69. En Cesarea de Filipo. ¡Pedro!

69. En Cesarea de Filipo. ¡Pedro!

Llegamos así a un momento cumbre del Evangelio. Pasan unos días. Otra vez con insidias de los fariseos, pero Jesús no hace caso alguno. Vuelve a la ribera oriental del Jordán, escapando de los dominios de Herodes Antipas, se interna en los de su hermano el pacífico Filipo, porque quiere otra vez soledad con los Doce, y ahora más que nunca. Filipo, hijo también de Herodes el Grande, mandaba la región nororiental del Jordán, y en un lugar muy escogido por su belleza e historia había construido la Ciudad de Cesarea, sustituta de Panias.

 

Con gran paz caminaron Jesús y los suyos cuarenta kilómetros Jordán arriba, hasta llegar casi al altísimo Monte Hermón con sus 2.759  metros  de  altura,  en  cuyas  faldas Filipo había construido la

ciudad de Cesarea. Precioso paisaje, con las tres fuentes de las que mana el Jordán, aparte de otros manantiales que forman cascadas y corrientes caprichosas. En una sólida, alta y vistosa roca había levantado Herodes el Grande una estatua de mármol del Emperador César Augusto, y después Filipo un espléndido templo de mármol consagrado al mismo Augusto. Era un fondo soberbio para la escena que Jesús va a desarrollar ahora con sus discípulos, a la que se preparó, dice Lucas, poniéndose en oración.

 

“De camino”, puntualiza Marcos, y a la vista ya de la roca, punto escogido con toda intención, lanza a los Doce una pregunta que ellos no esperaban, pero que les inquietaba desde hacía mucho tiempo, desde el principio, mejor dicho:

-¿Quién dice la gente que soy yo?

Vamos a seguir a Mateo, que lo narra todo con más detalle. Los mismos apóstoles, ¿tenían a Jesús por el “Mesías”? Quizá, sí. ¿Por un gran “profeta”? Indiscutible. ¿Por “hijo” especial de Dios? No podemos dudarlo.

 

Y aquí estaba el problema: si era “El Cristo”, tal como se dudaba o se sospechaba, ¿cómo el pueblo seguía esclavo de los romanos? Jesús había sido muy prudente, y esperaba el momento oportuno para declararse a sus Doce elegidos. Ahora los había traído lejos de la gente para hablarles claramente en la intimidad. La pregunta les ha pillado de sorpresa, pero son sinceros al expresar lo que dice el pueblo y hasta lo que piensan ellos mismos.

 

Caminan y hablan animados, ante la sonrisa misteriosa de Jesús:

-Pues…, ¿qué quieres que te digamos? Unos aseguran que eres Juan el Bautista, que ha resucitado, y esto es lo que piensa Herodes… Otros dicen que eres Elías, que por fin ha vuelto a la tierra, de la que se fue en aquel carro de fuego… Otros, que Jeremías, que habló tan bien de la restauración de Israel… Otros, que cualquiera de los profetas antiguos que ha vuelto… 

 

Jesús sigue sonriendo, hasta que completa la pregunta anterior:

-Bien, todo eso lo que dice la gente. Pero ustedes, ¿qué piensan? ¿Quién dicen que soy yo?

Simón hablaba antes como nadie. Pero ahora se pone serio. Una luz invisible se apodera de su cerebro. Clava la mirada en el rostro de Jesús, y responde grave, remarcando cada palabra:

-Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo.

 

Silencio sobrecogedor en el grupo. Jesús cambia también de semblante: nunca le habían visto igual. Y contesta con palabra y tono inefables:

“¡Dichoso eres tú, Simón, hijo de Jonás! Porque esto que acabas de decir no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.

 

No hay en la Biblia punto tan importante como éste. Cualquier duda de fe quedará siempre zanjada acudiendo a Pedro, que, asistido por el Cielo, tendrá palabra infalible hasta el final de los siglos, y además, mirando a Pedro, nadie se podrá equivocar sobre cuál es y dónde está la verdadera Iglesia de Cristo. Llevamos ya dos mil años de experiencia. ¿Qué Iglesia enlaza directamente con Pedro el pescador de Galilea?… De qué manera tan sencilla dejó Jesús la “señal” inequívoca para siglos y milenios de cuál es “MI” Iglesia, inconfundible con cualquier otra.

 

Conviene recordar aquí dos cosas. Juan no narra el hecho de Cesarea de Filipo, pues ya constaba en los otros tres evangelios. Juan adelantó la escena, si lo recordamos bien, cuando vio a Simón por vez primera, y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Jonás; tú te llamarás Cefas, Roca, Pedro”. Y, hablemos así, la investidura del Primado la guarda Jesús para después de la Resurrección y la cuenta Juan cuando le diga por tres veces a la orilla del lago: “Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos”, una vez deje Él de estar visible en la tierra.

 

Los enemigos de la Iglesia Católica han volcado torrentes de tinta para explicar, modificar, interpretar, torcer y hasta borrar y eliminar las palabras de Jesús a Simón Pedro. Intento inútil. En la Biblia constarán hasta el fin sin que se modifique una tilde. Jesús escogió muy bien las palabras y comparaciones.

“Mi Padre que está en el Cielo”. Por ti mismo no lo podías saber. Ha sido cosa de DIOS…

“Roca”, y más firme y duradera que esa que tenemos delante con el templo de Augusto; por algo te vas a llamar Pedro, Piedra…

“MI Iglesia”. La mía. Única. La que yo quiero sin desgarrones…

“El Infierno”. Todas las fuerzas del mal, desatadas durante todos los siglos, ¡no la destruirán!…

“Las llaves”. Una comparación que entendieron todos. Para demostrar la propiedad, el dueño de la casa llevaba como un adorno las gruesas llaves colgadas con una cinta especial en la espalda. Jesús le decía a Pedro:

-El propietario de mi Iglesia soy yo; pero tú actúa como dueño: en el Cielo se dará por bien hecho lo que hagas tú, pues estarás bien asistido…

“Atarás y desatarás”. Era el lenguaje de los rabinos, maestros de la Ley o la Biblia entera: ataban lo malo, sujetándolo; desataban lo bueno, permitiéndolo.

Todo ha sido palabra de Jesús, y nosotros la repetimos con plena seguridad, sabiendo que “cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”.

 

Como se ve, la actividad del Papa -el sucesor de Pedro- en su gobierno de la Iglesia universal está asegurada por la asistencia del Cielo. En nuestros días lo expresó de manera magnífica el querido Papa Benedicto XVI. Elegido, un periodista le preguntó cuál era el “programa” de su pontificado. Y un tan sabio teólogo como él, dio una respuesta maravillosa: “Ninguno. Estaré atento a lo que me diga cada día el Espíritu Santo”. 

 

¿Hacemos bien los católicos al amar al Papa? Lo amamos y lo seguiremos amando cada vez más. El Papa es un cristiano bautizado como cualquiera de nosotros. Pero en él miramos al VICARIO de Cristo en la tierra, y en el Papa veneramos la Persona de Cristo que nos enseña y gobierna visiblemente por su Vicario, ya que “vicario” es “el que hace las veces de otro”. En la Iglesia sabemos muy bien lo que nos hacemos…

Cesarea de Filipo, una ciudad de tantas, convertida en un punto central del Evangelio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *