18 de Julio | AUTOOFRECIMIENTO CON CRISTO

18 de Julio | AUTOOFRECIMIENTO CON CRISTO

MEDITACIÓN DEL DÍA:

No basta ni es suficiente para cumplir como buenos cristianos el que asistamos a la santa misa y comulgue¬mos en ella para hacernos más participantes de los méritos de Jesucristo; es además indispensable el que seamos sacerdotes o sacrificadores no sólo en la misa, juntamente con Jesucristo, sacrificador invisible, y el sacerdote, sacrificador visible, sino también hemos de ofrecernos nosotros mismos como víctimas para gloria de Dios y en satisfacción de nuestras culpas y pecados.
Carta Ascética que… escribió al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 40

 

 

 

Jesús instituyó la eucaristía para que sus discípulos recordaran su vida, muerte y resurrección como una entrega por los demás. Al partir el pan y verter el vino, los interpretó como  que su cuerpo se rompía y su sangre se derramaba por la salvación de la humanidad.  Mientras que los evangelios sinópticos presentan directamente la institución del sacramento, el evangelio del discípulo amado ofrece una lección sobre el servicio fraterno como vivencia personal de la eucaristía.
A la luz del sacrificio de Jesús, la primera comunidad cristiana veía el compartir sus bienes con los necesitados como celebración eucarística hecha vida. En algún caso en que faltó este sentido de compartir con los pobres, San Pablo se mostró enérgico con aquellos que convertían la celebración en mero cumplimiento de un ritual de comer y beber (cf. 1Cor 11, 21), sin ningún compromiso de fraternidad. Para él la Cena del Señor es al lugar donde se vence el egocentrismo y se opta por el sacrificio personal para que otros vivan.
Para el P. Claret la eucaristía es una vivencia de profunda unión con Jesús y una llamada a vivir para los demás y, si es preciso, morir por ellos. La mera asistencia a la celebración eucarística no nos transforma en fieles seguidores de Jesús por arte de magia, sino que es preciso provocar en nosotros las actitudes del Jesús que se entregó. Claret intentó hacer suyas esas actitudes, cultivando y potenciando el buen natural de que Dios le había dotado: “…no puedo ver una desgracia, una miseria que no la socorra” (Aut 10). Su vivencia eucarística actualizaba siempre esa sintonía con Jesús, que iba modelando su vida entera: convertía su jornada en una prolongación de la celebración vivida cada mañana. Para ello se ayudaba de visitas a Jesús-Eucaristía durante el día (recuérdese su devoción a “las cuarenta horas”).
¿Cómo participas habitualmente en la Eucaristía? ¿Te tomas el debido sosiego para dar gracias y para escuchar interiormente lo que Jesús te enseña en el sacramento?