10. Más sobre las persecuciones y Actas

10. Más sobre las persecuciones y Actas

La lección anterior sobre ACTAS e HISTORIAS de los Mártires llamó mucho la atención. A instancias de los alumnos, añadimos ésta otra tan bella, aunque, como la de los Mártires de Lyón, difícil de resumir por lo largo que es el original.

 

Perpetua y Felicitas, con su catequista Sáturo y otros compañeros, muertos en el anfiteatro de Cartago, Norte de África, el 7 de Marzo del año 203, para celebrar el natalicio del César Geta, hijo del emperador Septimio Severo, constituye una de las páginas más brillantes de las Persecuciones Romanas. Hay en ella parte de “acta”, “carta” autógrafa de Perpetua y una “relación” de testigo presencial.

Perpetua era una joven madre noble y rica, de veintidós años, con un bebé de pecho. Felícitas, humilde empleada suya, encinta con un embarazo muy adelantado. Estaban también los jóvenes Saturnino y Revocato, catecúmenos de Tuburba, a los que se añadió voluntario su catequista Sáturo, para no dejarlos solos en la lucha que les esperaba, como escribe Perpetua: “Sáturo es quien nos había edificado en la fe, y al no hallarse presente cuando fuimos prendidos, él se entregó por amor nuestro de propia voluntad”. ¡Qué formidable este Sáturo!… Detenidos en custodia libre, eran visitados por los suyos y los cristianos.

 

Empezamos a escuchar a Perpetua: “Cuando todavía nos hallábamos entre nuestros perseguidores, queriendo mi padre con palabras cariñosas hacerme apostatar, le dije: ‘Padre, ¿ves ese utensilio ahí?’. ‘Veo el jarro’. ‘¿Y puedes darle otro nombre que el que tiene?’. ‘No, sino jarro’. ‘Pues tampoco yo puedo llamarme con otro nombre distinto de lo que soy: cristiana’… Entonces mi padre, furioso por esta palabra, se abalanzó sobre mí con ademán de arrancarme los ojos, pero se contentó con maltratarme, vencido él con todas las razones que le sugería el diablo. En el espacio de estos pocos días fuimos bautizados, y a mí me dictó el Espíritu que no pidiera otra gracia sino la fortaleza ante lo que esperaba”.

 

Hasta que fueron trasladados a la cárcel de Cartago. Escribe Perpetua: “Al ser metida en la cárcel sentí gran pavor, pues jamás había experimentado tinieblas semejantes. ¡Qué día aquel tan terrible! El calor era sofocante, por el amontonamiento de tanta gente; los soldados nos trataban con brutalidad; yo, por último, me sentía atormentada por la angustia de mi niñito. Entonces Tercio y Pomponio, ¡diáconos benditos!, lograron a precio de oro que se nos permitiera por unas horas salir a respirar a un lugar mejor de la cárcel. Entonces, cada uno atendía a sus propias necesidades; yo aprovechaba aquellos momentos para dar el pecho a mi niño, medio muerto ya de inanición. Por fin logré que el niño se quedara conmigo, y al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada del trabajo y solicitud por el niño. Súbitamente, la cárcel se me convirtió en un palacio, de suerte que prefería morar allí antes que en ninguna otra parte”.

 

Perpetua tuvo una significativa visión. “Contemplé una maravillosa escalera de bronce que subía hasta el cielo; pero tan estrecha que no se podía subir sino de uno en uno, y clavados a derecha e izquierda espadas, lanzas, arpones, puñales, de modo que si uno subía descuidadamente sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y sus carnes prendidas en las herramientas de tortura. Debajo de la escala había un enorme dragón tendido que intentaba por todos los medios impedir que uno pudiera subir. Sáturo ya había llegado a la cima, se volvió y me dijo: ‘¡Animo, Perpetua! Te espero. Pero ten cuidado no te muerda ese dragón’. ‘No me hará daño, por el nombre de Jesucristo’… El dragón, como si me temiera, fue sacando lentamente la cabeza de debajo de la escalera y yo le pisé la cabeza al subir el primer escalón. Subí hasta arriba y vi un jardín de extensión inmensa”. Describe cómo vio a Jesucristo en forma de pastor, rodeado de miles y miles de bienaventurados. “El Pastor levantó la cabeza, me miró y me dijo: ¡Seas bienvenida, hija!, a lo que contestaron todos los circunstantes: ¡Amén! Desde aquel momento, ya no tuvimos esperanza en este mundo”.

 

Hasta que llegó lo inevitable. Seguimos escuchando a Perpetua: “Al cabo de unos días, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató sin más para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública, donde se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado, todos confesaron su fe, y la última me tocó a mí. De pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me arrancó del estrado, suplicándome: ‘Compadécete del niño chiquito!’. Y el Procurador, que tenía el derecho de espada, de vida o muerte: ‘Ten consideración a las canas de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores’. Y yo respondí: ‘No sacrifico’. ‘Luego, ¿tú eres cristiana?’. ‘Sí, soy cristiana’. Entonces el Procurador Hilariano pronunció sentencia contra todos nosotros: condenados a las fieras. Y bajamos jubilosos a la cárcel”.

