16 de julio | Jueves de la XV semana del Tiempo ordinario | Nuestra Señora del Carmen

16 de julio | Jueves de la XV semana del Tiempo ordinario | Nuestra Señora del Carmen

1 Reyes 18:41-42

Dijo Elías a Ahab, sube, come y bebe, porque ya se oye el rumor de la lluvia. Subió a Ahab a comer y beber, mientras que Elías subía a la cima del carmelo y se encorbó hacia la tierra poniendo su rostro entre las rodillas. Dijo a su criado, sube y mira hacia el mar.

Subió, miró y dijo, no hay nada. Él dijo, vuelve, y esto siete veces. A la séptima vez dijo, hay una nube como la palma de un hombre que sube del mar.

Entonces dijo, sube a decir a Ahab, unce el carro y baja, no te detenga la lluvia. Poco a poco se fue oscureciendo el cielo por las nubes y el viento y se produjo una gran lluvia. Ahab montó en su carro y se fue allí Israel.

La mano de Yabé vino sobre Elías, que, siñéndose la cintura, corrió delante de Ahab hasta la entrada de Israel. Palabra de Dios. Señor, ¿quién morará en tu tienda? Señor, ¿quién morará en tu tienda? El que anda sin tacha y obra la justicia, que dice la verdad de corazón y no calumnia con su lengua.

 

Salmo

Señor, ¿quién morará en tu tienda? Que no daña a su hermano ni hace agravio a su prójimo. Con menos precio mira al reprobo, más honra a los que temen al Señor. 

Señor, ¿quién morará en tu tienda? Que jura en su perjuicio y no retracta, no presta a usura su dinero ni acepta soborno en daño de inocente, quien obra así jamás vacilará.

Señor, ¿quién morará en tu tienda? 

Proclamación del Santo Evangelio según San Juan. 

En aquel tiempo estaban junto a la Cruz de Jesús, su madre, la hermana de su madre, María la de Crofaz y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre, mujer, ahí está tu hijo.

Luego dijo al discípulo, ahí está tu madre. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él. Palabra del Señor.

Hermanos y hermanas, Jesús viendo a su madre. Esa fue la última mirada de Jesús a su madre. Última de una serie que comenzó en Belén y continuó especialmente en la convivencia prolongada en Nazaret.

Jesús, mientras crecía en estatura, sabiduría y gracia, la miraba día por día. La veía mientras rezaba y trabajaba, cuando participaba en las comidas y en el descanso. Los evangelistas nos atestiguaban que la mirada de Jesús expresaba su intimidad, su llamada y su amor.

Por eso ninguno quedaba indiferente cuando Jesús le miraba. Fijando en él su mirada, le amó y le dijo. Ante esa mirada, el joven rico descubrió que al contrario de lo que él pensaba, no amaba Dios sobre todas las cosas.

El apóstol Pedro, durante el juicio de Cristo, lo negó tres veces. En ese momento, el Señor se volvió y lo miró. El amor y el perdón que Pedro vivió en esa mirada lo llevaron al arrepentimiento.

¿Pero quién como María podría dar testimonio de la fuerza de la mirada de Jesús? La unión entre la madre y el hijo en la obra de la salvación se mantuvo fiel hasta la cruz. Con corazón materno, María se asoció al sacrificio de Cristo porque consistió con amor en la inmolación de la víctima que había sido entregada por ella misma. Finalmente, el mismo Cristo Jesús, moribundo en la cruz, la dio al discípulo con estas palabras.

¡Mujer, ahí tienes a tu hijo! La última mirada que su hijo le dirigió en el calvario la llevó a volverse hacia el apóstol Juan y nosotros estábamos allí. Jesús estaba preocupado tan solo de la situación de su madre y la colocaba bajo los cuidados de Juan para que la amparase. El momento era demasiado solemne para la simple solución de un problema familiar.

Había llegado su hora tan esperada. Su misión, su entrega al Padre, llegaban a su punto máximo. Por eso, los padres de la iglesia y el sentir común de los fieles vieron en esta doble entrega de Jesús.

¡He ahí a tu hijo! ¡He ahí a tu madre! Uno de los hechos más significativos para comprender el papel de María en la obra de salvación. Más que confiar su madre a Juan, Jesús estaba confiando el discípulo a María para señalarle una nueva dimensión de su maternidad. En el calvario, Jesús no proclamó formalmente la maternidad universal de María.

Sin embargo, en sus palabras, vemos el deseo de mostrarnos su amor al darnos una madre, la suya, que así se convirtió en madre nuestra. Es una gracia reconocer en María la madre de Jesús a la propia madre y entregarse a su amor maternal. Este es el tiempo oportuno.

Oh, madre tierna, mujer de oración, a tus darmelitas proteja tu nombre, estrella del mar. Oh, madre tierna, mujer de oración, a tus darmelitas proteja tu nombre, estrella del mar. Oh, madre tierna, mujer de oración, a tus darmelitas proteja tu nombre, estrella del mar.

Oh, madre tierna, mujer de oración, a tus darmelitas proteja tu nombre, estrella del mar.

 

Palabra del Señor.