Domingo 28 de junio de 2026.
Por el P. Freddy Ramírez, cmf.
Hace algunos años, mientras acompañaba a un grupo de jóvenes, uno de ellos me hizo una pregunta que todavía recuerdo. Estaba terminando sus estudios universitarios, tenía buenas calificaciones y un futuro prometedor por delante. Sin embargo, después de hablar durante varios minutos sobre sus proyectos, hizo una pausa y me dijo:
—Padre, ¿y si termino construyendo una vida que no es la mía?
Su pregunta me impresionó porque, en el fondo, no hablaba solamente de una carrera profesional. Hablaba de algo mucho más profundo. Hablaba del temor de invertir años de esfuerzo, energía e ilusiones en un camino que quizás no respondiera a aquello para lo que había sido creado.
Pienso que esa inquietud habita en muchas personas, aunque no siempre la expresen con palabras. La encontramos en jóvenes que intentan decidir su futuro, en matrimonios que atraviesan momentos de incertidumbre, en profesionales que han alcanzado metas importantes y, sin embargo, sienten que algo sigue faltando. Porque existe una diferencia entre tener éxito y encontrar el sentido de la propia vida. Y no siempre ambas cosas coinciden.
Quizás por eso me resulta tan provocadora una frase del Evangelio de este domingo. Jesús afirma:
«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará» (Mt 10,39).
A primera vista parece una contradicción. Vivimos en una cultura que nos invita constantemente a buscarnos a nosotros mismos, a perseguir nuestros objetivos y a construir nuestro propio proyecto de felicidad. Jesús, en cambio, propone un camino desconcertante: la vida se encuentra cuando se entrega.
Sin embargo, basta observar la experiencia humana para descubrir que tiene razón. Las personas más plenas que he conocido no son necesariamente las más exitosas ni las que han acumulado más bienes o reconocimientos. Son aquellas que han encontrado una razón para darse, una misión que las trasciende, un amor por el cual vale la pena levantarse cada mañana.
La vida crece cuando se comparte.
La vida madura cuando se entrega.
La vida encuentra sentido cuando deja de girar exclusivamente alrededor de uno mismo.
Mirando hacia atrás, comprendo que esta palabra de Jesús iluminó mi propia historia mucho antes de que yo fuera plenamente consciente de ello. Después de recibir el sacramento de la Confirmación nació en mí una certeza profunda de ser hijo de Dios. Aquella experiencia marcó mi vida. No era simplemente una idea aprendida en la catequesis. Era una convicción interior que transformaba mi manera de mirar el futuro.
Junto con esa certeza apareció también un deseo incontenible de servir en la Iglesia. Sin embargo, como sucede con muchos jóvenes, el camino no estaba completamente claro. Al terminar la secundaria inicié estudios de Contabilidad y Finanzas. Me iba bien. Los resultados académicos eran satisfactorios y todo parecía indicar que estaba construyendo un futuro razonable.
Pero al finalizar aquel año descubrí algo que no podía ignorar. Aunque los estudios avanzaban correctamente, sentía que mi corazón seguía buscando otra cosa. No era una cuestión de capacidades. Tampoco de éxito académico. Era la sensación persistente de que Dios me estaba llamando por otro camino.
Fue entonces cuando comprendí la importancia del acompañamiento vocacional. Con frecuencia ayudamos a los jóvenes a prepararse para los exámenes, para la universidad o para el mundo laboral, pero muy pocas veces les enseñamos a discernir las grandes decisiones de la vida. Y, sin embargo, elegir una profesión, formar una familia o responder a una vocación consagrada son decisiones que marcarán profundamente toda la existencia.
Nadie debería recorrer solo ese camino.
Gracias a la oración, al discernimiento y al acompañamiento fui comprendiendo poco a poco lo que Dios me pedía. Y cuando finalmente di el paso hacia la vocación misionera, experimenté algo difícil de describir: sentí que había llegado a casa.
No porque desaparecieran las dificultades.
No porque todas las preguntas encontraran respuesta.
Sino porque descubrí que estaba respondiendo a una llamada.
Y comprendí entonces que Jesús tenía razón. Al entregar mi vida no la estaba perdiendo. La estaba encontrando.
Pienso que muchas crisis de nuestro tiempo tienen relación con esta dimensión vocacional. Hay personas que han triunfado profesionalmente y, sin embargo, siguen preguntándose si están donde deberían estar. Hay matrimonios que comenzaron sin un verdadero discernimiento de su llamada al amor. Hay jóvenes que eligen una carrera únicamente por razones económicas. Hay adultos que viven de acuerdo con las expectativas de los demás y nunca se han detenido a preguntar qué sueña Dios para ellos.
Podemos construir una vida exitosa y descubrir demasiado tarde que no era realmente la nuestra.
Por eso los criterios mundanos no pueden ser el fundamento último de nuestras decisiones. El prestigio, el dinero o la seguridad tienen su importancia, pero son insuficientes para sostener una existencia entera.
La pregunta decisiva es otra:
¿Dónde puedo amar más?
¿Dónde puedo servir mejor?
¿Dónde me llama Dios a entregar la vida?
San Antonio María Claret comprendió profundamente esta verdad. Fue un hombre que nunca dejó de buscar la voluntad de Dios. Entre las palabras del Evangelio que marcaron su vida se encuentra aquella pregunta de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?».
Claret entendió que el verdadero fracaso no consiste en no alcanzar el éxito. El verdadero fracaso consiste en alejarse del proyecto que Dios ha soñado para nosotros.
Por eso hizo de toda su existencia una respuesta misionera. Su vida nos recuerda que la vocación no es una carga que limita la libertad. Es el camino que permite que la libertad florezca.
Quizás la pregunta más importante no sea qué queremos hacer con nuestra vida dentro de diez años.
Quizás la pregunta sea mucho más sencilla:
Señor, ¿qué estás queriendo hacer en mi vida hoy?
Porque la vocación no suele revelarse de una sola vez. Dios normalmente ilumina el siguiente paso. Y cuando tenemos la valentía de darlo, descubrimos algo maravilloso: antes de encontrar nuestro camino, Dios ya estaba caminando delante de nosotros.
Al final, la vocación no es una meta que conquistamos. Es una voz que aprendemos a reconocer.
Y cuando tenemos el valor de seguirla, comprendemos la paradoja del Evangelio: aquello que parecía una renuncia termina convirtiéndose en el hallazgo más grande de nuestra vida.
Para recordar
La vocación comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué queremos hacer con nuestra vida y empezamos a preguntarnos qué quiere Dios hacer con ella.
Oremos
Señor Jesús,
enséñanos a escuchar tu voz en medio de tantas voces que reclaman nuestra atención.
Danos la valentía de buscar tu voluntad y la generosidad para responder a ella.
Que descubramos, como tú nos enseñas, que la vida se encuentra verdaderamente cuando se entrega por amor.
Amén.
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