66. La cananea y su hija

66. La cananea y su hija

Que sepamos, Jesús no se movió de Judea, Galilea y Perea, es decir, de Israel. Ni tan siquiera entró en las ciudades libres de la Decápolis, dependientes de Roma aunque unidas a Siria, ni en las otras como Tiberías o Séforis, dentro de Galilea, pero del todo helenísticas o romanizadas, aunque tuvieran mucho elemento judío.

Sin embargo, ahora marcha de Galilea hacia Tiro y Sidón, en Fenicia, y regresará dando la vuelta por la Decápolis. La razón era evidente. En Galilea no se sentía seguro, perdida en gran parte su popularidad desde el discurso en la sinagoga de Cafarnaún. El astuto Herodes Antipas le seguía los pasos. Los Sumos Sacerdotes de Jerusalén mandaban espías. Los mismos apóstoles estaban muy necesitados de descanso y, sobre todo, de formación, de modo que Jesús mismo quería un tiempo tranquilo para estar solo con ellos.

Dos milagros, uno al principio y otro al final, son los dos únicos acontecimientos que Mateo y Marcos nos conservan de este viaje.

 

Un milagro encantador. Mujer pagana, ha oído que Jesús es el Mesías que esperaban los judíos, y, apenas sabe dónde está, comienza a pedir a gritos, semejante a lo que hacían entonces los pordioseros de la calle, y Mateo nos presenta a Jesús como de camino:

-¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está enferma a causa del demonio.

Raro, pero Jesús sigue caminando, serio y sin hacer ningún caso. No se conmueve por nada. Extrañados los discípulos, le piden:

-Despáchala, que viene gritando detrás de nosotros.

Nada. Jesús, inmutable, y hasta seco:

-No he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de Israel.

Le alcanza la mujer y se le arrodilla delante:

-¡Señor, socórreme!

-¡No! Porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros.

¿Es posible este lenguaje en labios de Jesús? Él no hacía comedia ni hablaba en broma. Pero lo de esta vez no lo entendemos. ¿Es que lo hacía para gozarse previendo lo que iba a venir?…

La pobre y humillada mujer no se rinde:

-Sí, Señor, es cierto. Pero también los perros se comen bajo la mesa las migajas que tiran los hijos.

Jesús se emociona. ¡Qué palabras las de esta pobre sirofenicia! Y le responde conmovido:

-¡Mujer, qué grande es tu fe! Vete, el demonio ha salido de tu hija.

“Y volvió a su casa, dice Marcos, y encontró a la hija tendida en el lecho, y que el demonio había salido”.

 

Transcurren varias semanas de Jesús con los Doce solos por tierras de Tiro y Sidón, a la vera del mar Mediterráneo, algo más grande que su “Mar de Galilea”, el lago de Genesaret… Descansan. Se relajan. Hablan. Se desahogan. Comentan los incidentes tan desagradables de la Sinagoga de Cafarnaún. Se reafirman en el amor al Maestro a pesar de la crisis (¡que también les rozó a algunos de ellos con aquello de la carne y sangre!), el abandono de muchos discípulos, la discusión con los fariseos venidos de Jerusalén.

 

Con aquellos días se repusieron física y espiritualmente, ¡que harto lo necesitaban! En nuestro lenguaje de hoy, diríamos que Jesús quiso con los suyos tomarse una pequeña excursión, pues la vuelta la dieron probablemente subiendo hacia el Norte. Bordeando las faldas del Hermón conocieron las fuentes de las que nace el Jordán, y bajaron después por el Oriente hacia la Decápolis, en la que se detuvieron.

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