3 ADV A - TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

3 ADV A - TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

¿Qué vamos a pensar del Evangelio de hoy? ¿Es o no es actual para nuestros días? Por-que podemos hacer la pregunta de Juan el Bautista: -¿Es Jesús el que tenía que venir, o debemos esperar a otro?
Si nos la hacemos, ¿Qué nos contestamos? ¿Mantiene esta pregunta su interés, o es cuestión pasada ya de moda?…

Estamos asistiendo en nuestros días a un espectáculo que sería divertido si no fuera tan trágico, como es la aparición de muchas sectas fundamentalistas, que acaban a veces come-tiendo unos crímenes enormes, como suicidios colectivos; o pregonan y se dedican a prácticas sexuales aberrantes; o bien forman unos imperios económicos imponentes…
Con todo, sin hablar de esas sectas más preocupantes, podemos referirnos también a tan-tas otras como aparecen entre nosotros cada día.
Lo curioso es que muchas de esas sectas están fundadas por individuos que se autoproclaman nuevos y hasta definitivos mesías o cristos enviados por Dios…
¿Qué hemos de decir de este fenómeno, constatado tantas veces en los medios de comunicación social?…
Semejante fenómeno, ni nos extraña, ni es nada nuevo.
El mundo suspira hoy, quizá más que en otras épocas, por una salvación que no sabe dónde buscar.
Y se agarra a cualquiera que le tienda una mano, aunque sea una mano que lo arrastre a mayor perdición.

Pero, miremos ahora al Evangelio.
Cuando vino Jesús al mundo, Israel vivía esta angustia:
– ¿Cuándo vendrá el Mesías? ¿Y quién es el Mesías?…
Aunque Israel, el pueblo elegido, no se iba detrás de ningún loco parecido a esos actuales… No; Israel buscaba al verdadero Mesías. Ahora bien, ¿Quién era y dónde estaba ese Cristo tan suspirado?…
Lo vemos claro en este hecho ocurrido entre Jesús y los enviados de Juan el Bautista, preso en la cárcel, donde lo ha metido el rey Herodes Antipas. El pobre Juan se pasa las horas pensando:
– ¿Qué es lo que ocurre aquí? Yo, enviado por Dios, soy un preso del rey. Jesús, de quien di testimonio y a quien reconocí porque me lo indicó el Espíritu de Dios, se ve perseguido también, ha tenido que alejarse al tener noticia de mi detención, y mis discípulos no saben a qué atenerse. Entre tanto, el pueblo, que busca la liberación de los romanos, sigue esclavo y esperando al Cristo. Yo decía que el Cristo es Jesús, pero ya se ve que Jesús no se alza contra los romanos para echarlos fuera. ¿Me habré equivocado? ¿No habrá sido todo una ilusión?…
Juan, en su angustia, y ante las dudas de sus discípulos, manda a éstos con un encargo preciso:
– Vayan a Jesús, y pregúntenle a él personalmente: ¿Eres tú el que tiene que venir, o debemos esperar a otro?…

Jesús recibe la embajada, y responde muy sencillo:
– Quédense un poco aquí conmigo, y ya marcharán después.
Jesús predica; atiende a todos, especialmente a los más pobres y a los pecadores; realiza milagros… Los enviados de Juan lo ven todo, lo comprueban todo.
Hasta que Jesús, que piensa en Juan, al que quiere mucho y cuya angustia comprende, les dice de manera contundente:
– Vuelvan ahora a Juan. Y díganle lo que han oído y han visto: los ciegos recuperan la vista, los cojos echan a andar, los leprosos se ven limpios, los sordos llegan a oír, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia del Reino. ¡Dichoso el que no se escandaliza de mí!…

Aquí tenemos la respuesta a la angustia moderna, pero también la condenación de los que se van detrás de otros mesías o cristos que no son Jesús.
Se equivocan como se equivocaba todo el pueblo de Israel al esperar una liberación sociopolítica, como si Jesucristo hubiera venido a restaurar el paraíso terrenal, y no a anunciarnos y realizar la liberación del pecado y darnos una felicidad eterna, muy diferente de la predicada por el marxismo y por tantos otros revolucionarios.
Se equivocan igualmente los que no saben leer los signos de la misión de Jesucristo, que hoy, como entonces, son el anuncio del Evangelio a los pobres; el trabajo de la Iglesia por los más necesitados; el empeño por el triunfo de la justicia social; la abolición de toda esclavitud que degrada al hombre, y esto, como signo de la verdadera liberación del pecado y de la muerte eterna.

La Iglesia presenta hoy estos signos, los mismos de Jesús, y por eso puede ser creída.
Al trabajar por los pobres, los enfermos y los marginados, la Iglesia está diciendo:
– Aquí tienen todos el rostro del Cristo verdadero. El del único Salvador. El del único enviado por Dios. Que nadie se escandalice de Jesús y de su Iglesia. Por el contrario, que entren sospechas de cualquiera que predica otros mesianismos diferentes del de Jesús, el obrero de Nazaret, el predicador de Galilea, el crucificado del Calvario, el resucitado que entrega las llaves del Reino a Pedro…
La Iglesia puede hablar ciertamente así.

¡Señor Jesucristo!
Nosotros sabemos que Tú eres el único en quien podemos confiar.
Tú eres el que nos manda trabajar y hacer algo por la liberación de los hermanos que sufren.
Tú eres el que nos va a dar un Reino que no es de este mundo, y que supera con creces la dicha de aquel paraíso que se perdió… Si Tú eres el único Salvador, ¿por qué irse detrás de otros?…

P. Pedro García, CMF.