momento de oración y animándolas a preparar el corazón para la Navidad. Yo iba con la ilusión de quien desea anunciar a Cristo y llevar una palabra de esperanza. No imaginaba que, al final de aquella jornada, sería yo quien necesitaría guardar silencio para dejar que Dios hablara.

Llegamos a una casa sencilla, como tantas otras que habíamos visitado. Confieso que hoy apenas recuerdo cómo era. La memoria ha borrado el color de sus paredes, la distribución de las habitaciones e incluso el camino que nos condujo hasta ella. Pero hay algo que permanece intacto después de tantos años: el rostro de la mujer que nos abrió la puerta.

Padecía diabetes desde hacía mucho tiempo. La enfermedad había avanzado hasta un punto crítico y los médicos tomaron la decisión de amputarle una pierna. Sin embargo, ocurrió una tragedia difícil de imaginar. Por un error, le amputaron la pierna sana. Después, ya no quedó otra alternativa que amputarle también la otra. En muy poco tiempo perdió ambas piernas y tuvo que aprender a vivir con una realidad que ninguno de nosotros habría elegido.

Mientras nos relataba su historia, yo esperaba encontrar la reacción que, probablemente, habría tenido cualquiera de nosotros. Pensé que hablaría con rabia, que preguntaría por qué Dios había permitido algo semejante o que el dolor asomaría inevitablemente en forma de lágrimas. Pero nada de eso ocurrió.

Hablaba con serenidad.

No era la serenidad de quien no ha sufrido. Tampoco la de quien se ha resignado a lo inevitable. Era una paz mucho más profunda, una paz que no lograba explicarme mientras la escuchaba. No ocultaba el sufrimiento ni intentaba convencernos de que todo estaba bien. Sabía que la enfermedad seguía avanzando y que su cuerpo continuaría debilitándose. Miraba la realidad de frente, sin engaños y sin falsas ilusiones. Pero, al mismo tiempo, había en ella una confianza que parecía sostener cada una de sus palabras.

Recuerdo que, en un momento de la conversación, nos dijo con toda sencillez que Dios era su fortaleza. No pronunció un discurso. No intentó impresionarnos con una reflexión extraordinaria. Lo dijo con la naturalidad con la que una persona habla de alguien a quien conoce profundamente. Mientras la escuchaba, comprendí que estaba delante de una mujer que ya no podía sostenerse sobre sus piernas, pero había aprendido a sostener toda su vida sobre el Señor.

Terminamos la visita con una oración sencilla. Después nos despedimos y continuamos nuestro recorrido. Durante un buen rato ninguno de los dos dijo una palabra. No porque faltaran cosas que comentar, sino porque hay experiencias que solo pueden comprenderse en el silencio. Aquel silencio fue, quizá, la parte más importante de aquella visita. En él comenzó a abrirse una pregunta que me ha acompañado durante muchos años y que, todavía hoy, sigue interpelándome.

¿De dónde nace una fortaleza como esa?

No me refiero a la capacidad de soportar el dolor. Hay personas que soportan mucho y, sin embargo, viven consumidas por la amargura. Tampoco hablo de una personalidad especialmente fuerte. Todos conocemos personas aparentemente muy seguras que se derrumban cuando la vida deja de responder a sus expectativas.

La fortaleza de aquella mujer tenía otro origen.

Era la paz de quien había dejado de apoyarse únicamente en sí misma para descansar en Dios.

Con el paso del tiempo he comprendido que esa es una de las diferencias más profundas entre la lógica del mundo y la lógica del Evangelio. Nosotros admiramos a quienes parecen no necesitar a nadie. Dios, en cambio, no nos invita a convertirnos en personas autosuficientes, sino en hombres y mujeres capaces de confiar. La sociedad suele identificar la fortaleza con el control: controlar las emociones, controlar el futuro, controlar las circunstancias y, si fuera posible, controlar hasta la propia vida. Pero basta una enfermedad inesperada, una pérdida familiar o una noticia que cambie nuestros planes para descubrir que ese control era mucho más frágil de lo que imaginábamos.

