27 de diciembre | MISTERIOSA PRESENCIA

27 de diciembre | MISTERIOSA PRESENCIA

MEDITACIÓN DEL DÍA:

“En la cama dirigiré mi corazón al templo más cercano para pensar en el Señor Sacramentado, suplicando a los Ángeles que velen por mí, y así, mientras yo dormiré, para hacer la voluntad de Dios, mi corazón vigilará”
Propósitos del año 1868; en AEC p. 721
 

Claret oraba siempre, incluso cuando dormía. Sabemos que dormía poco, y este texto nos dice que procuró hacer del sueño oración. Esto quiere decir que para quien vive consagrado al Señor no hay actos totalmente seculares o “neutrales”. Todo lo que hace o dicen adquiere una dimensión superior. Es muy aleccionador ver que Claret realizaba la necesidad corporal del dormir como un acto de entrega a la voluntad de Dios. Él sólo quería percibir a Dios en todo. Se sentía tan unido a Cristo que mientras se vestía por la mañana, pensaba en la encarnación, con la que el Señor se vistió de naturaleza humana; y por la noche, al desvestirse, su sueño y su cama le recordaban la sepultura. Era una intimidad sentida casi físicamente. ¡Con qué desenvoltura llamaba a los ángeles para que velasen en su lugar ante el sagrario! ¡Maravillosa percepción de la presencia de Dios!

¿Nos será lícito decir que se trata de una gracia especial que sólo se le dio a él? No lo creo. Es un claro patrimonio que todos hemos heredado de él. Este rasgo distintivo es una dádiva para nosotros, que vivimos en un mundo tan ruidoso y agitado. La percepción de la presencia de Dios en lo íntimo de uno mismo será fruto de oración frecuente, prolongada y profunda. Y es un factor clave en nuestro crecimiento espiritual.
A esta experiencia se la llama hoy “oración centrante”, ya que nuestros corazones están permanentemente centrados en Dios, a lo largo de toda la jornada, incluso durante el sueño. Y esta espiritualidad es muy adecuada a la generación presente, que frecuentemente está quemada por agendas agobiantes y trabajos ininterrumpidos, sin tiempo para detenerse, orar, descansar, reflexionar, relajarse… La “oración centrante” es un acto continuo de presencia de Dios en  nuestra mente, teniéndolo en el centro de todo, de modo que cada palabra y cada acción dimanen de su silenciosa asistencia. Así es como el reino de Dios viene a nosotros: introducimos a Dios en las realidades terrenas y mantenemos viva la orientación del mundo hacia su creador.