25 de Junio | DEJARSE GUIAR

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MEDITACIÓN DEL DÍA:

No basta tener un confesor a quien se manifiesten con sinceridad los pecados; Necesitamos también de un maestro que nos enseñe el camino de la virtud.
El colegial o seminarista instruido. T. I, Barcelona 1860, p. 330

 

 

 

¡Qué tema el de la iniciación, del abordaje de la vida! En estos tiempos abundan teorías y críticas relacionadas con la educación. Pero no se puede negarse la necesidad de alguien que, con cierta experiencia, nos ayude a encontrar el propio camino en la sociedad y en la vida. Y esto lo experimenta también quien se lanza a seguir a Jesús.

Fue la necesidad que experimentó san Pablo después de Damasco. Multitud de conversos de los primeros siglos la sintió y por eso acudió a los experimentados  Padres del desierto. La vivió y la propuso Ignacio de Loyola como clave fundamental en los Ejercicios Espirituales, que no buscan sino la conversión y el crecimiento espiritual. 
Claret constata que “los santos, por más iluminados que fueran y con gran experiencia en los caminos de Dios, no se separaron de esta práctica”: contar siempre con un maestro espiritual. Él mismo la siguió con perseverancia en todas las etapas de su vida. Le inspiraban las palabras de Tobías (4,18): “pide consejo a las personas sensatas”.
Conocida antes como ‘dirección espiritual’, hoy se la llama acompañamiento espiritual. No se identifica con la función -también necesaria- del confesor, aunque no se excluye que la pueda realizar la misma persona, si cuenta con la necesaria madurez, experiencia  y dotes de discernimiento. Importa que su talante sea el de un discípulo de Jesús más bien que el de un especialista en psicología u otras ciencias. La fuente primordial de su discernimiento no puede ser otra que el Evangelio. Y su corazón debe parecerse al del mismo Señor Jesús, que es el Maestro.
Este acompañamiento te lo pueden brindar no sólo los sacerdotes sino también  religiosos, religiosas, o seglares experimentados en las cosas de Dios. Elegir a este acompañante es cosa exclusivamente tuya. ¿Has dado ya estos pasos? ¿Vas viviendo este acompañamiento con serenidad, con confianza, con fruto? Si verificas que te va ayudando a crecer en el seguimiento de Jesús, tienes ya buen motivo para dar gracias.