Miércoles 1 de julio de 2026.
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
Hace algún tiempo, durante una conversación de acompañamiento espiritual, una persona me dijo con una sinceridad que me conmovió: «Padre, estoy enojada con Dios. Le he pedido tanto y no me ha dado nada». Detrás de aquellas palabras no había falta de fe ni indiferencia religiosa. Había dolor. Había años de espera, de peticiones repetidas una y otra vez, de sueños que parecían no realizarse. Con el paso del tiempo he descubierto que muchas personas viven algo parecido. No han dejado de creer en Dios, pero se sienten decepcionadas porque la oración no les ha dado las respuestas que esperaban.
Con los años he llegado a una convicción que no siempre comprendí. La oración madura cuando dejamos de buscar únicamente respuestas y comenzamos a descubrir una Presencia. Mientras somos jóvenes en la fe, solemos acercarnos a Dios esperando soluciones, señales o certezas inmediatas. Con el tiempo descubrimos que el regalo más grande de la oración no es obtener todo lo que pedimos, sino aprender a vivir en compañía de Aquel que nunca deja de acompañarnos.
Muchas veces nos acercamos a la oración como quien golpea insistentemente una puerta cerrada esperando que alguien responda desde dentro. Sin embargo, la experiencia espiritual termina revelándonos algo inesperado: Dios no estaba detrás de la puerta. Estaba sentado a nuestro lado desde el comienzo. El problema no era su ausencia. El problema era que estábamos tan concentrados en obtener una respuesta que no habíamos descubierto su presencia.
Quizás uno de los mayores desafíos de la vida espiritual consiste precisamente en aprender qué es realmente la oración. Con frecuencia nos acercamos a Dios esperando soluciones inmediatas para nuestros problemas. Rezamos para que desaparezcan las dificultades, para que se abran puertas, para que cambien determinadas circunstancias. Todo eso es legítimo. Jesús mismo nos enseñó a presentar nuestras necesidades al Padre. Sin embargo, cuando reducimos la oración únicamente a una petición de favores, corremos el riesgo de empobrecerla y de frustrarnos cuando las cosas no ocurren según nuestros planes.
Recuerdo que, durante mi juventud, especialmente en los años en que comenzaba a discernir mi vocación, mi oración era sencilla. Había una petición que repetía casi todos los días: «Señor, quiero hacer tu voluntad». No sabía con claridad qué camino me esperaba, pero tenía el deseo profundo de dejarme conducir por Dios. Mirando hacia atrás, comprendo que aquella oración fue moldeando silenciosamente mi corazón mucho antes de que yo pudiera reconocerlo. Más que ofrecerme respuestas inmediatas, me fue disponiendo interiormente para escuchar.
Durante los primeros años de formación filosófica participé en un taller dirigido por el padre Teófilo Cabestrero, cmf, sobre el silencio y la Palabra. Fue una experiencia que dejó una huella profunda en mi vida espiritual. Allí comprendí que el silencio no es simplemente ausencia de ruido. Es una actitud interior que nos permite abrir espacio para Dios. Vivimos rodeados de voces, mensajes, música, opiniones y preocupaciones. Incluso nuestra vida espiritual puede llenarse de palabras, lecturas y actividades religiosas. Sin embargo, a veces dejamos muy poco espacio para escuchar. Y la escucha de la que habla la tradición cristiana no se realiza solamente con los oídos; es toda la persona la que se abre a la presencia y a la acción de Dios.
Quizás por eso Jesús advierte a sus discípulos que no multipliquen palabras pensando que por hablar mucho serán escuchados. No está condenando la perseverancia ni la repetición de una oración nacida del amor. Lo que cuestiona es una manera de relacionarse con Dios centrada exclusivamente en los propios intereses. Existe una oración que intenta convencer a Dios para que haga nuestra voluntad, mientras que la verdadera oración busca disponernos para acoger la suya. La diferencia parece pequeña, pero transforma completamente la experiencia espiritual.
Esta convicción estuvo muy presente también en la experiencia de san Antonio María Claret. Con frecuencia recordamos al gran misionero que recorrió caminos, predicó incansablemente y anunció el Evangelio en contextos muy diversos. Sin embargo, toda esa fecundidad apostólica tenía una raíz profunda: su vida de oración. Claret comprendió que la misión no nace de la agitación ni del activismo, sino del encuentro con Dios. Antes de hablar de Dios a los demás, aprendió a escucharlo. Antes de anunciar la Palabra, permitió que la Palabra transformara su propio corazón. Su vida nos recuerda que no existe verdadera misión sin contemplación ni auténtica contemplación que no desemboque en la misión.
