Domingo 12 de julio de 2026
Descubrir que la Palabra de Dios sigue transformando el corazón de quienes aprenden a escuchar.
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
Una de las experiencias sacerdotales que más me ha conmovido ocurrió un día de Pentecostés. Mientras atendía confesiones, se acercó un hombre con el rostro sereno, pero visiblemente emocionado. Antes de comenzar, me dijo unas palabras que todavía conservo en el corazón: “Padre, llevo cuarenta años sin confesarme. Hoy Dios me habló y sentí que debía volver a Él”.
Aquella frase me hizo pensar durante mucho tiempo. ¿Qué había sucedido en el corazón de aquel hombre? ¿Había escuchado una voz extraordinaria? ¿Había presenciado un milagro? No. Simplemente había permitido que la Palabra de Dios encontrara un espacio en su interior. El Espíritu Santo hizo el resto. Lo que durante años parecía imposible ocurrió en un solo instante: un corazón endurecido volvió a abrirse a la misericordia.
Desde entonces confirmo una convicción que se ha fortalecido a lo largo de mi ministerio: Dios sigue hablando. No pertenece únicamente al pasado ni se limitó a dirigirse a los grandes personajes de la Biblia. Continúa pronunciando una palabra de vida para cada hombre y para cada mujer de nuestro tiempo. El problema no es el silencio de Dios. Con frecuencia, el problema es el ruido que llena nuestra existencia y nos impide reconocer su voz.
Confieso que yo mismo he experimentado esa fuerza transformadora de la Palabra. Durante mi juventud, mientras estudiaba y trabajaba al mismo tiempo, las jornadas terminaban siendo largas y exigentes. Eran años de búsqueda vocacional. Sentía con claridad el deseo de servir al Señor, pero también era consciente de que no resultaba fácil responder a esa llamada en una sociedad donde la vocación sacerdotal y misionera comenzaba a ser vista con indiferencia e incluso con cierto desprecio. No faltaban las dudas ni los momentos de cansancio.
Recuerdo aquellas noches en las que, antes de dormir, abría la Biblia y volvía una y otra vez al mismo pasaje: Isaías 49, 5-6. No era una lectura hecha por obligación ni un estudio académico. Era el diálogo de un joven que buscaba luz para su camino. Cada vez que meditaba aquellas palabras experimentaba una paz difícil de explicar. No desaparecían todas las preguntas, pero sí nacía una certeza profunda: Dios seguía conduciendo mi vida y me invitaba a confiar en su proyecto.
Con el paso de los años comprendí que aquel texto no era simplemente una página escrita muchos siglos atrás. Era una palabra viva que el Señor pronunciaba nuevamente para mí. La Biblia deja de ser un libro antiguo cuando descubrimos que Dios pronuncia hoy nuestro nombre a través de sus páginas. Esa ha sido una de las experiencias espirituales más hermosas de mi vida. La Escritura no informa solamente sobre Dios; permite que Dios mismo entre en diálogo con quien la escucha con humildad.
Quizá por eso, dentro de la espiritualidad claretiana, la Palabra ocupa un lugar tan importante. Los Misioneros Claretianos nos definimos como oyentes y servidores de la Palabra. No basta conocer la Biblia ni citar sus versículos con facilidad. Estamos llamados a dejarnos evangelizar por ella antes de anunciarla a los demás.
Esta experiencia marcó profundamente también a san Antonio María Claret. En su Autobiografía confiesa que la Palabra de Dios fue modelando su corazón y orientando toda su misión. Al contemplar los textos proféticos y el Evangelio, no los leía como relatos del pasado, sino como una llamada personal de Dios. En varios momentos de su autobiografía deja ver cómo determinadas citas bíblicas iluminaban sus decisiones y fortalecían su entrega apostólica. No es casual que los Misioneros Claretianos nos definamos como “oyentes y servidores de la Palabra”. Antes de anunciar el Evangelio, estamos llamados a dejarnos evangelizar por él. Como recuerda Claret, “el amor de Cristo me urge” (Autobiografía, n. 113; cf. 2 Co 5,14). Ese amor, alimentado constantemente por la escucha de la Palabra, fue la fuerza que sostuvo toda su vida misionera.
Pienso que esta sigue siendo una de las mayores necesidades de los católicos de nuestro tiempo. Amamos profundamente la Eucaristía, la devoción mariana, la adoración al Santísimo Sacramento y tantas expresiones de nuestra fe. Todo ello constituye una riqueza inmensa que debemos conservar. Sin embargo, durante muchos siglos el acceso directo a la Sagrada Escritura no ocupó un lugar tan visible en la vida de los fieles como sucede hoy, especialmente desde el impulso renovador del Concilio Vaticano II. La Iglesia siempre vivió alimentada por la Palabra, pero en nuestros días el Señor nos invita a redescubrirla con una cercanía nueva, no como un privilegio reservado a especialistas, sino como el pan cotidiano de todo bautizado.