Quizá por eso Jesús nunca hizo del poder el centro de su mensaje. Tampoco presentó la autosuficiencia como un ideal. Al contrario. Basta recorrer las páginas del Evangelio para descubrir que siempre se sintió atraído por quienes experimentaban su propia fragilidad. Se detenía junto al ciego que mendigaba al borde del camino, se acercaba al leproso del que todos huían, tocaba al paralítico incapaz de levantarse y permitía que una mujer enferma se acercara a Él en medio de la multitud. Allí donde los demás solo veían debilidad, Jesús veía un corazón dispuesto a abrirse a la acción de Dios.

Aquella tarde, sin saberlo, la mujer de Semají me ayudó a comprender mejor el modo de actuar del Señor. Cristo no se acerca a nosotros cuando finalmente hemos logrado resolver todos nuestros problemas. Sale a nuestro encuentro precisamente allí donde terminan nuestras falsas seguridades. Es en ese lugar, donde ya no podemos sostenernos por nosotros mismos, donde comenzamos a descubrir que nunca hemos estado solos.

Años después sigo recordando aquel rostro sereno. Y cada vez que vuelvo interiormente a aquella humilde casa de Guatemala, la misma pregunta regresa a mi corazón: ¿qué hace que una persona conserve la paz cuando la vida parece haberle quitado casi todo?

Con el paso del tiempo he comprendido que aquella mujer no había encontrado una explicación para su sufrimiento; había encontrado a Alguien que permanecía con ella en medio de ese sufrimiento. Su fortaleza no nacía de ignorar el dolor, sino de saber que su vida estaba sostenida por unas manos más fuertes que las suyas.

Allí comprendí que la fe cristiana no nos promete una vida sin heridas, sino la certeza de que ninguna herida tiene la capacidad de separarnos del amor de Dios. La respuesta a la fragilidad humana no es una idea, ni una técnica para resistir, ni una simple actitud positiva. La respuesta tiene un rostro, una historia y un nombre: Jesucristo, el Señor que carga nuestras debilidades y permanece a nuestro lado cuando nuestras propias fuerzas se terminan.

 

Para recordar

Cuando nuestras fuerzas se terminan, Dios no se aleja de nosotros. Muchas veces es precisamente en nuestra fragilidad donde descubrimos con mayor claridad que no caminamos solos. La fortaleza cristiana no consiste en no sufrir, ni en tener siempre respuestas, ni en aparentar que todo está bien. Consiste en saber que nuestra vida está sostenida por Cristo, incluso cuando sentimos que nuestras propias fuerzas ya no son suficientes.

Aquella mujer de Semají había perdido mucho, pero no había perdido lo esencial. La enfermedad pudo afectar su cuerpo, pero no pudo arrebatarle la certeza de sentirse amada y sostenida por Dios. Su vida nos recuerda que ninguna dificultad tiene la última palabra cuando el corazón permanece unido al Señor.

Quizá hoy tú también estás llevando una carga que parece demasiado pesada. Recuerda esto: Cristo no mira tu sufrimiento desde lejos. Él camina contigo, sostiene tu debilidad y permanece a tu lado cuando ya no sabes cómo continuar. La gracia de Dios no siempre elimina la cruz, pero siempre nos da la fuerza para atravesarla con esperanza.

Porque cuando nuestras fuerzas se terminan, las de Cristo nunca se agotan.

Oremos

Señor Jesús,
hoy me acerco a Ti con todo lo que soy:
con mis fuerzas y mis cansancios,
con mis alegrías y mis heridas,
con mis certezas y mis miedos.

Muchas veces intento sostener mi vida con mis propias manos y olvido que Tú eres mi refugio y mi fortaleza. Enséñame a confiar en Ti cuando las circunstancias me superan, cuando el camino se hace difícil y cuando siento que ya no puedo más.

Toma mis fragilidades, Señor, y transfórmalas con tu gracia. Entra en aquellos lugares de mi vida donde hay dolor, cansancio o temor, y hazme descubrir que ninguna herida es más grande que tu amor.

Dame la fe de aquella mujer que, aun en medio de la pérdida, encontró en Ti la fuerza para seguir adelante. Que pueda aprender a descansar en tus manos y a creer que mi historia no está definida por mis sufrimientos, sino por tu fidelidad.

Cuando mis fuerzas se terminen, recuérdame que Tú permaneces conmigo.
Cuando no encuentre respuestas, recuérdame que Tú eres el camino.
Cuando tenga miedo del futuro, recuérdame que mi vida está segura en tu amor.

Amén.

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