02. En el momento y lugar oportunos

02. En el momento y lugar oportunos

Un misionero exponía a un japonés la Persona y el misterio de Jesucristo, Salvador del mundo. El interlocutor acepta todo, pero opone una objeción insalvable:

– Muy bien. Me parece magnífico. Pero eso no puede ser. Porque ese Jesucristo tenía que haber sido japonés…

Nadie niega que Dios pudiera realizar la salvación por su Hijo encamado en otra cultura, en otra civilización, en otra parte del mundo. Pero lo hizo en un pueblo determinado, el judío, y dentro del vasto Imperio Romano.

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No hay Historia de la Iglesia que no empiece con la palabra de San Pablo: “En la plenitud de los tiempos” (Gal 4,4), es decir: Dios mandó su Hijo al mundo, Jesucristo, el fundador de la Iglesia, en el momento más apropiado. No fue una casualidad sino una Providencia extraordinaria: Dios tenía preparado expresamente un punto concreto de tiempo y espacio para el acontecimiento más grande la Humanidad, encerrado en la historia del Pueblo Judío y dentro del Imperio Romano. Aquí nos es de gran provecho tener a la vista un mapa del Imperio Romano en tiempos de Augusto o de Trajano cuando su mayor extensión.

 

Vale la pena mirar y tener fijo en la mente este mapa. Con la ciudad de Roma en el corazón de Italia, el Imperio se extendía desde el Asia Menor, el Mar Negro y el Océano Pérsico en el Oriente hasta el extremo de España en el Occidente; por el Norte llegaba a las Islas Británicas, las Galias, (las actuales Inglaterra, Francia) con gran extensión por la Germania y la Europa central actual; y por el Sur dominaba todo el Norte de África, desde Egipto hasta el Atlántico. El Mediterráneo, el “Mar nuestro”, era totalmente romano. Palestina, donde nacerá Jesús, era un simple rincón en el extremo derecho de semejante mapa.

 

El Pueblo Judío. Arranca de Abraham, el hebreo que unos 1.850 años antes de Jesucristo se trasladaba de Caldea a Palestina. Dios irrumpía en la Historia con las apariciones al patriarca, a quien prometía darle un descendiente que sería el Salvador del mundo. Por las nociones que tenemos de la Biblia, no hace falta que historiemos aquí las peripecias del pueblo judío desde los Patriarcas hasta que tomó posesión de Palestina, su tierra prometida, con Moisés, Josué y los Jueces, para llegar a la Monarquía hacia el año 1.040 con Saúl, David y Salomón. Sin embargo, aquella monarquía se escindió y constituyó dos reinos separados, dos Estados independientes: Israel al Norte con Samaría como capital, y Judá al Sur con su capital Jerusalén. No obstante, el Mesías o Cristo futuro, sería la esperanza del linaje de Abraham, de los hebreos, israelitas o judíos, como los llamaremos siempre.

 

Viene ahora la historia paralela de los dos reinos, entre los años 931 al 587. Ambos reinos, Israel y Judá, rivalizan en infidelidades a la Ley del Sinaí, en especial con la adoración de los dioses extranjeros, abandonando a su único Dios Yahvé, no obstante las continuas amenazas de los grandes profetas de estos siglos. Hasta que viene el castigo de Dios. Primero a Israel, que en el 721 es deportado a Asiria y aventado por aquellas tierras. En el 587 le tocará a Judá, llevado al destierro de Babilonia por Nabucodonosor, que destruye completamente el Templo y convierte en ruinas a Jerusalén. Había desaparecido de Palestina el pueblo de la promesa a Abraham. Pero, con aquel castigo terrible, Dios tenía sus planes. Seguía amando a su pueblo y se mantenía fiel a su promesa.

 

El año 538 Ciro el persa conquista Babilonia y permite a los judíos deportados volver a su tierra, reconstruir Jerusalén y levantar de nuevo el Templo de Dios. No son muchos los judíos que regresan, pero son los más fieles, idealistas y entusiastas. Ellos son los que levantarán la nueva nación y prepararán en Palestina el terreno para la venida del Mesías prometido. En los cuatrocientos años largos que faltan, los judíos de Palestina tendrán de todo: años de paz y prosperidad y años de guerras y de pobreza. Pero la fidelidad a Dios va a ser inquebrantable, aunque habrá deserciones cuando vengan los Seléucidas de Siria. Pero será entonces cuando surgirán los Macabeos a partir del año 164, que se llenarán de gloria con una guerra heroica a favor de Dios y por fidelidad a la Ley. En el año 63, con la entrada de Pompeyo en Jerusalén, Palestina pasará a formar parte del Imperio Romano. En definitiva, éste era el plan de Dios.

