27 ORD C - VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

27 ORD C - VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Un Evangelio muy breve el de hoy, pero de una riqueza grande, y con dos lecciones, ¡que a ver si las aprendemos de una vez para siempre, como son la fe ciega y la humildad profunda!…

Tanto les hablaba Jesús a los apóstoles sobre la fe, que al fin ellos le pidieron:
– ¡Señor, auméntanos la fe!
Jesús adivina, mejor dicho, sabe muy bien lo que entraña esta petición, y les añade para remachar bien el clavo:
– Si tuvieran una fe tan grande al menos como esta pequeñísima semilla de mostaza, le diríais a ese árbol: ¡Arráncate de raíz, y quédate plantado en el mar!… Les aseguro que les obedecería.
Jesús, sin repetir una queja suya anterior, les venía a decir:
-¡ Hombres de poca fe!…

Pero Jesús, después de este incidente, salta por su cuenta a darnos otra de sus clásicas lecciones, y que nos cuesta tanto aprender, como es la humildad, porque nuestro orgullo nos domina de modo que no hay manera de que doblemos la cerviz.
Así que Jesús les planteó esta cuestión a los apóstoles:
– Vamos a suponer que uno de ustedes tiene un criado, y le dice: vete a labrar el campo o a apacentar el rebaño. Cuando ha acabado la jornada, y vuelve cansado el criado, ¿Quién es el que le dice: siéntate a la mesa y come? ¿Verdad que no lo haces así? Por el contrario, lo que le dices es esto: -¿Ya estás aquí? Muy bien. Prepárame la mesa para comer. Cuando yo haya acabado de comer y beber, podrás sentarte y comer tú también.
Los apóstoles asentían:
– Es verdad. Todos los patronos lo hacen así. El criado, que trabaje, pues para eso está.
Pero no veían adónde iba Jesús, que continuaba preguntando:
– ¿Le debe algo de agradecimiento el dueño al criado porque éste ha cumplido su deber? Le paga el jornal, y basta. Darle las gracias, ni se le ocurre.
También entienden esto los apóstoles, pues todo el mundo lo hace así. Aunque se preguntan con extrañeza:
– Pero, ¿adónde irá el Maestro con esta cuestión?
Hasta que Jesús, concluye:
– Esto les pasa a ustedes. Cuando hayan hecho todo lo que se les haya mandado, digan: -Somos unos criados inútiles. Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer.

¡Buena noqueada le da Jesús a nuestro orgullo con estas palabras! ¿Qué somos ante Dios, y de qué derechos podemos presumir ante Él?…
Dos lecciones fundamentales de Jesús en nuestra relación con Dios: fe: ¡fiémonos de Dios!; y humildad: ¡no somos nada!…
Sólo así tenemos siempre a Dios en nuestra mano y hacemos de Él lo que queremos. Porque nos damos cuenta de que todo lo hace Dios , y que sólo a Dios le damos la gloria.
Con esta actitud de fe y de humildad, ni la cobardía ni la autosuficiencia tienen cabida en nuestras almas.
Este ha sido el secreto de los grandes santos: han realizado obras imponentes e inexplicables sin medios humanos, pero tenían en su mano toda la omnipotencia de Dios, que se fiaba de ellos porque eran personas de fe y le daban a Él toda la gloria de sus éxitos.

Hoy se nos está haciendo cada vez más familiar la súplica espontánea de los discípulos, y se la repetimos muchas veces a Jesús:
– ¡Señor, auméntanos la fe!
Y estamos aprendiendo también a repetir cada vez más la palabra de María:
– Aquí está la sierva del Señor. ¡Que sepa cumplir tu voluntad!…
O la de Pablo ante la puerta de Damasco:
– Señor, ¿Qué quieres que haga?…
El someterse humilde al querer de Dios es la prueba de la fe que no engaña nunca…

La fe y la humildad van siempre unidas en el alma verdaderamente cristiana. El que no cree, rechaza a Dios solamente por orgullo o por no querer someterse al cumplimiento de la voluntad divina, manifestada en los Mandamientos. Mientras que el humilde cree y obedece, y así se salva después de haber realizado maravillas de fortaleza, de amor, de servicio, de apostolado, de fidelidad…

¡Dios mío! Yo creo en ti, a pesar de las dificultades de a vida, y hasta cuando parece que Tú te has escondido.
¡Dios mío! Yo me someto con gusto a tu voluntad, aunque a veces me parezca difícil lo que Tú me mandas y quieres de mí.
¡Dios mío! Yo sé que nada me debes porque yo cumpla con tus deseos y te dé gusto en todo.
Pero también sé, Dios mío, que cuando yo haya acabado la jornada, Tú, bueno y espléndido en tus dones, me vas a decir: -¡Bien, muy bien! Ahora, descansa, que yo, tu Dueño, tu Dios, voy a ser quien te sirva en el banquete de mi Reino…

P. Pedro García, CMF.