Ahora bien, tampoco se trata de convertir la Biblia en un libro de consulta rápida para resolver cada problema o buscar respuestas automáticas. La Palabra de Dios no funciona como un manual de soluciones inmediatas. Exige paciencia, silencio y un corazón dispuesto a dejarse transformar. Antes que responder todas nuestras preguntas, quiere cambiar nuestra manera de mirar la vida.
Por eso me ha ayudado tanto, desde los primeros años de formación, la práctica de la lectio divina. No consiste simplemente en leer un pasaje bíblico. Es una actitud espiritual. Primero escuchamos; luego meditamos; después respondemos al Señor con la oración y, finalmente, dejamos que esa Palabra transforme nuestra existencia. Más que estudiar un texto, aprendemos a escuchar a Alguien. Poco a poco descubrimos que Dios continúa hablándonos en el hoy de nuestra historia.
En la pastoral he comprobado muchas veces la fecundidad de este camino. Recuerdo los pequeños grupos con los que inicié mi ministerio. Siempre reservábamos un espacio para escuchar juntos el Evangelio e iluminar desde él la vida concreta de las personas. Era hermoso contemplar cómo hombres y mujeres sencillos comenzaban a descubrir respuestas que nadie podía imponerles desde fuera. La Palabra despertaba en ellos una nueva manera de afrontar el sufrimiento, reconciliarse con su historia, fortalecer la vida familiar y recuperar la esperanza. No era el coordinador quien transformaba aquellas vidas. Era Dios actuando silenciosamente en el corazón de quienes se dejaban tocar por su voz.
Jesús mismo nos explicó esta dinámica en la parábola del sembrador. El sembrador nunca deja de lanzar la semilla. La generosidad de Dios no conoce límites. La diferencia está en el terreno que la recibe. A veces nuestro corazón se parece al borde del camino, donde la semilla apenas logra permanecer. Otras veces es un terreno pedregoso, lleno de entusiasmos pasajeros que pronto se desvanecen. En ocasiones los espinos de las preocupaciones, el activismo o la búsqueda de otros intereses terminan ahogando la Palabra. Pero también existe la tierra buena: el corazón humilde que escucha, acoge y persevera. La pregunta no es si Dios continúa sembrando. La pregunta es qué clase de tierra deseo ser cada día.
Vivimos rodeados de palabras. Las redes sociales, los medios de comunicación, los comentarios, las opiniones y las noticias llenan nuestra mente desde el amanecer hasta la noche. Nunca la humanidad había estado tan expuesta a tantas voces al mismo tiempo. Sin embargo, precisamente por eso necesitamos aprender a distinguir la única Palabra que permanece para siempre. El discípulo de Jesucristo está llamado a convertirse en un verdadero místico de la Palabra: alguien que escucha antes de hablar, que deja que el Evangelio ilumine sus decisiones y que aprende a interpretar toda la realidad desde los ojos de Dios.
Quizá mañana abras nuevamente la Biblia. Tal vez leas solo unos pocos versículos antes de comenzar tu jornada. Hazlo sin prisa. No busques únicamente información religiosa ni una frase bonita para compartir. Pregunta, más bien: “Señor, ¿qué quieres decirme hoy?”. Descubrirás que el mismo Dios que habló a Abraham, a Moisés, a los profetas, a María y a los apóstoles continúa pronunciando una palabra de vida para ti.
Porque, al fin y al cabo, la Biblia deja de ser un libro antiguo cuando descubrimos que Dios pronuncia hoy nuestro nombre a través de sus páginas.
Para recordar
Dios no ha dejado de hablar. Su voz sigue resonando hoy en la Sagrada Escritura y alcanza el corazón de quien se acerca a ella con humildad y disponibilidad. No leemos la Biblia únicamente para conocer mejor nuestra fe, sino para encontrarnos con Jesucristo, la Palabra viva del Padre, que ilumina nuestras decisiones, fortalece nuestra esperanza y transforma nuestra manera de vivir.
Cada vez que abras el Evangelio, no preguntes solamente: “¿Qué dice este texto?”. Atrévete a preguntar también: “Señor, ¿qué quieres decirme hoy? ¿Qué parte de mi vida deseas iluminar con tu Palabra?”. Descubrirás que Dios continúa pronunciando tu nombre y acompañando tu historia.
Oremos
Señor Jesús, Palabra viva del Padre,
gracias porque sigues hablándonos en medio de nuestra vida cotidiana.
Abre nuestro corazón para escuchar tu voz en el Evangelio, en la oración y en los acontecimientos de cada día.
Que tu Palabra ilumine nuestras decisiones, fortalezca nuestra esperanza y transforme nuestra manera de vivir.
Haznos, como san Antonio María Claret, oyentes y servidores de la Palabra, para anunciar con alegría lo que primero hemos dejado tocar en nuestro propio corazón.
Amén.
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