Con los años fui comprendiendo que la oración estaba llamada a llevarme todavía más lejos. Durante mucho tiempo pedí al Espíritu Santo que avivara en mí el fuego de su amor y que me concediera una experiencia más profunda de Dios como Padre. Aquella petición conectaba con una de las convicciones más importantes de mi vida: la certeza de ser hijo de Dios. Poco a poco descubrí que la oración dejaba de ser un conjunto de rezos repetidos para convertirse en un encuentro. Ya no se trataba únicamente de presentar necesidades o buscar respuestas. Se trataba de permanecer en la presencia de un Padre que me ama.
Desde esa experiencia también comprendí algo que antes me costaba aceptar. Durante muchos años llevé en el corazón una petición concreta que presentaba con frecuencia al Señor. Pasó el tiempo y aquella gracia parecía no llegar. Poco a poco dejé de insistir de la misma manera y aprendí a confiar. Lo sorprendente fue que, años después, cuando prácticamente había dejado de esperar una respuesta inmediata, recibí aquello que durante tanto tiempo había pedido. No ocurrió cuando yo quería ni de la forma en que lo había imaginado. Sin embargo, sucedió. Entonces comprendí que Dios había estado actuando durante todo ese tiempo, aunque yo no fuera capaz de verlo.
La experiencia me enseñó que la paciencia de Dios es distinta de la nuestra. Nosotros solemos medir la eficacia de la oración por la rapidez de las respuestas. Dios, en cambio, trabaja en los tiempos del amor, respetando nuestros procesos, nuestra libertad y las circunstancias que muchas veces no alcanzamos a comprender. Por eso la oración madura cuando dejamos de medir el amor de Dios por aquello que recibimos y comenzamos a descubrirlo en su presencia constante a nuestro lado.
De alguna manera, también Claret vivió esta experiencia. A lo largo de su vida enfrentó incomprensiones, dificultades y momentos de incertidumbre. Sin embargo, sus escritos revelan una profunda confianza en Dios. No era la confianza de quien tiene todas las respuestas, sino la de quien ha aprendido a abandonarse en las manos del Padre. Su ejemplo nos recuerda que la oración no elimina necesariamente los problemas, pero sí transforma la manera de vivirlos.
Tal vez una de las mayores necesidades espirituales de nuestro tiempo sea redescubrir la oración como un espacio de encuentro. Necesitamos volver a experimentar el silencio que nos permite escuchar, la confianza que nos ayuda a esperar y la sencillez de quien se sabe hijo. En una cultura que nos empuja constantemente a buscar resultados inmediatos, la oración nos recuerda que las relaciones importantes necesitan tiempo, presencia y fidelidad.
Cuando miro mi propia historia, descubro que las oraciones más importantes no siempre fueron aquellas que recibieron una respuesta rápida. Algunas de ellas permanecieron durante años en el silencio de Dios. Sin embargo, vistas a la distancia, comprendo que ninguna se perdió. Mientras yo esperaba respuestas, Dios estaba trabajando en mi corazón. Mientras yo pedía soluciones, Él me enseñaba a confiar. Mientras yo buscaba comprender sus caminos, Él me invitaba simplemente a permanecer junto a Él.
Quizás Dios no siempre responde cuando nosotros queremos. Quizás tampoco responde exactamente como esperamos. Pero cuando aprendemos a permanecer en su presencia descubrimos algo sorprendente: mientras nosotros buscábamos una respuesta, Él estaba ofreciéndonos una relación.
Y entonces comprendemos que la oración no consiste principalmente en cambiar a Dios ni en convencerlo de nuestros planes. La oración nos cambia a nosotros. Nos hace más libres, más confiados y más capaces de reconocer la acción de Dios incluso en aquellos momentos en los que parece guardar silencio.
Si alguien me preguntara hoy cómo empezar a orar, no le hablaría primero de métodos ni de técnicas. Le sugeriría buscar unos minutos de silencio cada día, ponerse sencillamente en la presencia de Dios y permanecer allí como un hijo que descansa junto a su padre. Tal vez no escuche inmediatamente lo que esperaba escuchar. Pero descubrirá algo más importante: que nunca ha estado solo.
Para recordar
La oración madura cuando dejamos de buscar solamente respuestas y aprendemos a descubrir una Presencia.
Oración
Padre bueno, enséñanos a hacer silencio para escuchar tu voz en medio de tantos ruidos que llenan nuestra vida. Danos un corazón confiado que no se canse de buscarte y una fe serena para esperar tus tiempos. Que cada momento de oración nos ayude a descubrir que tu amor nos acompaña siempre y que tu presencia basta para sostener nuestro camino. Amén.
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