 

Vemos ahora algo muy importante. Muchos judíos se habían instalado bien en los países a los que habían ido cautivos y no regresaron a la tierra de sus padres. Aquí va a estar una nueva y especialísima Providencia de Dios. Sobre el Imperio Persa, después de dos siglos, se lanzarán las conquistas irresistibles del macedonio Alejandro Magno (336-323), que desde Grecia dominará todo el Oriente y el Norte de África, helenizándolo todo, introduciendo la lengua y la cultura griega en todas partes. Roma conquistó después todas las tierras de Alejandro Magno, y se formó el imponente Imperio Romano, que el año 29, poco antes de nacer Jesús, caía en una sola mano: El emperador Octavio César Augusto

 

En esta nueva situación, ¿qué ocurre con los muchísimos judíos que no viven en Palestina? El destierro de Babilonia fue la gran purificación del pueblo. Los que antes eran tan proclives a adorar cualquier dios extranjero abandonando a Yahvé su Dios, ahora hicieron todo al revés. Se apegaron a Yahvé de tal manera que, metidos en tantos pueblos idólatras, no había judío que no despreciara con todo el corazón a un ídolo o creyera en un dios de la mitología griega ni de los misterios de Oriente.

Formaron colonias judías en todas las ciudades importantes, desde Babilonia hasta Alejandría y Roma. Sumamente inteligentes y trabajadores, ejercían un gran influjo en el comercio y en toda actividad humana.

 

Y religiosamente, como no podía haber más que un Templo y un altar en Jerusalén, hacia él se dirigían todos los ojos e ilusiones. Pero en todas partes instalaron sus sinagogas, con el culto de la lectura y de la oración. Eran los judíos de la diáspora o de la dispersión. Yahvé era un Dios en exclusiva suyo, pero ganaban para su culto a cuantos paganos podían, los cuales formaban dos categorías. Estaban los prosélitos: aquellos que aceptaban la circuncisión y la Ley. Y estaban también los temerosos de Dios, que admitían y veneraban como Dios único a Yahvé, pero sin someterse a la Ley de Moisés ni aceptar la circuncisión.

 

La actividad religiosa de los judíos de la diáspora llegó a gran altura. Admitida ya por todo el mundo la lengua griega, los judíos de Alejandría acometieron la empresa titánica de traducir la Biblia al griego, a la vez que se escribían otros libros inspirados, aunque no los admitieron los judíos de Palestina. Esta Biblia llamada de Los Setenta será la que usarán los primeros evangelizadores, empezando por San Pablo. Por estos judíos de la diáspora, en todo el Imperio Romano era conocido el Dios verdadero y esto iba a facilitar enormemente la noticia del Jesucristo que se iba a presentar.

 

El Imperio Romano. Desde el año 63, como hemos visto, Palestina, donde nacerá Jesús, era parte del Imperio Romano, aunque formaba sólo un rincón sometido a Roma, una provincia procuratorial, vigilada por la Siria vecina. Era gobernada desde Cesarea por un Procurador, de modo que los judíos no eran ciudadanos romanos, sino unos simples súbditos del Imperio soberano.

 

Cualquiera diría que las comunicaciones en un Imperio tan inmenso deberían ser difíciles; pero, no. Porque los romanos, aparte de la navegación por el mar, habían trazado las célebres “Vías” o calzadas, que arrancaban de la Capital y se extendían a los rincones del Imperio más apartados. Sus nombres célebres se han conservado hasta nuestros días: la Vía Apia, la Nomentana, la Flaminia, la Salaría, la Aurelia…

 

Una lengua, diferente del latín de los romanos, jugó también un papel decisivo. Todo el Imperio se comunicaba con un idioma que se hizo universal: el griego, el koiné, no el ático de la Grecia clásica. Lo había extendido Alejandro Magno con sus conquistas y después Grecia cuando fue dominada por Roma. Porque Roma conquistó Grecia con las armas y la hizo parte del Imperio, pero Grecia conquistó Roma con su cultura. El pensamiento griego, la ciencia de sus filósofos y las artes se apoderaron de todo el Imperio.

Entonces, Roma con su Derecho, y con esta lengua y cultura asimilada por tantos pueblos, era un terreno por demás abonado para el Evangelio que iba a irrumpir en el mundo.

Escritores muy antiguos, como Eusebio, el primer historiador de la Iglesia en el siglo cuarto, y todos los críticos modernos, están acordes en afirmar que Dios tuvo una Providencia especial: quiso el Imperio Romano para el Evangelio, el cual, arrancando del pueblo judío, y arraigando después en Roma, extendería sus tentáculos hasta los últimos extremos del Orbe de la Tierra.

 

Octavio César Augusto, el mejor gobernante que tuvo Roma, había conseguido la seguridad en todas las fronteras del Imperio y establecido por doquier la “Paz romana”. Como reinaba una paz total, cerró en el Capitolio el templo de la diosa Juno y erigió el Ara Pacis, el Altar de la Paz, conservado hasta nuestros días. Era el año 37 de César Augusto y el 748 de la Fundación de Roma cuando llegó “la plenitud de los tiempos”, el momento culminante de la Historia Humana, la venida del Cristo en una cueva de Belén, pueblecito perdido en la lejana Palestina.

 

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