 

Vino después lo más tierno y más trágico: ¡El niño! “Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y permanecer conmigo en la cárcel, sin pérdida de tiempo envié al diácono Pomponio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre no lo quiso entregar, y, por quererlo así Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos. Así lo ordenó el Señor, para que no fuera yo atormentada juntamente con la angustia por el infante y el dolor de mis pechos”.

Se acaba el manuscrito de Perpetua, y viene la relación del testigo presencial que nos cuenta el triunfo de los mártires: “El Espíritu Santo quiso que se pusiera por escrito el combate mismo, por muy indignos que nos sintamos para describir tamaña gloria; sin embargo, vamos a cumplir un mandato de la misma mujer santísima Perpetua, contentándonos con añadir un documento sobre su constancia y sublimidad de ánimo”.

 

Empieza por Felícitas, “sumida en gran tristeza porque no podía morir con los demás, ‘pues la ley prohíbe ejecutar a las mujeres encinta’. Lo mismo ella que sus compañeros de martirio estaban profundamente afligidos de pensar que habían de dejar atrás a tan excelente compañera. Juntando pues los gemidos de todos, hicieron oración al Señor tres días antes del espectáculo. Terminada la oración, sobrevinieron repentinamente a Felícitas los dolores del parto. Y como ella sintiera el dolor, como puede suponerse, dijo uno de los oficiales de la prisión: ‘Si así te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras?’. Y ella dio la respuesta que se ha hecho célebre: “Ahora soy yo la que padezco; pero allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por él”. Nació una niña preciosa, que entregaron a una hermana cristiana. Felícitas moriría en paz.

 

Próximo ya el espectáculo, Perpetua, toda una dama, mujer elegante de pies a cabeza, al verse tan duramente tratados en la cárcel y tan poco presentables, se encaró con el tribuno: ‘¿Cómo es que no nos permites alivio ni arreglo alguno, siendo como somos reos nobilísimos, es decir, nada menos que del César, pues hemos de combatir por su fiesta?’. Avergonzado, el tribuno les permitió visitas; en la noche anterior tuvieron la cena libre, el ágape cristiano, al que asistieron muchos hermanos y en el que no pudo faltar la Eucaristía. A los paganos curiosos que les contemplaban con desprecio, se les encararon: -¿No tienen bastante con el día de mañana? Fíjense con cuidado en nuestras caras, para que nos puedan reconocer en aquel último día”.

 

“Brilló por fin el día de su victoria y salieron de la cárcel al anfiteatro, llenos de grande gozo. Perpetua iba con rostro iluminado y paso tranquilo, como una matrona de Cristo. Felícitas iba también gozosa de haber salido del alumbramiento para poder luchar con las fieras”. Ya ante la tribuna de Hilariano, el que los había condenado, le saludaron como los gladiadores, pero con este aviso jugoso: “Tú nos juzgas a nosotros; a ti te juzgará Dios”.

Colocados en el estrado Saturnino y Revocato, después de experimentar las garras de un leopardo, fueron atacados también por un oso. No hubo manera de que a Sáturo le atacase ni el jabalí ni el oso que le echaron, hasta que un leopardo le clavó una dentellada terrible que lo inundó de sangre e hizo estallar al público: ‘¡Buen baño! ¡Buen baño!’…

Lo de Perpetua y Felícitas fue algo especial. Al verlas desnudas, el público se tornó de repente en compasivo por la dignidad de Perpetua y al contemplar los pechos de Felícitas chorrear la leche materna. Ante los gritos de ¡Fuera, fuera!, las sacaron, y, vestidas con su túnica, las volvieron a lanzar al anfiteatro. Les soltaron una vaca brava y la primera a quien lanzó al aire fue Perpetua, que cayó de espaldas. “Apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió el muslo, teniendo en cuenta el pudor antes que el dolor. Luego, con una aguja, se ató los cabellos dispersos, pues no era decente que una mártir muriera con la cabellera esparcida, como de luto, en el momento de su gloria. Así compuesta, se levantó, y como viera a Felícitas tumbada en el suelo, le dio la mano y la levantó”. Todos los mártires fueron llevados a la puerta semivivaria, para ser rematados en el spoliarium de los gladiadores vencidos. Perpetua, recibida en la puerta por un catecúmeno gran amigo suyo, dijo ante el estupor de todos: “¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?”… Sumida en oración, había recibido en éxtasis las cornadas del animal. El público enloquecido pidió que los mártires salieran, los subiesen al estrado, y los remataran a la vista de todos. El primero en subir y en morir fue Sáturo, y la última fue Perpetua, que lanzó un grito de dolor al recibir el mal pinchazo del verdugo, un novato gladiador, a quien tomó ella misma la mano y la llevó a la garganta donde había de dar el golpe.

 

El relator acaba así su descripción: “¡Oh fortísimos y beatísimos mártires! ¡Oh de verdad llamados y escogidos para gloria de nuestro Señor Jesucristo!”.

 

 

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