6 de enero | LA MISA NUESTRA DE CADA DÍA

6 de enero | LA MISA NUESTRA DE CADA DÍA

MEDITACIÓN DEL DÍA:

“No basta ni es suficiente para cumplir como buenos cristianos el que asistamos a la santa misa y comulguemos en ella para hacernos más participantes de los méritos de Jesucristo; es además indispensable el que seamos sacerdotes o sacrificadores no sólo en la misa, juntamente con Jesucristo, sacrificador invisible, y en el sacerdote, sacrificador visible, sino también hemos de ofrecernos nosotros mismos como víctimas para gloria de Dios y en satisfacción de nuestras culpas y pecados”
Carta Ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p.40
 

 

En muchos ambientes, la participación en la celebración eucarística ha disminuido sensiblemente. Ha quedado reducida, a lo sumo, al sector de la tercera edad, más numéricamente femenino. En otros ambientes se vive una concurrencia excelente, y auténtica celebración festiva, con el riesgo de quedarse en un bello espectáculo.
El hecho inquieta, como es obvio, a pastores y pastoralistas. Quizá cabría  insistir no sólo en la participación en la celebración eucarística, sino, sobre todo, en hacer de ella “la vida nuestra de cada día”, en sus diversos aspectos: participación activa, consciente y sentida, a través de ritos y oraciones y, sobre todo, aprendiendo a ofrecernos a nosotros mismos junto con la Hostia inmaculada, no sólo por manos del sacerdote, sino, en el caso del laico, juntamente con él. De esta manera el laico se perfecciona día a día por Cristo Mediador en la unión con Dios y en la dimensión fraterna indispensable en la vida cristiana. Estamos ante un elemento esencial de nuestra vida de fe, vida apoyada en la unión con Dios en Cristo e identificándonos con Él en su entrega sacrificial por la redención del mundo.
El camino abierto por Pablo, y que Claret siguió puntualmente, es siempre definitorio del talante de apóstol: “¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién es puesto en trance de pecar sin que yo me abrase por dentro?” (2Cor 11,29).
La dinámica de la evangelización -ser enviado, dedicarse al anuncio de la Buena Noticia-  exige generosidad, a prueba de renuncias y sudores.  Los grandes apóstoles experimentaron las fatigas del Evangelio (cf. 2Co 11,23-33). Es un sacrificio generoso, entrega continua a la muerte por causa de Jesús. Pero sobre todo es el camino fecundo para que la vida de Jesús florezca en la del apóstol y en las tareas realizadas por él.
¿Qué remedio propondrías para favorecer más y más la participación frecuente y transformante en la celebración del sacramento de la Eucaristía?

 

 

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